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El derecho a la individualidad

El ciego, como el sordo o como el síndrome de Down es ante y sobre todo una persona que nace con ciertas capacidades, que desarrolla otras a lo largo de su vida y le condicionan algunas limitaciones. No deberíamos juzgar ni pensar qué es más conveniente para él o ella sin antes consultarle.

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Uniformes

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Mi hija pequeña me preguntaba el otro día cómo distinguen en la escuela de perros guía a los cachorros si son todos iguales. ¿No se confunden, mamá? Y después de hablarle sobre las diferencias, las pequeñas o grandes diferencias que todos poseemos, seguí cavilando frente al teclado.

La pregunta tiene su miga porque desde que perdí la vista a los trece años a menudo he sido tratada como un producto hecho en serie. A lo mejor es que hay una fábrica de hacer ciegos y todos salimos con las mismas funcionalidades. A saber: un alto desarrollo auditivo, gran capacidad memorística, una especial habilidad para orientarnos en espacios, etc., etc. Y con un reconocedor de voces en tiempo real y, por supuestísimo, una extraordinaria capacidad para adaptarnos a todo. Esto es un extra que garantiza que el ciego se pueda integrar en cualquier ambiente.

“Es que yo conocía a una ciega que estudió derecho y se recorría las calles de Manhattan como Pedro por su casa” Me dijo en cierta ocasión un Mr. Ashki de cierta población de Nueva Jersey de cuyo nombre no quiero acordarme.

Olé sus… ovarios.

“Es que en mi pueblo había un ciego que con solo ponerte delante, por el olor, te reconocía”.

Vaya… yo he debido salir defectuosa o low cost, porque ese extra a mí no me lo pusieron en la fábrica.

Ironizo, pero no bromeo. Lo único que tenemos en común las personas ciegas a priori es que no tenemos el sentido de la vista operativo. Ni por ser ciega tengo que tener una predilección por estudiar piano, que era algo casi obligado antaño entre los ciegos, ya que poquitas alternativas más había para muchos de ellos, ni mi memoria ha de ser prodigiosa y estoy en mi derecho a ser o estar despistada y no reconocerte la voz en medio de Carrefour un sábado por la tarde, ni aunque haya estudiado la carrera contigo durante cinco años hace… ¿cuántos, veinte?

Habrá ciegos muy intrépidos y los hay, como mi amigo Serafín Zubiri, al cual admiro y le he visto, bueno, esto es un decir, claro, lo mismo escalar que hacer coreografías en un escenario, o patinar, pasión que compartimos, y eso no nos convierte en ejemplo de nada. Simplemente hemos podido hacerlo. Como a lo mejor luego nos sentimos especialmente torpes para movernos en el interior de una cafetería. O el que tiene un gran sentido de la orientación y movilidad y se recorre las calles de su ciudad sin mayores dificultades, pero es poco competente en la cocina y teme quemarse con la sartén.

El ciego, como el sordo o como el síndrome de Down es ante y sobre todo una persona que nace con ciertas capacidades, que desarrolla otras a lo largo de su vida y le condicionan algunas limitaciones. No deberíamos juzgar ni pensar qué es más conveniente para él o ella sin antes consultarle. Reivindico nuestro derecho a ser únicos, a no estar sometidos a una constante comparación con los que compartimos discapacidad y con los que no la tienen. Lo dijo Ortega cuando ni siquiera se hablaba de discapacidad, “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

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