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¿Cocinar es una pérdida de tiempo? 10 claves para desterrar el tópico

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“No tengo tiempo”. Esta frase tan tajante suele ser la más pronunciada por quienes no se acercan ni a un metro de la cocina, alegando una vida estresante. A veces es cierto, a veces esconde el miedo a lo desconocido y a veces oculta esa manía que nos ha dado por pensar que las labores de casa son más propias de otros tiempos y que invertir nuestras horas en ellas es una pérdida irreparable.

Dicen que Albert Einstein explicó una vez a un periodista su teoría de la relatividad con este ejemplo: “Si su secretaria está sentada en sus rodillas, una hora le va a parecer un minuto. Si usted está sentado sobre un cactus, un minuto le va a parecer una hora”. En definitiva, nuestra valoración sobre el tiempo es muy relativa. A mí me pudre pasar el aspirador pero no tengo ningún problema en ponerme un buen disco de jazz y dejar pasar las horas de una de esas muchas tardes que tendremos por aquí en breve para elaborar un panazo y aprovechar el calor del horno para unas galletas.

Con la baza de que comer es una necesidad que además hemos sabido convertir en placer, he aquí unos consejos para que nuestro horno sea algo más que el armario de las sartenes y para que los fogones dejen de provocarnos urticaria.

Confianza 1: Pese a lo que pueda parecer, la cocina no es un territorio hostil. Nuestra habilidad cocinera está insertada en nuestros hábitos desde hace miles de años, primero por necesidad y después por hedonismo. En cuanto a la falta de tiempo… Digamos que en lo que tardamos en hacer una cola de horas por comprar el último gadget tecnológico podemos elaborar un menú de tres platos y aperitivo para toda la familia. Saquen sus propias conclusiones.

Comenzar por algo sencillo: Las esferificaciones, espumas y aires están muy bien, pero hasta el genio de los genios empezó por algo facilito. Por poner un ejemplo, hacer varias tortillas y comprobar con gusto que nos salen bordadas es mucho más efectivo para seguir cocinando que intentar un imposible para nuestro nivel y abandonar con la amarga sensación del fracaso. Tiempo al tiempo.

Orden y concierto: Nuestras cocinas hoy en día son como latas de sardinas, donde puedes preparar y beberte el café, además de fregar la taza casi sin moverte de la baldosa. Aun así, intentemos tener espacio para cocinar a gusto, que no se nos acumulen los cacharros y, sobre todo, que no tengamos que buscar a mitad de fritura un ingrediente que creemos que tenemos en la trasera del armario de la terraza, debajo de los trapos y entre los boles de cerámica que nos regaló la abuela… mientras a nuestra nariz llega el olor a aceite quemado.

En los inicios, seguir la receta: La creatividad, sin duda, es un valor en la cocina. Sin embargo, antes de volar libres, nos puede venir bien seguir paso a paso las indicaciones de un plato. Afianzaremos conceptos y cogeremos confianza. Y seguramente lo que cocinemos será más comestible y satisfactorio que ese guiso al que decidimos echarle el doble de guindillas porque “a mí me parece que dos van a ser pocas” o ese pan que decidimos no fermentar y quedó como un ladrillo porque “seguro que esto no es tan importante”.

Observación: Impliquémonos en lo que estamos haciendo; al fin y al cabo, el objetivo es comérnoslo. Observemos qué sucede cuando cocinamos esto de una u otra manera, qué pasa si empleo este ingrediente en frío o a temperatura ambiente… Nos daremos cuenta de que, generalmente, las indicaciones de una receta o los consejos se dicen por algo. Y entenderemos el proceso, algo fundamental para combatir el miedo a lo desconocido.

Con la baza de que comer es una necesidad que además hemos sabido convertir en placer, he aquí unos consejos para que nuestro horno sea algo más que el armario de las sartenes y para que los fogones dejen de provocarnos urticaria.

Confianza 2: Una cosa es seguir un consejo y otra muy diferente hacer caso a todo lo que nos dicen los que pasan por la cocina y deciden opinar. Cada uno hemos aprendido, aunque sea inconscientemente, a hacer las cosas tal y como las hemos visto en nuestra casa. No hay verdades lapidarias en la práctica culinaria, sino algunas realidades físicas y químicas y, sobre todo, muuuuchas opiniones subjetivas. 

Autocrítica constructiva: El gusto gastronómico también es subjetivo y cultural. Algo puede estar irremediablemente quemado o salado y ser incomible. Pero algo puede ser delicioso y negro como los txipirones o la morcilla y convertirse en asqueroso para quien no esté acostumbrado. Acercándose a la cocina uno reeduca su gusto con cierta apertura mental. E invitando a otras personas a probar lo cocinado, podemos escuchar otros puntos de vista. Eso sí, los juicios lapidarios mejor nos entran por un oído y nos salen por otro.

Probar cosas nuevas: En vez de arrugar la nariz, dejemos que nuestras papilas gustativas manden señales al cerebro para que éste interprete la información, antes de que lo hagan nuestros ojos y prejuzguemos un plato.

Subir peldaños: Poco a poco, pasemos del huevo frito a un guiso de lenteja, combinándolo con la sencillez de un pescado al horno. Encontraremos nuestros puntos fuertes y débiles y podremos decidir si queremos que lo nuestro sea el horno, los fogones, la plancha o un poco de todo.

Disfrutar: Comemos por necesidad pero también por placer. Y ese placer se multiplica con la satisfacción de haberlo hecho uno mismo, de que ese tiempo ha sido invertido y no perdido. Descolguemos el teléfono y organicemos una comida. Que cada cual traiga algo y, entre chiste y brindis, nos vamos reconciliando con nuestra cocina.

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