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La melancolía reaccionaria contra los millennials

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Si has nacido entre 1980 y 2000, eres lo peor. Gente terrible. La razón fundamental por la que el mundo es incívico y falto de valores, obsesionado con Instagram y nada más. Esa es la acusación de moda contra los ‘millennials’, las personas que nacimos entre principios de los ochenta y finales de los noventa, los que crecimos a la vez que crecía Internet y sus posibilidades.

En un artículo publicado en El País, el periodista Antonio Navalón (1952) dice que los millennials somos poco menos que infrahumanos, una generación sin aspiraciones, sin anhelos de futuro, sin nada. No es el primero que lo dice o lo sugiere. Resumiendo, en palabras de Navalón: "Lo único que les importa es el número de likes, comentarios y seguidores en sus redes sociales". Coge la metralleta, dispara contra toda una generación, y se queda tan pancho.

Sentir orgullo generacional es una cosa un poco extraña, pero Navalón te lo pone fácil. Y eso que la palabra millennial no ayuda al sentimiento de pertenencia: parece sacada de aquella racha del ‘efecto 2000’, del título de un disco de Will Smith o Jennifer López, de una alucinación de Fernando Arrabal. El millennialismo va a llegar, dijo, o algo así.

Hay vídeos que explican, ya desde hace muchos años, qué es eso de ser millennial. Muchos, como este, cometen el exceso contrario al del Navalón y parecen un anuncio de Coca-Cola de los que prometen la felicidad eterna y te lo crees.

No hay que idealizar a nadie por el año en que haya nacido. Porque sí, la primera gran generación digital es también la de Trump, aunque los datos dicen que los jóvenes votaron contra Trump y también contra el Brexit.

Y, por supuesto, hay un montón de problemas derivados de nuestra zambullida sin precauciones en la sociedad en red: problemas relacionados con el ego y la imagen propia, la ansiedad, la dependencia tecnológica, la ilusión de que uno puede ser cualquier cosa en cualquier momento, la gamificación de la vida (Peter Pan jugando al FIFA), el consumismo de experiencias, la exposición intensiva al porno brutal antes que al sexo real, las nuevas posibilidades para el bullying… Que sí, un montón de problemas para los que, además, no se puede buscar consejo en gente mayor, con experiencia, porque en esto no la tienen.

En este otro vídeo también se explican bien esas razones para la preocupación. 

Pero atacar a los jóvenes por no tener valor ni valores, al menos en España (y tampoco en Brasil, tampoco en EEUU, tampoco en Turquía, tampoco Túnez ni Egipto...), es tremendamente injusto. A Navalón, y al resto, hay que decirle que, oye, a lo mejor no se han dado cuenta, pero que es nuestra generación la que ha despertado a este país del letargo autocomplaciente en el que lo habían metido gente como él.

Suelen tener un problema los que desprecian a los jóvenes en España: creen que entre finales de los años 80 y el año 2010 no pasó nada. Que todo lo que era bueno y ejemplar en 1985 seguía siendo inmaculado en 2008. Que el periodismo, la política, la economía, la justicia, como estaban hechos en 2008 por los mismos que en 1988, serían igual de buenos que entonces. Dicho de otra manera: que todo lo bueno sigue siendo bueno siempre que sea mejor que lo anterior. Y no. La sociedad se mueve y necesita respuestas nuevas. Si una sociedad proyecta como símbolo de rebeldía en 2008 los mismos valores y personas que en 1988, alarma. Si periodistas que alguna vez se consideraron críticos no son capaces de comprender que es natural y hasta deseable que se sientan incómodos por los códigos nuevos de la juventud, alarma.

Como se ve en muchos periódicos que estaban bien en 1988 pero no en 2008 y menos en 2017, no hay nada más reaccionario que la melancolía.

Han pasado muchas cosas desde los años idealizados y hoy. Se nos olvida, pero en los 90, las figuras presentadas como referencia para los padres jóvenes o los hermanos mayores de los millennials tenían perfiles como el de Mario Conde, Rodrigo Rato, Jesús Gil y, para quien quisiera ser rebelde, Joaquín Sabina. Que Sabina está bien, pero que nos dieron las diez y las once.

A quién le puede extrañar que aquella generación de adolescentes se refugiara en un mundo que la melancolía todavía no había conquistado: Internet. A los millennials viejos, como no existía todavía la palabra ni la idea de una generación, nos llamaban frikis.

Y ahí, en Internet, fuimos diseñando nuestros propios mapas del mundo e ídolos efímeros, entre blogs feos y nicks torpes. Inventando en IRC la arroba y el tag de Twitter antes de Twitter, jugando con el software libre, asociándonos para limpiar chapapote para que Nunca Mais o saliendo a la calle contra la guerra y sin necesitar el permiso de ningún partido; emigrando de Tuenti a Facebook, cuando allí todavía no estaban los padres, antes de emigrar para currar y en algunos casos no volver; defendiendo a Wikileaks y enfrentándonos a la ley Sinde, creando millones de páginas de conocimiento online mientras en los periódicos nos llamaban Ni-Nis, llenando redes y plazas durante tres años consecutivos de 15M, anónimos, llenos de información, desempleo y rabia, para pedir menos capitalismo corrupto y una democracia mejor, una educación pública de calidad, una sanidad universal, un despertar feminista y un millón de cosas más; creando nuevos lenguajes para la acción social y el activismo, jugándote la vida para filtrar información confidencial, hackeando para el bien común; creando nuevos medios, un periodismo más conectado a su sociedad; manteniendo el pulso generacional lo suficiente como para que abdicara un rey, como para que nacieran nuevos partidos, como para que los grandes poderes fácticos en (casi) todos los que ya existían hayan tenido que dejar paso a otras generaciones; como para transformar el menú de la política, donde a cosas que antes ni veíamos ahora somos alérgicos.

Oigan, si esto es una generación sin valores ni conciencia cívica, no sé yo.

He dicho antes pulso generacional, pero no es una guerra contra la generación anterior sino contra una forma de poder anterior, casi una forma de ser anterior. Nos decía la expresidenta del Centro de Investigaciones Sociológicas Belén Barreiro que la digitalización, aunque haya empezado por los jóvenes, acaba afectando la forma de ver el mundo de mucha más gente, no solo los millennials. "Lo que marca el comportamiento no es la edad, sino estar en Internet. Porque vives con las puertas abiertas al mundo, mientras que si vives sin internet lo haces desde un cascarón. Las personas digitales son más imaginativas, curiosas, están renovando sus ideas, frente a la España analógica, mucho más resistente a revisar sus ideas, votante y consumidora tradicional". 

Los millennials sí han conectado con sus mayores, pero unos mayores diferentes. Sanders, Carmena, Corbyn, Mujica son síntoma de que algo tienen los viejos con valores, como aquellos viejos que no consiguieron todo en la vida porque precisamente tenían valores, que seduce a los millennials. Esta juventud reivindica a sus abuelas y a sus abuelos, a sus tíos y hermanas mayores, a esos que sí que supieron escucharles mientras se sentían despreciados por los del pelotazo, los que querían ser como Mario Conde o los que se quedaron atrapados en la comodidad reaccionaria de la melancolía.

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