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Contra el marketing político

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Desde que Obama se ha convertido en el tótem de todo aspirante al éxito mediático, los políticos se parecen demasiado. Ahora caminan por el escenario como en las galas de televisión y coquetean con la emoción como en las películas de Isabel Coixet. Sonríen a todas horas y hablan en sucesiones de mensajes de treintas segundos. Escriben en blogs (ignorando los comentarios), compadrean en Twitter (bloqueando a los críticos) y se retocan los pómulos con Photoshop (y con lo que no es Photoshop). Hasta el soniquete acartonado que utilizan suena muy parecido, ¿soy yo o Soraya Rodríguez habla igual que Rubalcaba? 

La fiebre por el marketing político que desató Obama (los expertos me dirán con razón que empezó mucho antes) ha roto incluso con la sacrosanta norma vasca de no quitarse la chaqueta bajo ninguna circunstancia. Ni en las bodas, carajo. Ahora los políticos se remangan sus camisas para que nuestros cerebros perezosos comprendan que están currando y no perdiendo el tiempo al Apalabrados en su escaño del Parlamento. Lo único a lo que no han renunciado es a seguir usando a niños como escudos humanos. Eso de tomar un bebé en brazos en un acto público nunca falla.

Las formas han vencido al fondo, las encuestas a la ideología, las consignas a los argumentos y los asesores de imagen a los ratones de biblioteca. Muchos políticos nos tratan como gilipollas en la acertada hipótesis de que probablemente seamos gilipollas.

Por supuesto, estoy generalizando y no todos los políticos se han dejado domesticar por las promesas de este marketing mal entendido al servicio del poder por el poder. Algunos políticos, convencidos de que la comunicación es una herramienta imprescindible para su labor pública, detestan, en todo caso, las servidumbres que obligan a simplificarlo todo para hacerlo más digerible. Más emotivo y vendible. Y más manipulable. Pero la máquina no puede parar. Son los tiempos que corren. O te montas o te quedas fuera del tinglado. Antes el asesor de un político se dedicaba a marcar una estrategia y leer mucho. Hoy en día tiene que estar a la última en tintes de pelo y pendiente de que a su político no le sude demasiado la sobaquera o se arranque a hostias en Twitter con el respetable. En fin, muchos asesores se han convertido en chamanes del autobombo adictos a los libros de autoayuda.

Lo peor de todo es que hay entendidos en la materia que intentan colarnos que lo que lleva la etiqueta de novedad es mejor y más transparente. Lo viejo (entendido como lo inmediatamente anterior a lo último) huele a alcanfor y lo moderno (entendido como el último grito de la última semana) es muy molón. Pero por dejar las cosas claras, y ya lo escribí en su día, cuando la comunicación política no sirve para mejorar el bienestar de los ciudadanos, no es comunicación. Es propaganda. Cuando copias la política de comunicación de Obama pero la utilizas para sembrar miedo, no es comunicación. Es propaganda. Cuando gastas más dinero en salir en los telediarios que en resolver problemas, no es comunicación. Es propaganda. Como lo de Kim Jong-un en las calles de Pyongyang pero en versión light para sociedades de consumo. Propaganda.

Y no se trata de glorificar los viejos tiempos ni de adular a los dinosaurios de la Transición. No.Yo también empiezo a estar aburrido de las historias del abuelo cebolleta que se marcan los políticos jubilados desde su insoportable condescendencia. A mí la Generación Hermida no me levanta el ánimo y, de hecho, los políticos de ahora son mejores y están más preparados e instruidos, pero reconozcámoslo, muchos de ellos, engatusados por el marketing político, son menos auténticos, más superficiales y nos tratan como si fuéramos gilipollas.

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