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¿Un año nuevo?

Los viejos fundamentalismos, terror mediante, continúan su andadura con paso firme, derramando la sangre necesaria que utiliza como combustible para perpetuar su siniestro negocio, del que, me temo, conocemos sólo la punta del iceberg

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Rajoy y su homólogo irlandés analizan hoy las consecuencias del "brexit"

EFE

No sé por qué llamamos “nuevo” al año que se inicia, cuando en realidad nos hace a todos un año más viejos; y lo saludamos, además, con las viejas estupideces y costumbres con que acogimos el año anterior, el pasado y el antepasado. Empezando por los inevitables petardazos que, en mi caso, alimentan mi lado más cascarrabias. Y eso que últimamente las autoridades municipales están empezando a imponer ciertas dosis de mesura en cuanto a utilización de petardos, más por la salud de los perros que por atender la salud psíquica de las personas. Pero por algo se empieza. Al fin y al cabo, el perro es el mejor amigo del hombre, ¿no? ¡Qué menos, por tanto, que lo que favorezca a los perros nos venga bien a nosotros, los humanos!

No parece, por otra parte, que lo novedoso vaya a regir la política española en el presente año. Mariano Rajoy, ya consolidado en la Presidencia del Gobierno, se limitará a seguir haciendo la digestión del año anterior, porque parece bastante claro a estas alturas que hacer la siesta le sienta bien. Cuanto más duerme, más divide a la izquierda y más expectativas de voto alimenta. Hasta el punto de permitirse advertir relajadamente a su leal y muy colaboradora oposición socialista que, si se pone tonta, convocará las elecciones que no desea, porque le cogería a Susana Díaz sin arreglar, y no en el perfecto estado de revista que se requiere para hacer una buena campaña electoral.

Añádase a ello, en un plano más general, que los viejos fundamentalismos, terror mediante, continúan su andadura con paso firme, derramando la sangre necesaria que utiliza como combustible para perpetuar su siniestro negocio, del que, me temo, conocemos sólo la punta del iceberg. La matanza navideña de Berlín –que aquí, en España, nos ha obligado a blindar las cabalgatas de los Reyes Magos- se prolongó con la que abrió el año en Estambul. Y persiste la guerra en Siria. Y sus víctimas siguen estrellándose contra los muros de Europa. Y los refugiados se convierten en los nuevos judíos del Viejo Continente. Y en uno de los más fuertes acicates para el avance de la extrema derecha en los procesos electorales que se avecinan, en Francia y otros países europeos. Lo que invita a pensar en que nos quedan tan sólo trece años para que volvamos a los años treinta. Del siglo XXI, por supuesto, aunque nada garantiza que no sean tan feroces como los del siglo anterior.

Mariano Rajoy, ya consolidado en la Presidencia del Gobierno, se limitará a seguir haciendo la digestión del año anterior, porque parece bastante claro a estas alturas que hacer la siesta le sienta bien

Porque va a ser 2017 el año en que Donald Trump nos espera con los brazos abiertos, tal vez para engullir a los habitantes del Planeta, como un nuevo Saturno devorando a sus hijos. A juzgar por sus primeros movimientos, por lo que va largando y por el Gobierno que prepara, parece bastante claro que progresa adecuadamente en esa dirección; aunque sólo sea, y es un ejemplo entre muchos, por haber nombrado a un secretario de Trabajo que prefiere los robots (que son productivos porque no reclaman) a los trabajadores (que son improductivos porque lo reclaman todo). Lo ha declarado en público sin cortarse un pelo. Y es de suponer que actuará en consecuencia.

Queda por ver lo que va a dar de sí, y los efectos que tendrá, ese enamoramiento mutuo del magnate americano metido a presidente y el amo de Rusia, Vladimir Putin. Se quieren, no lo pueden evitar. Se quieren bastante más que Pablo Iglesias e Iñigo Errejón. Y a falta de dilucidar si “en tu casa o en la mía”, falta ya poco para que el vis a vis entre ambos acabe consumándose. Y es lógico, además, que sea así, porque lo que une un poder descontrolado siempre será más fuerte que cualquier ñoñería democrática que se trate de hacer valer.

Menos mal  que todavía hay gente con principios y que, además, vela por que se mantengan. Aquí, en Euskadi, sin ir más lejos, tenemos a EH Bildu, que le ha dicho cuatro cosas bien dichas al presidente electo americano. La primera: felicitarle por haber ganado unas elecciones “vibrantes”. La segunda: expresarle su voluntad de cooperación. La tercera: recordar que Euskadi comparte valores y relaciones comerciales con los Estados Unidos de Trump. Y la cuarta: comunicarle el deseo de estrechar relaciones con el Gobierno republicano. Y todo ello en un mensaje escrito, y no con palabras que se lleva el viento. Con la claridad por delante.

Me consta que Donald Trump ha quedado gratamente impresionado, al ver que todavía queda en el continente europeo una izquierda responsable, que no abandona el derecho a decidir de los pueblos por atender a coyunturalismos de corto alcance. Seguramente a estas horas anda consultando a nuestra influyente diáspora –sobrecargada de vasquidad, y de dólares-, para tratar de elevar a Euskadi al lugar del Imperio que le corresponde en su primer año triunfal.

 

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