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El proyecto madrileño de ley de Urbanismo y Suelo: una cuestión de todos

Muchas veces, la tramitación y aprobación de los textos legislativos no suscita ningún interés por parte de la ciudadanía. Al considerarse como textos complejos y técnicos, difíciles de comprender, los poderes públicos renuncian a modificar la forma de redacción y tramitación, acudiendo a alguna mesa técnica o política de apoyo que respalde el proceso, manteniendo en cualquier caso la oscuridad más absoluta sobre el tema a regular y sobre las implicaciones que éste puede tener en la vida de las personas. Así, el debate queda constreñido en ámbitos profesionales y activistas muy especializados, sin que la preocupación o la movilización salte realmente al campo de la ciudadanía en general. Este puede ser el caso del nuevo proyecto de Ley de Urbanismo y Suelo que Cifuentes pretende aprobar en la Asamblea de Madrid.

Aunque la Ley de Urbanismo y Suelo parezca un texto que regula aspectos que quedan muy lejos del día a día de cualquier persona, esto no es así. Dicha normativa recogerá las reglas del juego con las que se va a construir y ordenar tanto la ciudad como el territorio en el que todos habitamos. Está definiendo el futuro modelo territorial de la Comunidad de Madrid.

Y pocas cosas afectan tanto a cualquier ciudadano como las decisiones que se toman sobre el espacio en el que habita: ya sea por las repercusiones en el tamaño de la ciudad en la que vive, por las afecciones ambientales que dicho modelo provoca en su salud y en su calidad de vida, por las posibilidades de intervención o mejora en su barrio, por la cuantía y el nivel de dotaciones (centros de salud, colegios, bibliotecas, etc.) y zonas verdes que se construyen, por el precio de la vivienda y la existencia de vivienda pública, por la preservación del patrimonio histórico-artístico que representa la memoria histórica de la ciudad, por las implicaciones en su movilidad cotidiana, etc. Todos estos temas, regulados a través del plan general que cada uno de los municipios debe redactar, están recogidos y acotados en el texto legal que se pretende aprobar.

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Abanicos de papel contra el cambio climático

Estos días pasados han creado polémica las declaraciones del consejero de Salud de la Comunidad de Madrid que recomendaba hacer abanicos de papel a los escolares para soportar las asfixiantes temperaturas de este caluroso e inusual mes de junio. Las redes sociales hicieron mofa de la torpeza del consejero, mientras sindicatos y oposición clamaban por que se instalen con urgencia sistemas de climatización en los centros escolares. Sin embargo, con la miopía que caracteriza nuestra política y nuestra sociedad, ni unos ni otras han querido escarbar mucho en el asunto ni ver todos los graves problemas de fondo que esta anécdota pone en evidencia.

Al menos, la portavoz de Podemos en la Asamblea de Madrid, Lorena Ruiz-Huerta, ha relacionado tímidamente la inusual ola de calor con el cambio climático. Pero a renglón seguido se limitaba a exigir igualmente aire acondicionado en las escuelas, sin querer darse cuenta de algo muy obvio: esto supone aumentar el consumo de energía y las emisiones de GEI (gases de efecto invernadero); es decir, acelerar todavía más el cambio climático.

Instalar aire acondicionado para soportar el calor del cambio climático es luchar contra el calentamiento global provocando más calentamiento global, es decir: intentar apagar el fuego con gasolina. Los científicos de sistemas tienen un nombre preciso para estas dinámicas: realimentaciones positivas que aceleran todavía más los fenómenos destructivos en curso.

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La impunidad, el caldo de cultivo para el expolio de lo público

Concentración del 15M en el centro de Madrid, en la plaza de Sol

Resulta obvia la fuerte alarma social que general el continuo y obsceno goteo de casos de corrupción, a cual más escandaloso. Pero no son tan evidentes algunas de las consecuencias de esa corrupción sobre nuestra calidad de vida, como tampoco las circunstancias que la están alentando, entre las que destaca la impunidad que ampara hasta límites indecentes tanto a corruptores como a corrompidos. Veamos brevemente unas y otras.

La corrupción ligada a especulación urbanística, que tanto ha medrado en nuestro país sobre todo desde la promulgación de la Ley del Suelo de 1998 del PP, la del "todo urbanizable", hizo que se alcanzaran unos niveles de ocupación de suelo tan inusitados como insostenibles. Entre 1997 y 2005 prácticamente se cementó o asfaltó la mitad de la superficie que habíamos ocupado durante toda nuestra historia previa, y nuestro consumo de cemento se situó en una tonelada por habitante y año. Se creó así un patrimonio inmobiliario sobredimensionado, infrautilizado y de pésima calidad en cuanto a su eficiencia energética. Pero, paradójicamente, este desmesurado parque inmobiliario –que nos ha convertido en el país europeo con más viviendas por habitante– no ha solucionado nuestro grave problema de acceso a la vivienda.

Apabullantes son también los datos ligados a las obras públicas. Por más que resulten repugnantes, aquí lo relevante no son los porcentajes que se pagaban (y que se siguen pagando) por la adjudicación de jugosos contratos públicos, el conocido 3%. No, lo más pernicioso ha sido la desmesurada inversión pública que se ha dirigido a construir obras innecesarias, en las que dejaba de ser un problema que fuesen disparatadamente caras puesto que justo eran esas las que más comisiones permitían. Esta dinámica nos ha convertido en el país europeo con más kilómetros de autopistas o de AVE, y el de más aeropuertos (el 76% deficitarios) o con mayor capacidad portuaria sin usar (un 60%).

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La verdadera transición que viene, y nosotros tan lejos

El 5 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente. Para conmemorarlo, alrededor de esta fecha, ya es costumbre que los ayuntamientos organicen diversas actividades de carácter divulgativo. Suelen estar dirigidas a un público infantil, o bien al adulto entendido como un consumidor individual, y tratar temas como los residuos, la limpieza viaria o la preservación de la belleza natural.

En Móstoles este año hemos querido hacer algo distinto: convocar a la ciudadanía a discutir colectivamente sobre pico del petróleo, nucleares, límites de la transición a las renovables. Y hacerlo de la mano de algunos de los expertos más lúcidos del panorama científico nacional. Pero no se escriben estas líneas para promocionar un evento local. Que en las semanas del medio ambiente de todo el país primen los talleres de reciclaje a los debates serios sobre el modelo productivo o la geopolítica de la energía es significativo. Demuestra el pauperismo de un debate social que es, sin embargo, extremadamente urgente.

La distancia entre la gravedad del problema ecológico y su percepción ciudadana es uno de los abismos más desgarradores del siglo XXI. Un abismo que no es casual, sino que ha sido ideológica y culturalmente incentivado durante más de un cuarto de siglo. La Cumbre de la Tierra de 1992 inauguró una articulación sociedad-medio ambiente bajo el paraguas de un nuevo concepto, el desarrollo sostenible. Un concepto que nació explícitamente para sustituir una idea mucho más fundamentada científicamente, pero políticamente más peligrosa, que tuvo un cierto recorrido en los años setenta: los límites del crecimiento.

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Mercados agroecológicos, Pacto de Milán y nuevos comunes

Octubre nos aguarda en Valencia con una nueva cita del Pacto de Política Alimentaria Urbana de Milán, el llamado Pacto de Milán. De Banjul (Gambia) a Belo Horizonte (Brasil), más de un centenar de ciudades han declarado su compromiso con sistemas agroalimentarios sostenibles e inclusivos. Las ciudades son un voraz depredador de recursos alimentarios y energéticos. ¿Cabría pensar que en ellas podemos encontrar las soluciones para reconstruir sistemas agroalimentarios localizados? Ciertamente no, el mantenimiento de la biodiversidad, la reducción de la huella ecológica o las políticas frente al avance del cambio climático nos obligan a tener planteamientos territoriales más amplios, más complejos, más extensos.

Sin embargo, el Pacto de Milán puede ayudar y mucho a reclamar un derecho a la alimentación y a revitalizar una producción más acorde con las potencialidades de un territorio (recursos disponibles, comercialización directa, variedades y productos de temporada, mundo rural vivo) en el afán de crear cuencas alimentarias "resilientes", como señala el propio Pacto. Puede ser un aldabonazo que contribuya a expandir dinámicas más descentralizadas y que dote de más autonomía a los habitantes de un territorio para construir sus mercados, sus sistemas económicos, sus formas de cuidar la vida.

Por ejemplo, puede ayudar a desarrollar redes de producción y consumo basadas en el Derecho a la Alimentación y no en la capacidad de los mercados globalizados para apropiarse de las cadenas alimentarias. Pero ese poder, para ser un poder real y sostenido en el tiempo, ha de descansar en el empuje social que ya viene ofreciendo alternativas a los mercados convencionales. Sólo así se ganará en autonomía territorial real que pueda animar la construcción de economías inclusivas, pegadas al territorio.

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Proyecto Castor: cuando a una deuda ilegítima se le suma la impunidad

Parece que la opinión pública empieza a tener cada vez más claro que el Proyecto Castor es una gran estafa, o lo que es lo mismo, un claro ejemplo de lo que el capitalismo de amiguetes implica para la ciudadanía: si sale bien, ellos se forran, si sale mal, pagamos todas.

Vale la pena hacer un repaso mental (o mejor, anotar en una larga lista) las innumerables metidas de pata que poco a poco se han ido destapando y visibilizando y que en su día seguro fueron aplaudidas y celebradas entre palcos y pasillos. Cada firma en una concesión o autorización, cada cambio de legislación a golpe de BOE, cada llamada telefónica... Son muchos los motivos para considerar la ilegitimidad de la deuda del Castor:

En primer lugar por el comportamiento de los acreedores . Los bancos que financiaron y refinanciaron el proyecto se dejaron por el camino un análisis pertinente y completo de los riesgos que éste podía comportar. La excusa de confiar en el Gobierno, o en la administración de turno, y en sus procedimientos puede dejarte colgado, aunque seas el mismísimo Banco Europeo de Inversiones. Eso sí, cobrar, siguen cobrando.

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Robots inteligentes, humanos bobos

Televox, el robot de Westinghouse Electric en los años 20

Hace unas semanas escuché una charla sobre automatización y robótica colaborativa que impartía un ingeniero con amplia experiencia industrial a los alumnos de una Escuela de Ingenierías. En su ponencia, afirmaba que la Automatización 4.0 es una tendencia que se va a imponer en pocos años y va a resultar revolucionaria para la industria y la sociedad.

Los últimos prototipos de robots que se están sacando al mercado son mucho más inteligentes y capaces de interactuar con los humanos de forma segura que los robots industriales al uso, lo que les permite salir del restringido ámbito industrial donde hasta ahora estaban recluidos. Estas capacidades se deben, en gran parte, a las estrategias cooperativas y sensitivas que utilizan; quizá la inteligencia artificial se ha dado cuenta de que la cooperación es la mejor estrategia para evolucionar, dando la razón a  Lynn Margulis y contradiciendo a Darwin y su evolución mediante la competencia.

El ponente también tenía muy claro que en estas décadas la Automatización 4.0 va a destruir muchos puestos de trabajo: los de repartidores, camioneros, taxistas, reponedores de supermercados, auxiliares de enfermería, camareros, etc. Por eso animaba a los estudiantes a especializarse en estas ramas asociadas a la robótica e inteligencia artificial, donde todavía el empleo va a seguir creciendo y se van a seguir necesitando técnicos.

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Extractivismo en tierras manchegas: ¡a Torrenueva el 21 de mayo!

Medio Ambiente aplaza la autorización de uso excepcional para la mina de uranio

Hace un cuarto de siglo, uno de los investigadores del Worldwatch Institute de Washington D.C., John E. Young, captaba en el título de un importante ensayo una de las tendencias centrales de nuestras sociedades industriales: hablaba de " La Tierra convertida en una gran mina " (informe del Worldwatch Institute La situación en el mundo 1992) . Durante los últimos tres siglos nos hemos desarrollado esencialmente como sociedades mineras, construyendo sistemas industriales basados en las riquezas del subsuelo, en una huida hacia adelante (acelerada sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, como bien nos explica  Mateo Aguado ) que hoy nos deja literalmente a las puertas de una catástrofe ecológico-social: calentamiento global, agotamiento de los recursos naturales, Sexta Gran Extinción, crisis edáfica e hidrológica…

Tiene toda la razón José Manuel Naredo (uno de los mayores economistas de nuestro país y de nuestro tiempo) cuando indica en su último libro,  Diálogos sobre el oikos que " habrá que revisar el paso tecnológico en falso que dio la civilización industrial al basar la intendencia de la especie humana sobre extracciones de la corteza terrestre, en vez de hacerlo sobre la fotosíntesis y otros derivados renovables de la energía solar".

En el pasado inmediato, el mundo que nos parece normal (aunque está muy lejos de serlo en términos históricos y antropológicos) se basaba en recursos minerales baratos (comenzando por los combustibles fósiles) y en la capacidad de la biosfera para absorber la contaminación sin generar daños a los seres humanos. Ambas condiciones están desapareciendo rápidamente. Hoy nos hallamos en un "mundo lleno" o saturado en términos ambientales: tras tres siglos de saqueo, intensificado en los últimos decenios, estamos entrando en un nuevo mundo. El papel de la actividad minera en este saqueo ha sido cartografiado no hace mucho por el profesor italiano Ugo Bardi en un libro incisivo, Extracted (que es también un informe al Club de Roma). Desde 1950, el consumo de combustibles fósiles (en términos energéticos) se ha multiplicado por cinco y el de minerales no energéticos por siete.

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Su futuro depende de las emisiones negativas y usted sin saberlo

Shuozhou cooal plant

Los gobiernos han fiado nuestro futuro climático a las emisiones negativas. Sin embargo probablemente usted no haya oído hablar nunca de ellas. No es de extrañar, dado que no han recibido apenas atención política o mediática. Es necesario por tanto arrojar luz sobre este asunto y es urgente hacerlo ahora. Vamos a intentar explicar por qué.

¿Que son las emisiones negativas?

Todo el CO2 que pongamos en la atmósfera tendrá un efecto sobre el aumento de temperatura. Hay todavía una cantidad determinada de CO2 que aún podemos poner en la atmósfera sin que ello implique superar un aumento de más de 2ºC de temperatura a final de siglo respecto a la era preindustrial. Esto es lo que se conoce como presupuesto de carbono y nos dice cuánto nos podemos aún gastar (emitir) sin entrar en esa supuesta zona de riesgo.

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Entre las potencialidades y la prepotencia de la agricultura urbana

Mural en el Teatro Polivalente Occupato de Bolonia.

Este 17 de abril se ha celebrado a nivel mundial el día de lucha organizado por La Vía Campesina , uno de los movimientos sociales del planeta más numerosos e inspiradores. Este año se ha denunciado especialmente el acaparamiento de tierras fértiles, también en nuestra geografía , y reivindicado el acceso a los recursos estratégicos como agua y semillas. Una realidad y unas problemáticas que desde la ciudad parecen ajenas y distantes, pero de las cuales depende nuestra alimentación.

Una indiferencia puesta en cuestión por la emergencia de los grupos de consumo y especialmente de los huertos urbanos. Hoy podemos afirmar que la agricultura urbana es una realidad consolidada en nuestra geografía. Nuestro amigo Goyo Ballesteros lleva años echando las cuentas y mantiene un censo estadístico que nos permite valorar la evolución del proceso. Hemos pasado de 7 municipios con huertos urbanos en el año 2000 a 313 a finales de 2015, y de la inexistencia a más de un centenar de huertos comunitarios de base asociativa que se concentran en las grandes ciudades.

Los huertos han adquirido un importante poder simbólico como metáforas de la creatividad social, de la capacidad ciudadana para devolver el valor de uso a espacios abandonados, del cuidado de la naturaleza en la ciudad y de la autonomía ciudadana para construir alternativas. Una herramienta para avanzar de forma práctica en una nueva cultura del territorio que permite intensificar relaciones sociales, reabrir discusiones sobre los usos del suelo y de las zonas verdes, recuperar en entornos urbanos la lógica de los comunes o abrir la discusión sobre la forma en que se van a alimentar las ciudades en el futuro.

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