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Los límites del humor

Hace unos días ocurrió una cosa que me descolocó mucho. Soy seguidor del programa "La vida moderna" de la Cadena Ser. Es un programa que llevan David Broncano, Quequé e Ignatius Farray. Es un programa bastante gamberro que cuestiona a todo y a todos con bastante sorna y llegando a sobrepasar los límites del humor muchas veces. 

Pablo Echenique dejó su puesto de diputado regional y ahora lo ocupa Raúl Gay, ambos fundadores de esta sección. En un momento dado del programa Quequé, al que tengo por un gran humorista hizo su sección de la siguiente manera:


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¿Qué es un incapaz?

El Teléfono Rojo.

No me considero radical de la terminología, cuando hablamos de discapacidad. Quiero decir que, por lo general, no soy quisquillosa y, lo mismo me da, que me da lo mismo, que a una persona que no puede ver con los ojos le llamen “invidente” o “ciego” o que tampoco me estremezco cuando alguien dice la palabra “cojo”. Depende del contexto. Aparte de que hay que tomar en consideración no solo la palabra en cuestión, sino también el emisor del vocablo. Asumo que alguien de edad, que ha crecido dentro de otro paradigma, se refiera a las personas con discapacidad intelectual como “subnormales”, aunque me piten los oídos como una cafetera a punto de explotar. Esto lo viví no hace mucho en la portería de un colegio. Pero sí me pongo en jarras si el que lo dice es alguien que ya ha nacido en este siglo, con formación e ilustración suficientes para no meter la pata de esa manera. Ni de broma, porque de forma jocosa se dicen verdaderas burradas y, al final, se falta al respeto.

Estos días, dado que me caducó el documento nacional de identidad y que mis retoños aún no lo tenían, estuve informándome sobre los procedimientos correspondientes para la primera expedición del carnet.

Me puse en contacto con el teléfono de Atención al Ciudadano, 060, al que hay que llamar para obtener cita previa. Como presuponía una suerte de vericuetos pregrabados, antes de llegar a la opción que me permitiera conseguir la cita previa, me aposenté bien en la silla giratoria, dispuesta a dejarme guiar por las distintas opciones hasta encontrar la que mejor encajara con lo que necesitaba, que era –por si no lo había dicho aún- cita previa para poner al día nuestros documentos nacionales de identidad. Marco, pues.

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Los Tribunales del Infierno

Informes médicos.

Como ya adelanté en este post, iba a pasar el reconocimiento de un Tribunal Médico que decide si soy apta para el 33% de discapacidad.

La semana previa al “día de” la pasé nerviosa, con ansiedad y miedo. De todo había escuchado de esos lugares. Y no se equivocaban. Todo mi entorno me decía que fuera tranquila, que los informes médicos que aportaban dejaban bien claro mi incapacidad para trabajar con normalidad. Es así como debería ser, ¿verdad? Sin embargo...

El lugar ya de por sí es frío y la luz de las salas es cegadora. Ves a pacientes o gente nerviosa, con pilas de informes que portan en carpetas. No parece que sea la primera vez que pasan por ahí. Parecen profesionales de las salas de espera. En primer lugar me cita la médica y empieza a mirar mis últimos informes de la neuróloga. Me devuelve el informe en el que aparece que padezco endometriosis y me dice que ese no le sirve, sin más explicaciones. Seguimos adelante, me hace varias de las pruebas neurológicas que suelen hacerme cada tres meses. Me las sé de memoria. En una de ellas pierdo el equilibrio. Más tarde me llevan a una sala donde hay una escalera que parece de atrezzo y me hacen subir. Vuelvo a perder el equilibrio y estoy a punto de caerme escaleras abajo. Siento como que mi cerebro no le manda la señal a mis piernas. Seguimos. Me dicen que vuelva a la sala de espera. Cada vez estoy más nerviosa, como si estuviera pasando la selectividad de la vida. 

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Todo va sobre ruedas

Coche

Hace unos días empecé las clases prácticas del coche. Lo confieso, no tengo carné pero estoy en ello. Y es que durante años, desde que suspendí el teórico dos veces, me he negado a volver a pasar por esa prueba demoníaca que es el teórico del coche. Algunos dirán que es una tontería, pero a mí me causó mucha frustración en su momento, así que lo dejé hasta este año. Volví a estudiar, a principio de verano me puse en serio y, tras un intento fallido, lo conseguí. 

Para poder hacer el examen tuve que pasar el reconocimiento médico. En mi certificado de discapacidad pone, aparte de otras muchas cosas, que tuve crisis convulsivas que hace ya cerca de 13 años que no me dan, así que tuve que pasar de nuevo por manos de un neurólogo que me certificara eso mismo, que todo estaba bien y que iba a poder conducir sin problemas. Así que el siguiente paso fue hacerme el certificado médico. Allí me trataron estupendamente, me hicieron las pruebas de rigor y me facilitaron mucho las cosas. Así que después de todo este periplo médico me presenté al primer examen y lo suspendí, creo que me puse nervioso o que mi exigencia no me dejaba hacer bien las cosas, cosa que me solía pasar mucho hace unos meses. 

Decidí presentarme dos semanas después y en esas dos semanas lo único que hice fueron test. El sillón donde me suelo sentar tenía perfectamente marcada la huella de mi trasero y mi ratón pedía un descanso a cada rato. Así que esa mañana en la que me examinaba fui a coger el autobús y no llegaba, me di cuenta de que había mirado mal el horario de los autobuses, así que empecé a ponerme nervioso, pensaba que no iba a llegar, de hecho estaba en el autobús y quedaban 5 minutos para llegar… y yo creía que estaría más lejos. Total, que bajé volando del bus y volando llegué a la puerta de Tráfico. Ya me habían nombrado, pero aún así me dejaron pasar.

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Como decíamos ayer…

Esto de la integración social es como el día de la marmota en la película ‘Atrapado en el tiempo’. Parece que uno siempre escribe de lo mismo, denuncia lo mismo y lucha por lo mismo. Día tras día. Mes tras mes. Hay que tener mucha fe para no cejar en el empeño. Ganas dan, ¿pero queda otra?

No o sí. No tengo certezas en ese sentido. Aunque les diré que cansa. Agota. Una deja de creer en que otra realidad es posible, porque lo que se palpa a pie de obra va tan (léanlo con música) “des-pa-cito” que el cambio apenas se percibe o, acaso, no hay tal cambio. Y las personas con discapacidad también se cansan. Como lo leen. Y eso que pensaban ustedes que somos admirables, por esforzarnos hasta la extenuación psíquica, física y espiritual. Gema Hasen-Bey quiere subir con su silla al Teide,  pero resulta que ir por el pan a diario es ya una gran hazaña para los que van en silla de ruedas como ella. Nos cansamos de pelear, cada día de nuestra vida, por cosas ordinarias, pero, sobre todo, nos cansamos de oír un discurso y de comprobar que la aplicación de dicho discurso dista mucho de lo discursado –si me permiten el palabro.

Les diré que, en estos meses de parada biológica, es decir, el cuerpo y el alma me dijeron alto y claro “o paras o te paramos”, he tenido que aprender algunas lecciones y manejar ciertos desengaños. No sin ayuda de un buen profesional de la Psicología.

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Reiniciar nuestras vidas

100 Metros. Fotograma de la película de Dani Rovira

La semana próxima valoran mi grado de discapacidad. Según muchas asociaciones de enfermedades neurodegenerativas, las personas con Esclerosis Múltiple deberíamos tener reconocido el 33% una vez recibido el diagnóstico. Sin embargo, tenemos que pasar un reconocimiento que bien parece la defensa de una tesis. No sé si el resto de las personas con discapacidad que lo han pedido se sienten indefensas y nerviosas, como es en mi caso. Siento que tengo todo el derecho a recibir ese certificado, porque yo convivo conmigo todos los días –es lo que tiene–, pero sé de buena tinta que están poniendo muchas limitaciones para concederlo.

Desde las altas esferas de la política se habla de plena inclusión en el mercado laboral. Sin embargo, son muchas las personas que no pueden ni salir de su casa fruto de su situación. La carencia de ayudas a nuestro colectivo nos deja fuera de juego y nos hace doblemente víctimas: por nuestra situación y por su dejadez.

Me imagino a ese Tribunal Médico escudriñándome, observando cada centímetro de mi cuerpo y mi mente. Viendo dónde está la grieta, dónde existe un ápice de normalidad para no concederme lo mínimo que pido para poder llevar una vida medio decente. Me veo a mí misma casi mendigando por algo que debería ser mío, como lo son los derechos fundamentales. Algunos que me han conocido me han soltado lo típico de: "si se te ve muy bien, no parece que tengas nada". Supongo que la discapacidad reconocible es la del símbolo de las plazas de aparcamiento: silla de ruedas y monigote. Sin embargo, la discapacidad, señores, va mucho más allá y no siempre se ve sin mirar debajo de la cama.

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Mis pies

Huellas en la playa

Siempre he pensado en la importancia de ciertas cosas que en un primer momento pueden ser obvias. Generalmente las echamos de menos justo cuando no funcionan como deben o simplemente ya no las tenemos. 

Estos días pensaba en la importancia de los pies. Los pies, así a grandes rasgos, sirven para movernos, para saber la temperatura, para tocar el suelo, para mantenernos en contacto con la realidad, para saltar, para un montón de cosas que os imaginaréis. 

Desde que tengo uso de razón he pensado que tenía unos pies distintos. Son un poco peculiares porque me faltan algunos dedos en el pie derecho, como en las manos, pero aún así se me ocurrían un montón de historias. Y en el izquierdo tengo una uña que más que uña parece cuerno de rinoceronte… Y aún así siempre me ha dado vergüenza mostrar mis pies.

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Niños que sobran

Grupo de Whatsapp de las madres

"Qué títeres tan ridículos somos y que vulgar es el escenario en el que bailamos ".

– SuperBrother

Hace unos días me llegó la noticia viral en la que una madres celebraban el cambio de clase de un compañero de sus hijos con síndrome de Asperger. En su grupo de Whatsapp comentaban que era "un alivio para los nuestros", "que bueno para los chicos, ya pueden trabajar y estar tranquilos". Me cuesta creer, e imaginación no me falta, que un crío con Asperger sea un obstáculo de aprendizaje para otros. ¿No será más bien que lo diferente, al no saber tratarlo como algo positivo, se convierte en un obstáculo de aprendizaje? ¿O tal vez que la manera de educar a los más pequeños en lugar de ser incluyente, excluye a las personas con dificultades para no tener que esforzarse en una educación de calidad? Todas esas madres que festejaron nunca debieron pensar en cómo ser madre de un niño con Asperger. El individualismo nos lleva a distanciarnos de las problemáticas que nos rodean y al distanciarnos no nos hace sino ignorantes y temerosos.

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Ver a oscuras

Ojo

Hace unos días , @ editora , a quien sigo en las redes sociales compartió un documental que había hecho hace algunos años y me pareció muy interesante su enfoque.

El documental se llama Ver a oscuras ( Seeing in the dark) y muestra testimonios de personas ciegas sobre sus vivencias y su relación con el mundo. Cuenta uno de ellos que la vista es un sentido global, la persona ciega se relaciona con el mundo a través del oido y el tacto. Este último es secuencial, esto quiere decir que la información va llegando mientras tocas el objeto en cuestión. Se hace una idea global después de haberlo tocado, pero mientras tanto es como rellenar un puzzle táctil. El oído sirve como receptor espacial, es decir, para entender dónde están los objetos en relación a nosotros.

El tacto hace de intermediario entre las cosas y nuestra propia sensibilidad. Según uno de los testimonios del documental, el tacto produce una especie de vibración interior al igual que lo hace la música para los oídos.

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La valla del miedo

On the fence. Imagen de Frayle

Estaba yo navegando por la red cuando me encontré con esta noticia en la que aseguran que una comunidad de vecinos cerca con una valla un centro de discapacidad contiguo. Según explican y cito textualmente: Trabajadores, residentes y familias de la residencia Medinaceli se encuentran "impactados e indignados" después de que la urbanización Virgen del Mar de Soto de la Marina en Bezana haya puesto una valla de separación, que consideran "discriminatoria", entre la propia edificación y el centro, cuyos internos presentan diversidad funcional.

Los residentes, que ya contaban con una valla previa, ahora se topan con una doble barrera para salir al exterior, por lo que se sienten doblemente enjaulados y ya han mostrado, según las mismas fuentes, indignación y enfado. Y no es para menos. Los centros de diversidad funcional y en este caso de discapacidad psíquica e intelectual suelen verse como un peligro. Eso es debido a la ignorancia y el miedo con el que vivimos cada vez más a menudo, y el estigma creado que asocia problemas de salud mental o psíquicos a la perversidad y la maldad. 

Cuando alguien protagoniza un titular por algún delito, suele ir a veces acompañado de algún trastorno psíquico. Sobran noticias en las que se hace hincapié en la supuesta esquizofrenia o bipolaridad que padece el asesino en serie. Cuando un hombre asesina a su mujer se da por hecho a veces que está “loco”, sin tener en cuenta que suelen primar factores como el machismo.

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