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Comida en la nevera

Es un asco no poder irse de vacaciones, eso es así. Pero un asco mucho más grande es saber que cerca de nosotros hay gente peleándola en serio para llevarse cualquier cosa a la boca.

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La mitad de los cántabros no puede permitirse unas vacaciones fuera de casa. Un dato que, en principio, no habla de pobreza. Habla de que no te llega. Habla de que vaya mierda de vida, siempre trabajando, siempre trabajando para no tener nada, para no llegar a nada. Pero si hay comida dentro de la nevera, entonces puedes darte por satisfecho. Es un asco no poder irse de vacaciones, eso es así. Pero un asco mucho más grande es saber que cerca de nosotros hay gente peleándola en serio para llevarse cualquier cosa a la boca.

El Gobierno de Cantabria decidió el verano pasado no abrir los comedores escolares porque no había detectado un problema de desnutrición infantil. Sin embargo, el hecho de que la población en riesgo de pobreza aumentara el mismo año, hasta superar el 27% de la misma, hace necesaria una revisión de esas medidas que no hacemos nuestras cuando no contamos con a) fuertes ruidos en el estómago; b) mareos; c) dolor de cabeza; d) irritabilidad; e) debilidad y f) dificultad para concentrarnos, todo ello dentro de nuestro cuerpo. Es decir, hambre. Y del hambre a la desnutrición hay una sutil cadena de favores compuesta por tíos, amigos, primos y demás familia.

Porque una cosa es apañar algo que meterse al estómago, y otra muy diferente es alimentarse. Y para ser consecuentes con la infancia debemos entender que los niños no son adultos en miniatura o proyectos de, sino seres humanos en proceso de desarrollo, un desarrollo que se va a ver condicionado por diferentes factores; uno de ellos, sobra decirlo, es la alimentación.

Veamos, que ser pobre es bien sencillo incluso teniendo un ansiado puesto de trabajo, que hoy en día se asemeja más a un puesto de esclavitud que a otra cosa. En 2013 una familia formada por dos adultos y dos hijos con ingresos anuales de 17.040€ ya se encontraba por debajo del umbral de la pobreza. No hay que hacer demasiados cálculos. No da, listo.

Tenemos vidas de mentira. Somos adultos de mentira y tenemos hijos de mentira, porque son medio hijos, compartida la crianza, la alimentación, el cariño que no tenemos tiempo de dar y compartidos también los recibos de las actividades extraescolares que no podemos pagar con los abuelos, que se han convertido en héroes modernos con bastones, en vez de espadas, en la mano.

Soñamos con todas las vidas que no vamos a tener. Cada día es un riesgo, qué angustia, nos decimos: imaginad que un vándalo se lleva por delante los retrovisores del coche, qué risotadas el vándalo, pinchando ruedas, jodiendo ventanas. Qué sinvivir el tuyo rascándote los bolsillos, jurando por dentro, con esa dignidad que otorga el tener que decidir entre ir al supermercado o echar gasolina a partir del día quince de cada mes.

Porque ésa es otra, echar la vista atrás, recordar los días en que pagábamos cada una de las facturas, estaban entonces a mitad de precio, recordar los sueldos de 200.000 pesetas, qué tiempos, aquella euforia de hacerte mayor, viviendo al límite del presupuesto entre restaurantes y tiendas de ropa; Roma, Londres, El Cairo o San José. Todas las puertas de embarque que se abrían ante nuestros deseos. Las 200.000 pesetas se convirtieron en 1.200€ y ahí afeó un poco el asunto. Claro que ahora, que anhelamos un sueldo que sobrepase los mil, aquello ha quedado envuelto en una niebla densa que no nos deja ver ni pagando a duras penas el recibo de la luz.

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