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Poder estar

Entorno de la iglesia de San Francisco de Asís

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Mertxe narra emocionada sus idas y venidas entre la cocina y el salón de su casa recién estrenada. Café caliente para todos en los hogares de Zaramaga y olor a pólvora en la calle Fermín Lasuen. Allí llora Pilar desconsolada. Se acaba de enterar que han asesinado a su compañero de fábrica, Pedro María Martínez Ocio. Otra mujer que también se llama Pilar todavía no sabe nada, pero intuye que algo grave está sucediendo porque en el triaje del hospital donde hace prácticas no dan abasto.

Olga, María Ángeles y Esther, por su parte, se acostaron el día anterior sabiendo que lo del 3 de marzo iba a ser una guerra. Ellas trabajaban en la única fábrica de mujeres de Gasteiz, la de Areitio, donde más de 300 'currelas' compartían cadena de producción. Convivían diariamente con las esposas de los 'grises', los que en el 'día D' las gasearon en la iglesia de San Francisco.

Consuelo, sin embargo, vivía ajena al día mientras preparaba una salsa de tomate en la casa donde trabajaba como interna. Un proyectil al aire atravesó la ventana de la cocina y también su brazo. Se conectó 'ipso facto' a la barbarie y a un dolor crónico que, 50 años después, no cesa. Tampoco amainan los llantos de Eva cuando recuerda que le robaron la infancia al contarle que a su hermano Romu lo habían asesinado. No llegaba a los 10 años y le salieron canas. La tristeza de unas contrasta con la rabia de las otras. La de Yolanda, por ejemplo. Una psicóloga que ahora reside en el Mediterráneo pero que jaqueó a la Policía, lideró a los obreros y fue duramente represaliada.

La memoria la construyen los vencidos y la sesgan los hombres. Han pasado 50 años desde los asesinatos del 3 de marzo de 1976 y todavía hoy se desconocen muchas de las cosas que las mujeres tienen para contar. A veces, con buenas intenciones, se crea un relato romántico de lo que fue su participación y se homogenizan sus vivencias y sus relatos. Les preguntamos demasiado poco a ellas, y; ellos, a veces, no paran de hablar. Preguntemos, respetemos los silencios de las que cuesta hablar y escuchemos e indaguemos con mimo, cuidado y respeto.

A casi todas nos han hablado de las mujeres de las bolsas vacías que recorrían los mercados denunciando la carestía de la vida y también de las amas de casa que en las iglesias organizaban las cestas de comida. Ellas estuvieron, pero también aguantaron las malas caras de maridos que llegaban enfadados porque había nuevos esquiroles en la fábrica. Lo pagaron muchas veces con ellas, porque la violencia machista no cesa ni en la más digna de las peleas. Lucharon en las fábricas y cruzaron coches entre humo y barricadas, pero en las asambleas a más de una la mandaban a prepararle a su marido la comida en casa.

Lo que todos los 3 de marzo recordamos en Gasteiz fue mucho más que una masacre. Fueron meses que sirvieron como una escuela política para un movimiento obrero que emergía con fuerza y que tenía su epicentro en Gasteiz. En las iglesias se hablaba de economía, de lucha de clases y de solidaridad obrera. Ellas, además, también hablaban de la píldora del día después, de anticoncepción, de aborto y de cómo tener una maternidad que no las ahogara.

Pelearon juntas y cuando todo terminó, algunas -no todas- tuvieron que volverse a casa, porque el patriarcado nos contó el cuento de que la pelea siempre fue más cosa de hombres que de mujeres. Por eso, entre llantos, más de una te cuenta que el 3 de marzo le dio la libertad y las ganas de desear pero que la impunidad, el silencio y las exigencias de género de los siguientes años se la arrebataron. Todas, entre llantos, dolores y orgullo reclaman memoria y justicia.

En el 3 de marzo, las mujeres hicieron muchas cosas, a la vez y en múltiples lugares. Por eso es necesario construir una memoria coral que cuente las cosas bonitas y también las feas. Que le explique a la ciudad el papel que tuvieron ellas, que repare sus dolores, reconozca sus contribuciones y dote de garantías de no repetición de la impunidad fascista y del legado patriarcal.

Este año nos volveremos a emocionar al ver a las víctimas pelear, pero contendremos el aliento porque sabemos que estos 50 años han sido duros, llenos de silencios, de presencias intermitentes y de tabús patriarcales. Este año contenemos especialmente el aliento porque que el espíritu del 3 de marzo es más necesario que nunca. Sabemos que aquella pelea contra la miseria y el franquismo está completamente vigente. Hoy nos organizamos contra el fascismo y sabemos a por quiénes van. Van a por las mujeres, a por las currelas, a por las migrantes y por las personas disidentes. Recobremos las formas de pelear de aquel movimiento en el que pudimos estar, ser, divertirnos y pelear.

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