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Tú que no puedes

Qué fácil es para algunos toparse con el cajón del dinero público y jugar con él como si fueran los billetes falsos del Monopoly. Sólo que no lo son.

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Ignacio González y Francisco Granados en una rueda de prensa posterior a un Consejo de Gobierno en 2009.

Ignacio González y Francisco Granados en una rueda de prensa cuando eran consejeros. | Ballesteros. EFE

'Tú que no puedes', dice el refrán, 'llévame a cuestas'. 

Algo tendrá el refranero que lleva siglos con los dichos a cuestas, nunca mejor dicho, y algo tendrá este refrán que hasta Goya le dedicó uno de sus grabados. Goya, el pintor al que, ya enajenado y cerca de la muerte, Moratín tuvo que ir a buscar hasta la frontera de Hendaya cuando quería volver a España en burro, podría haber dibujado su grabado hoy mismo si siguiera vivo. 

Dice la Wikipedia que hay varias referencias a este dicho y a esta imagen. Una está en el Museo del Prado y dice a modo de explicación de la estampa: "¿Quién no dirá que estos caballeros son caballerías?". Pero la más explícita está en la Biblioteca Nacional en donde puede leerse: "Los pobres y clases útiles de la sociedad son los que llevan a cuestas a los burros o cargan con todo el peso de las contribuciones del Estado".

Goya radiografiaba lo que veía y no se callaba (de ahí el exilio). El vio cosas como que en plena Guerra de la Independencia, con sus razias y su destrucción, el sistema fiscal seguía impenitentemente sangrando el trabajo de una población martirizada a mayor gloria del Rey y del Estado, lo que está relacionado con el dicho de que "a perro flaco todo son pulgas". Por más que las pulgas tengan el tamaño de burros y cocodrilos.

Tomó Goya al entrañable burro , animal pacífico aunque algo limitado, para volcarlo con toda la carga negativa que tiene la palabra 'burro' y la palabra 'carga'. La imagen es impagable. Hoy, el país sigue sosteniendo con sus impuestos y su silencio una espiral de inepcia y latrocinio que, no es que antes no existiera, se revela estos años insoportable al salir a la luz, como cuando Dorian Gray se enfrenta finalmente al retrato que ha envejecido por él.

Poco que ver en muchas cosas con la España de entonces, pero en algunos casos sigue siendo la misma, ya que los tiempos evolucionan en determinados campos y en otros se mueven a ritmos geológicos. Los burros tienen todavía mucho predicamento y que la carga fiscal pesa sobre los más y que de ella se benefician en especial los menos va a misa.

En especial aquellos que han dedicado sus mejores dones, escasos pero hay que reconocer que industriosos, a la rapacería, a lo que ahora llamamos corrupción, auténtica marca España allende las fronteras. ¿En qué escuela aprenderán cómo es la fontanería de la corrupción? ¿En qué cocina, covacha o patio de colegio darán sus primeros pasos en el ascendente mundo del cucañerismo? ¿A qué tierna edad se encenderá la bombilla del descubrimiento en que se puede vivir muy pero que muy bien trabajando poco o nada? ¿Cuándo alcanzan la Iluminación de que la mayoría de los ciudadanos son mulas de cargas, tontas y encima agradecidas? Qué fácil es para algunos toparse con el cajón del dinero público y jugar con él como si fueran los billetes falsos del Monopoly. Sólo que no lo son. Sólo que encima dan lecciones de moral cuando encaramados en el ciudadano, con un punto chulesco, arrean a la cabalgadura y le censuran la tentación de tomarse un respiro.

Sobre la corrupción se me ocurren tres cosas, a saber:

1. Todo corrupto es un corruptor. Por ello es imposible reducir la corrupción a casos aislados. Sería tan cínico como decir que los muertos en un campo de batalla son muertos individuales que acabaron juntos de casualidad. La corrupción es sistémica porque necesita de un caldo de cultivo, como el salmón de caudal suficiente para batir la cola y nadar a contracorriente. El corrupto extiende la corrupción ante sí porque no soporta la honradez, del mismo modo que rehuye la transparencia como un ladrón los faroles en noche oscura. Un corrupto apuntala el sistema, es la corrupción en sí como categoría, se debe a ella y, de grado o por la fuerza, la reproduce. Ergo sistema hay.

2. No existiría la corrupción o no tendría el campo tan despejado si funcionaran los sistemas de control con que la sociedad se dota, de manera bastante onerosa todo sea dicho, para protegerse. Están los sistemas de control interno y externo, que asustan menos al corrupto que tío Camuñas a un adolescente, y está la judicatura, que, a este paso, si no fuera por casos aislados, lleva camino de convertirse en un aparato meramente administrativo del gobierno de turno. Este sistema judicial, blindado y ajeno a la crítica, ya que es el último tabú de lo inefable que queda en España, es el que se deja abrazar por el gran oso del poder. Todavía hay fiscales que se rebelan y jueces que siguen su camino aunque tengan mucho que perder, pero que la justicia dejó de ser admirable por dejación de funciones en los peldaños más altos del poder político y económico y que se deja querer es algo que ven hasta los ciegos. Si los sistemas de control y sanción funcionasen, la corrupción no camparía a sus anchas, lo cual significa que no ejercen el papel, por activa o por pasiva, que se les ha asignado , quod erat demostrandum.

3. La principal víctima de la corrupción es la democracia. Más allá del dinero sustraído, más allá de la carga que acarrea sobre las espaldas de quien hace el país toda las mañanas, el auténtico daño que causan los que meten mano al cajón es la lepra que extienden sobre la democracia y sus instituciones. Ese es el verdadero crimen. La equivalencia entre democracia y corrupción es injusta (nada más corrupto que una dictadura), pero es fácil quebrar la confianza de millones de personas sobre algo que costó mucho levantar y que es muy fácil que se desmorone. No faltará quien busque ganancia en río revuelto y que señale esa equivalencia. ¿A qué sorprenderse entonces de lo que ocurre en Reino Unido, Estados Unidos, Francia y Holanda? Puede que la corrupción no sea la única responsable de que el ultraderechismo xenófobo sea refugio de una población airada, cansada de cargar con burros, pero sí el tipo de política que mira para otro lado y de una forma u otra auspicia este cáncer.

No quisiera acabar esta tribuna sin traer a colación al escritor Emmanuel Carrère, quien en 'De vidas ajenas', narra de manera colateral la lucha de un juez por anular las cláusulas abusivas de los contratos de las sociedades crediticias, cláusulas que llevaban a la ruina sin ningún tipo de discusión a miles de franceses. El relato, novelado, es admirable y el juez existió. Se llama Étienne Rigal y, junto a otros compañeros, lidió contra la oposición que salió de las propias filas de la magistratura para enmedarle la plana. Rigal decidió acudir al Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Era y es la instancia legal última de Europa. Allí ganó la batalla en 2002 y consiguió la anulación de las cláusulas que eran contrarias a la ley desde sus inicios.

Doscientos años después de Goya se requiere de la determinación de un Rigal, la forja de un héroe para comportarse decentemente, lo que es triste por lo que ilustra sobre la sociedad en que vivimos. Pero existir los Rigal existen y ese es un motivo de esperanza. Jueces y fiscales así los hay, sin que presuman de heroísmo, pero su protagonismo por insólito, que destaquen allí donde los demás son opacos, es el quod erat demostrandum de que aún queda mucho camino por recorrer.

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