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Hombres, privilegios

Entre los privilegios que nos vienen dados por el hecho de ser hombres, el mayor, probablemente, sea vivir con menos miedo.

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Kathrine Switzer, la primera mujer que corrió y finalizó la Maratón de Boston, cinco años antes de que las mujeres fueran admitidas de modo oficial.

Kathrine Switzer, la primera mujer que corrió y finalizó la Maratón de Boston, cinco años antes de que las mujeres fueran admitidas de modo oficial.

Prácticamente hoy nadie dirá "soy machista", aunque lo sea y sea consciente de ello, porque ser machista es algo feo, algo malo, y no nos gusta que se nos identifique con cosas feas y malas. Pero incluso hombres que no se sienten machistas y que ponen cuidado y dedicación para no ser machistas, ejercen ciertos poderes y privilegios sobre las mujeres que la sociedad les da y que les benefician.

Nacer mujer sigue implicando una larga serie de desventajas que tienen su origen en una organización social en la que la autoridad ha sido, y es, ejercida de forma mayoritaria por hombres. Hablo de todo esto tras leer '¿Yo no soy un hombre?', escrito por Germán Domínguez Pérez en la revista feminista La Madeja, editada por el colectivo Cambalache, de Oviedo.

El artículo (lo mejor es que lo lean porque es estupendo) plantea lo siguiente: ¿Un hombre que dice "ya no soy machista", que incluso se considera muy feminista, puede dejar de ejercer los privilegios que la sociedad le concede por el hecho de ser hombre?

El planteamiento me hizo reflexionar sobre el motivo por el que los hombres que consideramos que no somos machistas a veces nos sentimos atacados cuando se generalizan, desde el feminismo, los privilegios que tenemos por el hecho de haber nacido varones. Podemos llegar a pensar que no es justo que se nos meta en ese saco porque creemos y sentimos que hemos recorrido nuestro camino. ¿Si para nosotros no hay atisbo de diferencia entre mujeres y hombres, por qué se nos asocia con ejercer unos privilegios o un poder o con representar una amenaza?

Nosotros lo hacemos bien, nos decimos, culpad a otros hombres que son distintos a nosotros porque nosotros ya hemos hecho nuestra parte. Pero las cosas son más complejas. El enfoque de Germán Domínguez en su artículo de La Madeja es muy interesante porque no se trata de pensar en qué desventajas tienen las mujeres sino en qué ventajas tenemos todos los hombres, incluso los que renegamos de esas ventajas y no queremos ejercerlas.

Si se piensa en esos términos es fácil concluir que un hombre, aunque uno sea feminista, disfruta de unos privilegios machistas que le vienen dados por el mero hecho de ser un hombre. A veces son cosas sutiles y difíciles de detectar, porque la desigualdad es estructural y está tan diluida en todo que puede costar verla y porque, además, nos resistimos a reconocerla porque nos avergüenza sentirnos beneficiados por algo que criticamos y detestamos.

Un hombre, aunque sea feminista, disfruta de unos privilegios machistas que le vienen dados por el mero hecho de ser un hombre. La desigualdad cuesta reconocerla porque nos avergüenza sentirnos beneficiados por algo que criticamos y detestamos.

Pero el caso es que esos privilegios están ahí y son muchos: acudir a una entrevista de trabajo con la ventaja implícita de no poder quedarnos embarazados; que se admita con mayor facilidad nuestra autoridad cuando decimos o hacemos algo;  mayores posibilidades de ascenso; el prestigio social de la promiscuidad sexual masculina frente a la estigmatización en el caso de las mujeres; muchas menos posibilidades de ser agredidos sexualmente; que se aplaudan los trabajos domésticos de los hombres (qué bueno es, cómo ayuda en casa) mientras se da por hecho el esfuerzo doméstico de la mujer; menores posibilidades de estancamiento profesional si se decide tener una familia; o mayores posibilidades de ser reconocidos a nivel profesional o artístico. 

En lo que llevamos de siglo XXI, años en los que el debate sobre la igualdad ha estado muy presente, se han concedido diecisiete premios nacionales de poesía, de los cuales trece han sido para hombres y cuatro para mujeres, lo que supone un 76% de premios a varones. Es exactamente la misma proporción que en ese mismo período de tiempo ha habido en los premios nacionales de artes plásticas, de ensayo, de literatura infantil, de fotografía o de traducción, por citar solo unos ejemplos.

A veces hay que hacer ciertos ejercicios. Con la lectura, por ejemplo. Tenemos tan interiorizado a través de la educación un canon predominantemente masculino que si nos detenemos a echar un ojo a nuestras bibliotecas particulares seguramente descubramos que hemos comprado muchos más libros escritos por hombres que por mujeres (posiblemente en una proporción de ocho a dos o de siete a tres, hagan la prueba). No se trata de comprar solo libros escritos por mujeres, que tampoco pasaría nada, sino de que no nos parezca normal ese desequilibrio que privilegia a los autores masculinos y hace más difícil que sean visibles las femeninas.

Un buen amigo y gran poeta dice que el mundo de la literatura sigue siendo testicular. La vida es, en cierto modo, aquello que se narra y las narraciones son predominantemente masculinas. Si nos vamos a la ciencia la cosa es todavía peor. En 57 premios nacionales de investigación concedidos desde 2001 en distintas categorías (ciencias físicas, matemáticas, medicina, biología, ingeniería, etc.) sólo seis fueron concedidos a mujeres (el 10% por ciento). En buena parte de estas categorías la totalidad de las distinciones recayeron en hombres.

Eso sí, entre los privilegios que nos vienen dados por el hecho de ser hombres, el mayor, probablemente, sea vivir con menos miedo. Cuando se hacen indicadores para medir la calidad de vida en un país uno de los que más se destacan es la seguridad. Sentirse seguro es una cosa muy importante para el bienestar. Pero lo cierto es que ante determinadas situaciones la mujer se siente amenazada mientras que el hombre (el hombre feminista también) se siente a salvo. 

A los hombres nos cuesta entender ese miedo porque no lo sentimos, porque no es nuestro. Es un miedo que hay que respetar. Y quizá debamos intentar no sentirnos insultados cuando se nos identifica como una amenaza por el mero hecho de ser hombres. Porque por muy feminista que un hombre se sienta no podrá renunciar a dar miedo a una mujer con la que se tropiece en un lugar apartado y oscuro porque su cuerpo de hombre (le guste o no) ya implica una amenaza.

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