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Fatalidad

Los jóvenes son el futuro salvo en nuestro país, que son el pasado. Nos hemos gastado una formidable cantidad de dinero para educar a unos muchachos que, obligatoriamente, están destinados a ser el futuro de los países donde no han tenido más remedio que emigrar.

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EFE

La simpatía no es una característica esencial de los vascos. Esto es bien sabido. Sin embargo el bilbaíno, no siendo un individuo esencialmente simpático, es un individuo cordial, campechano, muy sociable y dotado, eso sí, de una gran capacidad para la exageración.

Un abogado con despacho en esta lluviosa ciudad, conocido de un conocido mío, narigudo, elegante, muy hablador y dotado de una formidable y pintoresca cultura, reúne las características propias de los habitantes de la capital del Guggenheim de modo que, cuando uno se lo encuentra en cualquier bar, preferentemente en los ubicados en la calle Ledesma, ya sabe que tras los primeros saludos, salpicados de un brusco e insulso sarcasmo, también muy bilbaíno, la conversación la monopolizará dicho abogado relatando anécdotas, por ejemplo, del filósofo Sibiuda que fue profesor en Toulouse en el siglo XIII y que escribió un libro en latín macarrónico o del torero Santiago Martín el Viti al que conoció durante una Semana Grande bilbaína o de las hermanas solteras del Padre Arrupe a las que nunca trató pero de las que se sabe multitud de anécdotas...

En fin, esto es siempre así ya que este hombre tiene una marcada predisposición para hablar de individuos o de sucesos de los que actualmente nadie tiene el más mínimo conocimiento ni, por supuesto, el más mínimo interés. Este mediodía, sin embargo, el hombre anda preocupado porque uno de sus hijos, ingeniero de telecomunicación, no ha encontrado trabajo alguno y se está planteando la posibilidad de emigrar a Inglaterra para trabajar de camarero en un restaurante italiano de la capital londinense.

“No acierto a considerar la vida como una fatalidad", afirma mientras sostiene entre sus largos y huesudos dedos una copa de manzanilla jerezana, "pero la fatalidad parece que se ha adueñado de este ruidoso país porque solo de esta manera se entiende que no haya modo alguno de desalojar del poder a los bandoleros que nos gobiernan. Los jóvenes son el futuro salvo en nuestro país que, curiosamente, son el pasado. Nos hemos gastado una formidable cantidad de dinero para educar a unos muchachos que, obligatoriamente, están destinados a ser el futuro de los países donde no han tenido más remedio que emigrar. Esta, señores míos, si que es una magnífica política de Estado”.

La lluvia, tan escasa este año en curso, pero blanda y monótona lo mismo que una tarde de domingo, nos mantiene recluidos en un bar espacioso y confortable, donde las paredes exhiben fotografías de un Bilbao de principios del XX y entre disertación y disertación el prestigioso abogado va dando puntuales órdenes al camarero para que nos surta de bebidas alcohólicas y de unas cuantas raciones de jamón, croquetas, aceitunas machacadas, pimientos rellenos de marisco y otros pinchos variados en esta gloria bendita de disponer, aún, de un formidable apetito cuando ya se han perdido muchos otros entusiasmos...

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