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Los dos lados del mostrador

La precariedad ha venido para instalarse. La precariedad es necesaria, buena para los negocios. Solo así cuadran los números del que hace números a costa de los demás.

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Una jornada de rebajas en una gran superficie. | EFE

El político no es la única persona que puede estar al mismo tiempo a ambos lados de la pancarta. En numerosas ocasiones se ha asistido al carácter reivindicativo del representante que es a la vez juez y parte, causa y efecto, agresor y víctima. Ello solo es posible en un mundo valleinclanesco en donde los espejos deformantes del Callejón del gato han proliferado por doquier. Pero no es solo el político el que plantea al ciudadano esta realidad cóncava o convexa, según el gusto, ya que todos acabamos abonados a la realidad virtual.

Decía tiempo atrás que vivimos ensimismados en una ficción ajena a la realidad. Trabajadores cualificados que se consideran élite directiva mediante esos oxímoron de clase media-baja, media-media, media-alta, media-menoscuarto, que dicen tanto como lo que ocultan. Pensionistas que están convencidos de que la crisis y la política no van con ellos en la seguridad de que en el mundo quedan todavía ciertas certezas y que ellos son como la Ley de la Gravedad: una de ellas. Pequeños empresarios que se consideran grandes, creadores prisioneros en la ecuación imposible de resolver entre independencia y subvención, creyentes ateos; espejos, en definitiva, en un país que parece más una cristalería haciendo su agosto.

Hay también un carácter esquizoide en predicar una épica productivo-innovadora cuando la realidad real (hay que hablar así para conservar la cordura) no hace más que confirmar que todos los huevos fueron colocados hace ya tiempo en la cesta del complejo turístico-comercial-hostelero (olvidémonos de la construcción unos años más). Así pasamos de la épica virtual a los ripios grimosos de la realidad. No me negarán que para este viaje no hacen falta alforjas ni think-tanks. Y espejo deformante frente a espejo deformante, tenemos al emprendedor del sector servicios, este sí con un mostrador delante, que se considera más cliente que servidor, lo que le convierte en un ser ubicuo a los dos lados de la barra y un serio candidato al desvarío y al cabreo permanente. Estamos en Cantabria, dónde si no.

Basta recorrer una de nuestras calles en este maravilloso verano felizmente instalado a última hora para constatar que el paraíso low cost del turismo y la hostelería no es más que un deambulatorio de turistas en calles con el comercio cerrado a cal y canto.

No voy a hacer una defensa de las aperturas sí o sí, porque eso es echar gasolina en la pira del precariado del sector, pero no hay que dejar de constatar esta situación surrealista: quienes aspiran a acaparar el flujo turístico universal, desde Obama al último intocable de Benarés, tienen una oferta que recuerda hiperbólicamente a las conquistas laborales del funcionariado: abrir a las diez y cerrar media hora después y, a quien se queje, ajo y agua.

Pese a que las estadísticas sirven para constatar una cosa y su contraria (nuevo espejo deformante con marchamo de ciencia empírica), lo cierto es que, tomando una perspectiva histórica, el precariado ha venido para quedarse. Y este sí que es un problema porque el sector da para lo que da.

Me veo ya instalado en una región que aplique un PER no declarado. Así, un tercio de la población en edad laboral (doy por descontado que los ciudadanos formados tengan las maletas hechas) disfrutará del mundo laboral tres meses al año, empalmando en ese período unos 254.368 contratos por cabeza, diez arriba, diez abajo. El resto del ejercicio, y siempre y cuando se certifiquen las misérrimas peonadas, será a cuenta de vivir de la precariedad de los servicios públicos (y el voto cautivo, no se nos olvide) o directamente mirando a Peña Cabarga, que como decía un ejecutivo con quien me crucé hace tiempo: irse al paro es una estupenda oportunidad de enriquecer la vida con el ocio.

No funcionará. Y no funcionará porque la atención al turista funciona mucho mejor en Baleares, la costa de Levante y hasta en Alpedrete, si me apuran. Ellos tienen la suerte de que sus tatarabuelos no formaron parte de la pequeña nobleza rural. Por supuesto que hay profesionales en Cantabria, y no es una casualidad que sean los de más amplia trayectoria, que son un espejo en el que mirarse (y este sí: no deformante). Pero también tenemos al profesional del turismo, el comercio y la hostelería que ni sabe, ni puede saber, ni está interesado en saber. Es el que hace posible que al turista se le mire mal, se le agreda, se abuse de él de manera sonrojante, instituido como está en el hecho divino de ofrecer la casa y cobrar al invitado para sentarle en el rincón más pulgoso del sofá.

Si se examinan las múltiples estadísticas se constata una reducción general de la masa salarial y del poder adquisitivo, una destrucción paulatina del empleo de calidad en sectores, como el industrial, que parecen que viven del aire, un crecimiento raudo del sector servicios vinculado a la hostelería y el turismo en general, y una gran masa de brazos muertos, sin prestación ni expectativa, que irá rotando mal que le pese por las terrazas más emblemáticas de nuestra región. A cambio de todo ello, tendremos cursos y talleres de formación, mínimos de renta vital, ayuda familiar a tope, y minijobs en las ya continuas ofertas de empleo público temporal de los ayuntamientos.

Queda, como víctima colateral, el coste que para las arcas públicas tendrá, cada vez más, el sostenimiento de una población pasiva que está a la espera de que el ayuntamiento de turno o el restaurante de la esquina le llame. Se llega así a una tormenta perfecta entre un descenso exponencial de los ingresos fiscales por una economía con valor añadido nulo y una factura social que ningún político se atreverá a reducir ante el pánico por su repercusión en las urnas. Solo cabe entonces una doble alternativa: más precariedad y quiebra de lo público; o más precariedad y recorte de lo público. 

No creo que el derrumbe del empleo sea una consecuencia de, más bien creo que es un un factor para, un elemento esencial de primer orden del sistema económico-social en que vivimos. Es decir, la precariedad no es una consecuencia, sino la base de nuestra economía. Por eso no desaparecerá aunque fuera posible. La precariedad ha venido para instalarse. La precariedad es necesaria, buena para los negocios. Solo así cuadran los números del que hace números a costa de los demás. Pero no usemos el nombre de jornalero, que entre hijosdalgo es una palabra fea.

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