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¿Quién acapara el espacio que nos falta a las personas en las ciudades?

Las ciudades diseñadas para los coches no sólo dan problemas de salud y contaminación, también quitan el espacio público destinado a las personas.

Las soluciones no pasan por sustituir los vehículos de gasolina por eléctricos, sino por replantearse, individual y colectivamente, el modelo de ciudad.

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Retrato del poco espacio que les queda a las personas en las ciudades

Retrato del poco espacio que les queda a las personas en las ciudades

Hace unos días se hablaba por este diario de las visiones antagónicas en cuanto a soluciones de movilidad del Club de Excelencia en Sostenibilidad y Ecologistas en Acción. Como diría mi padre, nos ha jodido mayo con las flores. Raro sería que coincidiesen las perspectivas de una reunión de grandes empresas —FCC, Endesa, Renault, Iberdrola, Red Eléctrica y otras—que debaten sobre su diletante Responsabilidad Social Corporativa y una de las ONG más verdes y combativas de esto que llamamos España.

Por lo que explicaba en el texto Antonio Ruiz de Árbol, los de un lado están pensando que el coche eléctrico nos va a salvar de todos nuestros males mientras que para los del otro es sólo “una opción de futuro, nunca de presente” y las soluciones pasan por transporte público, bicicleta y ciudades y modos de vida menos desparramados en el espacio. Y aquí es donde vengo yo a liarlo todo un poco más.

Me van a perdonar unos y otros, o no, pero, más allá de que, como decía el portavoz de Ecologistas en Acción, los costes medioambientales de la fabricación de un coche, por muy eléctrico que sea, siguen siendo un desastre y de que la producción y distribución de energía eléctrica, gracias al contubernio de las grandes empresas con el gobierno, depende de un cártel que se empeña en cerrar el grifo a lo renovable, el problema no es sólo medio ambiental.

Cuando los que hablamos de esto hablamos de ciudades más humanas nos referimos también a un asunto de espacio. De invasión del espacio público por objetos privados. Los coches, eléctricos o no, nos hacen ir caminando casi como equilibristas en las exiguas aceras, nos quitan territorio incluso cuando están aparcados, nos expulsan de donde habitamos. Lo explica mucho mejor que mis mil palabras la ilustración que las encabeza y que ha circulado estos días por la red, realizada por el artista sueco Karl Jilg por encargo de la DGT de allí. Así vivimos los ciudadanos en las ciudades. O peor. Porque a ese minúsculo espacio retratado hay que restarle el de los quioscos, las terrazas, los mercadillos medievales, los mupys publicitarios y, sí, las malditas bicicletas que circulan por la acera.

Nos hemos equivocado tanto y tan profundamente en el diseño de nuestras ciudades que ahora lo que nos parece erróneo es salir del embrollo. Incluso a los que lo sufrimos cada día, a las propias personas que habitamos en ellas y que pensamos que el coche y sus infraestructuras son absolutamente necesarias en nuestra vida sin darnos cuenta de todo lo que nos quitan. Y eso que la solución está en la mismísima semántica. Las ciudades son para los ciudadanos; las carreteras, para los carros.

¿Cómo viviríamos en una urbe en la que estuviese restringido el tráfico privado en las áreas con alta densidad de población y los desplazamientos se realizasen en transporte público, vehículos compartidos, bicicleta y caminando? Que nadie se lo piense mucho porque la respuesta sólo es una: mucho mejor. Y defino mejor como más bárato, más eficiente, más cómodo, más tranquilo, más sano, más feliz. Que diga lo que quiera el Club de Excelencia en Sostenibilidad: la solución real no pasa por sustituir los vehículos privados de gasolina por vehículos privados eléctricos. La solución pasa cambiar el modelo de ciudad. Y sé que es algo que no se puede hacer de un día para otro pero estoy seguro de que todos los pasos que se den deben ir en esa dirección. Para empezar, los pasos interiores de cada ciudadano, que debería ir dándose cuenta de todo lo que le está robando el coche. Empezando por su propio sitio en la ciudad.

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