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De patrias, maridos y partidos

Los resultados electorales reflejan la crisis de hegemonías, lealtades y estilos de liderazgo

Muchas pasamos de sentirnos periféricas a parte de una marea descentralizada que puede cambiar la forma de gobernar y hacer política

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Ada Colau celebra los resultados junto a Xavier Domènech

Ada Colau como símbolo de otra forma de hacer política ROBERT BONET

La campaña electoral ha estado calentita también dentro del feminismo. Algunas han hecho campaña con una posición muy clara; otras hemos andado indecisas hasta el momento de depositar el voto. En todo caso, diría que estas han sido las principales posturas, no necesariamente en ese orden:

1- Apoyo a IU-Unidad Popular por considerarlo el partido más feminista y de izquierda, y por contar con un líder que (generalizando) cae mejor a las feministas que Pablo Iglesias.

2- Apoyo a Podemos por creer en su proyecto político, en sus bases y en sus opciones de echar a Rajoy, pese a la crítica a líderes 'machoalfas' y, por tanto, mirando más a Ada Colau que a Pablo Iglesias.

3- Actitud abstencionista, afirmando que todos los partidos son patriarcales, que es ingenuo pensar que vayan a hacer política feminista.

4- Apoyo a pequeños partidos sin opciones de lograr escaños pero que satisfacen ideológicamente, como Iniciativa Feminista o el PACMA (en el caso de las feministas que también son animalistas).

Dejadme hablar un momentito de mi tierra. En Bizkaia, EH Bildu eligió como cabezas de lista a dos destacadas feministas, muy conocidas entre nosotras: Onintza Enbeita (periodista y bertsolari) e Irantzu Varela (también periodista, impulsora de Faktoria Lila y videobloguera en la Tuerka, con su espacio El Tornillo). Aunque esa opción resultaba muy amable y cercana (decía una amiga que qué gustazo poder votar a gente con la que tomamos potes, gente que podríamos ser nosotras), y aunque el feminismo ha sido protagonista en su campaña, lo cierto es que no lograron entusiasmar.

Como vasca internacionalista que soy, me dio una profunda grima el lema del PNV, 'Euskadi primero'. Ya sé que no cumplo con el perfil de votante al que se dirigen, pero no podía dejar de contestar mentalmente. Pues no, para mí Euskadi no es lo primero. Para mí, en esta campaña, lo primero ha sido ver quién cierra la puerta a participar en la guerra de Siria, quién se toma en serio la lucha contra el feminicidio ocurra donde ocurra, quién tiene claro que hay que cerrar los CIE y terminar con las identificaciones de extranjería racistas, quién va a parar los desahucios, quién se opone al 'fracking' y a la energía nuclear, quién combate la cultura de la corrupción, quién se va a preocupar más por las necesidades de las personas precarias que por satisfacer a los mercados, quién va a pensar más en el bienestar de la ciudadanía que en las marcas patrias, ya sea la marca Euskadi o la marca España. Por más que el PNV se empeñe en seguir hablando en clave de fidelidad (como en el editorial de Deia), los resultados vascos indican que ya no basta con confiar en lealtades o monogamias ideológicas.

Y creo que el pinchazo de un Bildu más feminista que nunca tiene que ver con esto también. Si bien los conceptos de derecho a decidir y soberanía propician conectar muchas cuestiones (los cuerpos, los territorios, la participación ciudadana...), tanto su publicidad electoral como sus titulares y 'tuits' contenían más generalidades ideológicas que propuestas concretas para un proyecto político socialista y feminista que responda a las urgencias de una ciudadanía harta de precariedad, de injusticia y de corrupción. 

Me ha gustado la honestidad con la que han encajado el batacazo, reconociendo que su mensaje “decidir en Euskal Herria para exigir en España” no ha movilizado a un electorado consciente de que el cambio en España puede marcar un antes y un después para el pueblo vasco. Sin embargo, ante la teoría de que EH Bildu ha hecho una campaña de perfil bajo para beneficiar a Podemos, me preocupa pensar que haya abrazado el feminismo, que haya utilizado a cabezas de lista feministas, justo en la cita electoral en la que no salía a arrasar.

Y vuelvo al electorado feminista: ¿Qué nos mueve a nosotras, a qué le somos fieles y cuáles son nuestras líneas rojas? ¿Logramos ser tan transversales como pretendemos? ¿Tenemos eso que llaman cintura política? ¿Qué análisis hemos hecho en campaña, de qué temas nos hemos preocupado? Para feminista, la lucha contra los desahucios. ¿Por qué en los debates feministas apenas los nombramos, ni tampoco la corrupción?

Hacer política feminista no es hablar solo de paridad en las listas electorales, de medidas contra la violencia machista, de ley de aborto, de discriminación salarial y de conciliación laboral. La solidez de la economía feminista demuestra que el feminismo no va solo de defender los derechos de las mujeres sino de proponer un nuevo modelo económico y social (ya sabéis, ese que pone en el centro la sostenibilidad de la vida, y no la avaricia de los mercados). Y eso es lo que yo entiendo por votar feminista; no guiarme por lo que dice una página del programa electoral (aunque esa página contenga pistas clave), ni por quién dice más la palabra mágica, sino pensar en qué opción abre la puerta a una revolución feminista que frene a esos machos ultras que ayer coreaban “Yo soy español, español, español”.

He de decir que me entusiasma que Podemos haya logrado sus mejores resultados en Cataluña, Valencia, Galicia, País Vasco, por lo que provoca en las dos direcciones: para los partidos nacionalistas, la lección de que el ombliguismo no funciona en puntos de inflexión como el actual; para la dirección de Podemos, tener que mostrarse a favor, sin ambajes, del derecho a la autodeterminación, desmarcarse de la defensa de la unidad de España, como forma de reconocer que han logrado esa posición no gracias al culto al líder sino al trabajo colectivo y descentralizado de candidaturas de confluencia.

Dice Olga Rodríguez: “Será muy interesante observar en qué dirección la plantea la formación morada, si van a reclamar el protagonismo de la gente, así como las formas. Pablo Iglesias ha dicho que han aprendido mucho de Ada Colau, y se ha notado en esta campaña, en la que Podemos ha apostado por un tono sereno y suave, por los afectos, por la ausencia de improperios, en clara contraposición con los modos de otros”.

Hoy estoy contenta por unos resultados electorales locos que han puesto nerviosos al bipartidismo y al Ibex 35. Cuando PP, PSOE y Ciudadanos hablan de estabilidad, están hablando de poder absoluto e impune para quienes gobiernan contra los pueblos. Beatriz Gimeno dijo en Facebook: “Creo que es la primera vez que voto con auténtica ilusión. Es la primera vez que voto para ganar”. Yo no era tan optimista cuando fui a votar por correo, pero hoy estoy ilusionada por lo que dice Gimeno, porque, por primera vez, no me siento minoría sino parte de este caos productivo del que puede salir una nueva forma de hacer política. Parte de una marea que no ha votado al profeta carismático sino a los proyectos colectivos como los que lograron hacerse con las alcaldías de Madrid y de Barcelona. Proyectos políticos honestos, en los que hay espacio para la emoción y la ternura, en los que los procesos importan tanto o más que los objetivos. Proyectos en los que el feminismo no es una consigna ni un puñado de medidas en una página en un programa político, sino una práctica cotidiana que se contagia, que lo inunda todo, que transforma y que nos transforma.  

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