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Innovación con almejas

Hay dos especies animales cuya población disminuye en Cantabria. Se trabaja para evitarlo en uno de los casos, ¿puede hacerse algo en el otro?

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Publica la prensa que el Gobierno de Cantabria ha sembrado un millón de almejas en la bahía de Santander para remediar un descenso en el número de estos animales. Entiendo que lo que se pretende no es esconder un millón de almejas para que los mariscadores encuentren ese mismo millón, como se hace con los huevos de pascua para los niños. No, la idea es que los sabrosos bivalvos se acomoden, inicien amistad con sus congéneres próximos, esa amistad pase a mayores y acaben haciendo lo que sea que hagan las almejas para reproducirse, de modo que su número aumente hasta permitir que los mariscadores puedan recoger todos los años una cantidad suficiente sin poner en peligro la continuidad de la especie.

Por las mismas fechas se publican observaciones sobre la fluctuación de la población de otra especie, la de bípedos implumes, también llamados paisanos, o sea, nosotros mismos. Parece ser que en Cantabria, tras la primera mitad del año, somos 1.500 habitantes menos que en la última Nochevieja, y que ya llevamos cinco años perdiendo población sin descanso. La disminución de un millar de habitantes en esos seis meses se debe a lo que se llama crecimiento vegetativo (en este caso decrecimiento), es decir, a la diferencia entre los que se van camino del cementerio y los que vienen de la maternidad. Pero el medio millar adicional son individuos que se van a buscar la vida a otra parte, gente joven en condiciones de trabajar y que no encuentra cómo hacerlo por aquí.

Que se vayan los jóvenes es la consecuencia de un problema, la falta de puestos de trabajo, que se agrava precisamente con su marcha, según el modelo del círculo vicioso: menos gente demandando bienes y servicios, menos empleos necesarios. Y menos parejas jóvenes,  menos nacimientos que, a su vez, auguran que el agravamiento del problema puede proyectarse hacia el futuro sin límite a la vista.

Que se vayan los jóvenes es la consecuencia de un problema, la falta de puestos de trabajo, que se agrava precisamente con su marcha, según el modelo del círculo vicioso: menos gente demandando bienes y servicios, menos empleos necesarios. Y menos parejas jóvenes, menos nacimientos que, a su vez, auguran que el agravamiento del problema puede proyectarse hacia el futuro sin límite a la vista.

Hacen falta nuevas ideas para romper el círculo, innovar, encontrar cosas que hacer y que no haya necesidad de emigrar. Quizá pudiera aplicarse con nuestra especie lo que tan bien ha hecho la Consejería de Pesca con las almejas y repoblar la región con bípedos implumes en edad de reproducirse. Como necesitamos nuevas ideas, podemos matar dos pájaros de un tiro y seleccionar innovadores, jóvenes que generen propuestas. Jóvenes que se acomoden, inicien amistad con sus congéneres próximos, esa amistad pase a mayores y acaben haciendo lo que hacemos los humanos para reproducirnos, de modo que su número aumente hasta permitir que el número de los que abandonan la comunidad por el camino del cementerio sea menor que el de los que vienen vía maternidad, por un lado, y que nadie tenga que irse porque haya demanda de bienes y servicios suficientes para ocupar a todos, por el otro.

Imagino a los funcionarios que reciban el encargo de la repoblación de innovadores. Primero se rascarían la cabeza, luego se encogerían de hombros y por último se pondrían manos a la obra.

También imagino el informe de la comisión encargada del seguimiento de la operación (porque innovadores tendremos pocos, pero comisiones hay para casi todo). Tras comprobar que todos los innovadores importados se han ahogado en el fondo de la bahía al poco rato de su siembra, concluirían que esta especie no se aclimata bien en Cantabria, a diferencia de las almejas, y por tanto no deben malgastarse recursos en intentarlo.

Bueno, puede ocurrir otra cosa: que los encargados de llevar a cabo la repoblación de talento comprendan que aunque la idea se parezca a la de las almejas, estas y los humanos son distintos, y el modo de realizar la operación debe ser diferente. En este caso, se proporcionaría a los innovadores importados un entorno acogedor y estimulante que los permitiera florecer, en lugar de perecer ahogados. Claro que para esto haría falta inteligencia de partida pero, hombre, alguna debe haber por ahí, más allá de la Consejería de Pesca. Del mismo modo que el dinero llama a dinero, la inteligencia llama a inteligencia.

De optar por uno u otro modo de trabajar depende que las palabras innovación y Cantabria formen una pareja con la misma entidad que sabroso bivalvo o bípedo implume. O por el contrario entren en el selecto club al que pertenecen otras parejas como pensamiento navarro e inteligencia militar.

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