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La pereza

En nuestro país hay un respeto mayúsculo por el poder. No sé si como consecuencia de la pereza o como tributo a nuestros legendarios dictadores.

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La pereza es un bien nacional. Sobre todo la que se fomenta desde los despachos de la administración pública. Lo digo porque hace ya tiempo que considero que el tedio que se deriva de esta pereza es la máxima felicidad a la que en este disparatado mundo se puede aspirar. Seguramente por eso, siempre que he tenido ocasión de visitar alguno de estos despachos de oficialidad pública me he sentido invadido, de pronto, por una dicha desconocida, por una satisfacción inmensa, por una especie de beatitud más propia de un sigiloso monje tibetano que del modesto contribuyente que soy. Sin embargo, en estos primaverales días de campaña electoral, observo con hondo pesar que en todos estos despachos se desarrolla una frenética actividad que no solo me confunde, sino que, al parecer, permite que los presidentes de las autonomías y los alcaldes de los municipios inauguren todos los días un puente, una escuela, un hospital, una carretera, una fuente pública, una placa conmemorativa... Supongo que de esta manera nos dan cuenta de los continuos desvelos del poder por procurarnos una vida lo suficientemente agradable como para que nos merezca la pena vivirla.

En nuestro país hay un respeto mayúsculo por el poder. No sé si como consecuencia de la pereza o como tributo a nuestros legendarios dictadores. Solo así se explica que Jordi Pujol, por ejemplo, estuviera tanto años como presidente de la Generalitat, Esperanza Aguirre como máxima mandataria de la Comunidad de Madrid, Manuel Fraga como jerarca de Galicia y nuestro incomparable Ángel María Villar supere a todos ellos dirigiendo esa organización tan siniestramente misteriosa denominada Federación Española de Fútbol.

En esta larguísima campaña electoral, los líderes de los las nuevas formaciones políticas, desechando las indudables virtudes de la pereza, están reclamando el cambio generacional; o sea, la participación de los jóvenes en la política ya sea mediante su entusiasmo, su voto o su compromiso. No sé si estos atenderán a su llamada pero tengo la impresión que los jóvenes de esta época carecen de tiempo para escuchar a nadie, ya que están demasiado ocupados trabajando en las cocinas de las hamburgueserías por un salario de mierda; redactando noticias en los medios de comunicación a cambio de unas cuantas miserables monedas; perdiendo la vista ante cualquier pantalla de ordenador para mantener vigente un contrato basura de semanas; subiéndose a los andamios con el bocadillo del mediodía envuelto en el papel gastado de todos los títulos adquiridos o dando la brasa en la casa de sus padres para conseguir la calderilla suficiente que les permita perder la consciencia durante las alcoholizadas noches del fin de semana. Dilapidando, en definitiva, las buenas costumbres adquiridas mediante nuestra proverbial y tradicional pereza.

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