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El revés de Europa

En el campo de refugiados de Katsikas, cerca de la frontera de Grecia con Albania, hay un reloj de cartón piedra. Es una imitación del reloj que preside el casco histórico de Alepo y lo hicieron las personas refugiadas que malviven entre alambradas, surcos cavados a mano para evitar las inundaciones y un frío húmedo atroz. No funciona. La hora está parada en las 11.15, la hora de la firma del acuerdo UE-Turquía. La hora en la que el tiempo se paró y 60.000 personas quedaron atrapadas en Grecia, sin poder avanzar, ni regresar a sus hogares. Muchas de ellas son sirias, pero otras tantas vienen de Irak, Afganistán u otros países.

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Campo de Katsikas en Grecia. Imagen tomada en agosto por de Muhammad Ali, refugiado en el propio campo.

Campo de Katsikas en Grecia. Imagen tomada en agosto por de Muhammad Ali, refugiado en el propio campo.

Las personas sirias tienen pocas opciones. Algunas malas, otras peores. Si eres sirio en Grecia puedes optar a un programa de reubicación que te lleve a algún otro país de la Unión Europea en un plazo incierto de tiempo. No hay posibilidad de elegir el país, así que puedes acabar en Holanda, Alemania, o Hungría. No importa tu voluntad, intereses, lazos con el país o vínculos familiares o sociales.

Otra opción es optar por la reagrupación familiar. Para ello debes tener un familiar directo (de primer grado) que resida ya de forma legal en otro país europeo y, sobre todo, paciencia ya que las reagrupaciones están tardando más de un año en resolverse. Las condiciones impuestas dependen de cada país pero a menudo son tan kafkianas que implican reunir documentación imposible de conseguir en un país en guerra. La última opción para aquellas personas que están registradas en Grecia es solicitar asilo en este país. A nadie se le escapa que Grecia es un país que a duras penas logra garantizar los derechos fundamentales de su ciudadanía y que está encontrando enormes dificultades para atender con un mínimo de dignidad a las vecinas recién llegadas.

Por su parte, las personas afganas o iraquíes simplemente no tienen ninguna posibilidad. Miles de ellas permanecen detenidas en las islas, a la espera de ser deportadas, o de poder escapar por alguna grieta del sistema. Esta situación es lo que los expertos denominan –desde la comodidad de sus oficinas en Bruselas– "flujos mixtos". Y nuestra obligación como europeos es, al parecer, separar a las personas sirias, del resto, para asignarles el acceso a una serie de derechos ya de por sí muy restringidos.

Lejos de garantizar el derecho de asilo, Europa está dando la espalda a millones de personas que buscan refugio. Un derecho se diferencia de un privilegio básicamente en el número de personas que tienen acceso a un determinado bien o a la cobertura de una necesidad. Hemos convertido el derecho de todas las personas a vivir con dignidad en un mundo libre de violencias, en un privilegio restringido a europeas y europeos blancos, de clase media - alta. Hemos convertido los derechos de todas, en los privilegios de unas pocas.

Es la propia política migratoria de la Unión Europea, y sólo ella, la que contribuye a aumentar de forma desmedida el sufrimiento de personas que han tenido que huir de la guerra civil siria, pero también de situaciones de pobreza extrema, desastres medioambientales, persecuciones por motivos de género, etc. Una política que se puede cambiar con voluntad política y un mínimo de humanidad.

Durante nuestro viaje a Grecia y Jordania con Oxfam conocimos a Moustapha que, con apenas 19 años, había abandonado su primer año de Medicina y se había embarcado en solitario en un viaje que le llevaría hasta Ioannina (Grecia). Este joven sirio prácticamente imberbe dejaba tras de sí a su madre y a su hermano pequeño, con quienes intenta hablar todos los días. Cuando no le cogen el teléfono, tiembla. Tiembla también cuando nos cuenta que intentará llegar a Holanda porque allí, quizás, los requisitos de la reagrupación familiar serán más flexibles. O puede que no.

La política de asilo tiende a cambiar de forma imprevisible, sobre todo para quien no tiene acceso a los altos foros de decisión de la Unión Europea. De esta manera el cierre de la frontera húngara o yugoslava partió por la mitad a cientos de familias. Los miembros que pudieron cruzar antes del cierre continuaron su camino, el resto se quedaron atrapadas.

Es fundamental que comprendamos que las fronteras físicas y burocráticas que hemos impuesto a las personas refugiadas son la causa fundamental de su situación de vulnerabilidad actual. Muchas de ellas, especialmente las mujeres y niñas, se ven expuestas a múltiples violencias durante el viaje. ¿No sería más sencillo poner en marcha los programas de reasentamiento desde los países limítrofes con Siria o desde la propia Siria? Así las personas podrían viajar en avión sin jugarse la vida durante meses. Así las personas en situaciones más vulnerables, como por ejemplo niños y niñas con diversidad funcional o personas mayores o enfermas, tendrían también una oportunidad. ¿Quizás consideramos que el avión es también un privilegio reservado sólo a nosotros?

Los dirigentes europeos y especialmente los españoles encuentran cientos de excusas para justificar lo injustificable. Lanzan la pelota al tejado griego y dicen que su Gobierno no identifica adecuadamente a las personas refugiadas. Culpabilizan a las propias personas migrantes y refugiadas. Dicen que no quieren venir a España.

Tras el viaje hemos podido comprobar que nada de esto es cierto. Hay personas que quieren venir a España. Hay más de 10.000 personas que están esperando poder acceder a un programa de reubicación. Al Partido Popular y a su Gobierno a tres se le acaban las excusas. De nuevo se le cae la careta y la opinión pública puede ver que más que ninguna otra cosa, les falta voluntad. No quieren a las personas refugiadas. No quieren a las personas migrantes, salvo si pueden “utilizarlas” en el mercado laboral, salvo si limpian sus casas o construyen sus aeropuertos sin aviones, siempre a un buen precio.

Es la hora de decirles que no vamos a tolerar que sigan haciéndolo en nuestro nombre, que las vidas de las personas refugiadas y migrantes importan.

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