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No somos más que un doodle de Google

El Día Internacional del Trabajo no debería ser un día para pedir el voto, ni para hablar de la crisis, ni para bailar en las calles.

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doodle laborday 2016

Doodle de Google por el Día de los y las trabajadores.

Sigo el ritmo de la vida, el paso de las estaciones, la involución de la especie a través de los doodle de Google, el nuevo Calendario Zaragozano de la era del individualismo digital. Gracias a uno de estos garabatos (que eso significa doodle) me di cuenta ayer que se celebraba el día de las y los trabajadores. Era un doodle bien industrial: obreras y obreros cargados de herramientas desmontaban (o montaban) el logo del imperio mientras en la realidad analógica se celebraba el día institucional de los sindicatos. Es muy hermoso ver cómo los dos sindicatos mayoritarios e institucionales de España sacan todos sus juguetes, pancartas y recursos gráficos para existir por unas horas y recordar aquellos tiempos en que estaban en las calles.

El doodle esta vez no ha logrado mucha empatía entre los fanáticos digitales quizá porque, como bien sabe Google, ya no hay trabajadores de ese tipo. Entiéndanme: claro que existen, pero no son conscientes de lo que son. Al menos en la España de la clase media universal. Esta contradicción está en el meollo de la imposibilidad de cambios reales en nuestra sociedad. Durante décadas, el relato hegemónico convenció a las mayorías de que una sociedad que prospera es aquella en la que la mayoría de la ciudadanía se etiqueta como clase media. Así, en este pinche país, hasta el obrero más obrero de los obreros se considera clase media. Ser otra cosa es ser indigno, aunque ser de esa precarizada e irreal clase media sólo te convierta en un miedoso mediocre. Nada más.

En este pinche país, hasta el obrero más obrero de los obreros se considera clase media. Ser otra cosa es ser indigno, aunque ser de esa precarizada e irreal clase media sólo te convierta en un miedoso mediocre. Nada más.

El Día Internacional del Trabajo no debería ser un día para pedir el voto, ni para hablar de la crisis, ni para bailar en las calles. El primero de mayo es una jornada de lucha de clase, debería ser una demostración de fuerza que meta miedo a las clases empresariales aquellas que jamás han reconocido un derecho por amor al prójimo, sino por temor a la revuelta. La mala noticia es que ya no les damos miedo porque ya no somos clase trabajadora. Los sindicatos mayoritarios son organizaciones de clase (media) que tienen tanto miedo como cualquier miembro de la clase media: miedo a perder lo que ha conseguido y miedo a no ser lo que le han prometido.

El Día del Trabajo en estas fechas en las que o no hay trabajo o es en régimen de servidumbre debería ser combativo. Los hijos de las clases medias impusieron el 15M un tipo de reivindicación ‘suave’ que ya es la única que puede tener eco mediático. Todo lo demás -una protesta obrera, por ejemplo, con su dureza y su rabia organizada- es calificada de antisistema, de radical, de incivilizada. No somos más que un doodle de Google o parte de un performance social que es la antítesis de la lucha por los derechos de aquellos que, ajenos a los medios de producción, solo podemos comer vendiendo nuestra cada vez menos valorada fuerza de trabajo.

En días como el de ayer, en tantos días irreales como el de ayer, recuerdo a Günther Anders, uno de mis filósofos activistas de cabecera, y en su conclusión tras años de lucha pacifista contra la escalada nuclear: “Hemos visto que con entregar rosas (…) a las policías –que no podían recibirlas porque tenían el garrote en la mano– ni con listas de firmas, ni con interminables marchas, ni con canciones, ni con teatros, no alcanzamos nada. No sólo es anodino sino hasta estúpido, por ejemplo, hacer huelgas de hambre para lograr la paz atómica. Con las huelgas de hambre se logra precisamente sólo eso: tener hambre. No son acciones serias, sólo son ‘happenings’. No son acciones, son apariencias. Una cosa es aparentar y otra es ser. (…) Hacemos teatro por miedo a actuar verdaderamente”. No podía ser de otra manera: los obreros de la clase media tienen tanto miedo que cargan con unas vidas simuladas como única manera de poder seguir mirándose al espejo sin avergonzarse de sí mismos. Yo soy de clase media y tengo miedo de sólo ser una representación de mi mismo. Casi nada, apenas un doodle.

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