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Pan de gasolinera

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Un famoso piloto imagen de una conocida empresa de carburantes sale de una gasolinera en un anuncio de la firma con una barra de pan bajo el brazo. El primer día que lo vi por la tele, noté un ligero temblor bajo mis pies. Después supe que era la ira de los panaderos la que había quebrado los cimientos de la tierra ante semejante imagen.

El pan de gasolinera es el coco que acecha tras el orgullo de muchos integrantes del sector y también el monstruo que se ha puesto de moda criticar desde los nuevos gourmets del pan. Entiendo perfectamente que a un panadero le ponga de los nervios que se vendan barras de pan en una gasolinera. Entre otras cosas porque él no vende gasolina en su panadería (y creo que si lo hiciera, la citada gran empresa no tardaría ni dos segundos en meterle un puro por intromisión sectorial).

Sin embargo, confieso haber comprado hogazas de pan exquisitas en gasolineras perdidas de la mano de Dios, elaboradas por el primo panadero del dependiente y  vecino del pueblo de al lado. Pan que se vende en la gasolinera como estrategia de implementación de negocio y que el gasolinero te ofrece adobado del discurso ‘pues pásate porque mi primo vende además unas mantecadas que son como tocar el cielo’. Llévense las manos a la cabeza pero las excepciones existen.

Que la venta de pan en las gasolineras ha hecho daño al sector es un hecho. Pero, seguramente, también sea uno de los muchos síntomas de que la panadería en este país lleva herida de gravedad desde hace décadas

Es curioso ese odio hacia la gasolinera que ha puesto un horno para hornear y vender las barras precocidas o precongeladas. Porque resulta que, al fin y al cabo, es un horno exactamente igual (o parecido) al que hay en el despacho de pan de debajo de casa, con la única diferencia de que aquí, en lugar de tener aceite lubricante y anticongelantes en los estantes tiene unas cestas de mimbre monísimas con espigas de trigo llenas de polvo y unas hogazas decorativas que datan del Pleistoceno y que, para más inri, nunca han formado parte de la oferta panadera del lugar. Este local que se llama ‘panadería’ y que en realidad es un despacho de pan, vende además revistas, prensa, patatas fritas, conservas, leche, huevos y todos aquellos productos tan relacionados de siempre con la panadería… Su horno y su producto, además, son también los mismos que encontramos el supermercado de turno, el locutorio de la esquina y los grandes almacenes. Que la venta de pan en las gasolineras ha hecho daño al sector es un hecho. Pero, seguramente, también sea uno de los muchos síntomas de que la panadería en este país lleva herida de gravedad desde hace décadas.

Supongo que es muy nuestro esto de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la tranca en el nuestro. Y que en el momento en que muchos panaderos decidieron ir a precio en vez de a calidad se abrió el melón del ‘todo vale’. Aunque el cliente tiene mucha responsabilidad a la hora de decidir el pan que compra, el ‘pan de gasolinera’ o el del despacho no es otra cosa que la consecuencia de que buena parte del sector panadero haya mirado hacia otro lado durante años, perjudicando incluso a quienes dentro de él han tratado de preservar su calidad. Y unos y otros salen perdiendo. ¿Es horrible comprar una barra de pan insulsa en una gasolinera cuando has salido tardísimo de trabajar y no hay nada abierto? Quizá sí. Pero ¿no es igual de horrible comprar el mismo pan insulso, muchísimo más caro, en una franquicia que ha centrado su inversión en parecerse a una panadería parisina? Si uno reflexiona un segundo, puede que esa compra sea peor: el cliente cree haber adquirido un gran producto cuando, en realidad, ha comprado el mismo o parecido y ha pagado bastante más por él, en algunos casos hasta haciendo cola. Qué quieren que les diga, por lo menos, la gasolinera no engaña… 

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