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Los hombres que miraban fijamente a las plantas

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Este verano recordaba la delirante historia de la película 'Los hombres que miraban fijamente a las cabras' , inspirada en hechos reales contados en el libro homónimo , cuando tras el fracaso de la guerra de Vietnam el ejército de los Estados Unidos conformó una unidad orientada a explorar las potencialidades de la contracultura y la new age para reinventar la estrategia militar. En 1979 el Teniente Coronel Jim Chanon proponía crear un “primer batallón de la tierra” que se basara en el pacifismo, la armonía ecológica y el uso de la psicología en lugar de la violencia para enfrentar los conflictos. La idea era crear una suerte de batallón de Jedis denominados monjes guerreros capaces de desarrollar poderes mentales, que fueran expertos en artes marciales, en realizar espionaje psíquico o llegar a matar con la mirada. Una unidad multirracial, con capacidad de auto organización, en la que se comieran aliment os orgánic os … y con un enfoque que la asemejaba más a la protección civil que al combate.

Tras los rocambolescos años de experimentación con el flower power este sueño pacifista era desterrado, quedando como un enigmático y desconocido episodio de la historia militar. Buena parte de lo aprendido en estos programas de investigación psicológica sirvieron de base para diseñar nuevas y sibilinas formas de tortura (con música, mediante audiovisuales con mensajes subliminales, con drogas que alteraban la conciencia…) que se harían tristemente famosas en la Guerra de Irak, especialmente en Abu Grahib.

En definitiva, las décadas de los sesenta y setenta supusieron un periodo excepcional, un terremoto cultural que removió los cimientos de las cosmovisiones sociales de Occidente y que afectó a todos los estamentos sociales. Una oleada de experimentación con las percepciones de la realidad que no por casualidad coincide con el nacimiento del ecologismo y el redescubrimiento de una adormecida sensibilidad ambiental.

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Todas somos Mujeres Rumbo a Gaza

En estos momentos, un barco tripulado por mujeres parte desde Barcelona hacia Gaza. En él, viajan mujeres de diferentes lugares y culturas con un propósito común: solidarizarse con el pueblo palestino y, en particular, con sus mujeres.

Gaza es uno de los lugares en los que hoy se visibiliza con mayor crudeza el fascismo territorial. El brutal bloqueo israelí es una evidencia de la degeneración a la que pueden llegar quienes dominan. Las personas que habitan Gaza son una referencia de resistencia y empeño en sobrevivir.

En nuestro mundo son más visibles los ataques, las bombas, las grandes negociaciones, la política de las instituciones… Todas aquellas acciones que tienen reflejo en el espacio público y que son de protagonismo mayoritariamente masculino. Sin embargo, para resistir, hay que hacer otra política, la de la vida cotidiana, que permite mantener día a día la existencia: alimentar cuando no hay alimentos, dar de beber cuando todo el mundo tiene sed, dignificar la vida proporcionando una camisita limpia, curar o barrer escombros. Esa ha sido tarea de mujeres, no porque sea una responsabilidad exclusiva de mujeres, sino porque en las sociedades patriarcales, los hombres, se desentienden de ellas.

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El derecho al aire acondicionado

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Llegó el verano y las recurrentes olas de calor. En los telediarios y reportajes se mezclan las anécdotas y las recomendaciones para sobrellevarlas: estar a la sombra, hidratarse bien, no hacer deporte a las horas centrales del día… pero este fenómeno siempre aparece de forma aislada, desconectado de la problemática que lo causa como es el cambio climático. Hemos encadenado de forma consecutiva 14 de los 15 años más calidos de la historia, desde que comenzaron los registros estadísticos en el siglo XIX, y tenemos la garantía de que las olas de calor se van a ir alargando e intensificando durante las próximas décadas. Un problema que queda naturalizado y cuya comunicación evita caer en alarmismos estériles, enviando a la ciudadanía un mensaje de resignación ante lo inevitable y medidas individuales para sobrellevarlo.

Una de las medidas estrella para adaptarnos al calor veran ieg o es el creciente uso del aire acondicionado, en nuestr o país actualmente tres de cada diez viviendas se encuentran equipadas y en las ciudades andaluzas la cifra llega hasta la mitad. De hecho los picos de consumo eléctrico han pasado en muchas zonas de ser en invierno por el uso de las calefacciones a ser en verano. Se produce así un círculo vicioso en el que el calor nos hace recurrir a t ecnologías que funcionan en base a consumir una energía cuyos mecanismos de producción provocan el cambio climático, que a su vez aumenta las olas de calor y la temperatura del planeta… lo que nos lleva a un uso más intensivo del aire acondicionado.

E l uso generalizado del aire acondicionado eleva la temperatura de las calles entre un grado y medio y dos , debido al calor que estos aparatos vierten sobre la ciudad. Una metáfora perfecta del funcionamiento de nuestra sociedad, lo común se torna inhabitable cuando la lógica y comprensible persecución del bienestar individual se desconecta de la calidad de vida colectiva y del entorno. Lo que son respuestas individuales racionales, como es encender un aire acondicionado para poner la casa a una temperatura confortable, se tornan estructuralmente irracionales cuando se generalizan. No puede existir algo como el derecho universal al aire acondicionado, pues es incompatible con el derecho a disfrutar de un medio ambiente habitable a medio plazo. Y sin embargo resulta más sencillo imaginar una revuelta de consumidores indignados por restricciones en el uso del aire acondicionado, que en movilizaciones populares masivas para luchar contra el cambio climático.

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Soy científico, no me meto en política

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Dice Mikael Höök, ingeniero de la Universidad de Uppsala, que un investigador debe proporcionar los datos objetivos que observa en la realidad sin dar recomendaciones influidas por sesgos ideológicos. A este ideal aspiran en general la mayoría de los científicos. Hace unas semanas entrevistaron en la radio a un profesor de Bromatología de la Universidad de Córdoba sobre su investigación encaminada a estandarizar la receta del salmorejo cordobés, cuyo fin era concretar una referencia de sus aportes calóricos y nutritivos. En su investigación contó con la colaboración de la Cofradía del Salmorejo Cordobés, entidad dedicada a difundir las ventajas de este producto. Ante la pregunta medio en broma de si tras el estudio le habían nombrado Cofrade honorífico, el profesor contestó bastante serio que no, pues la independencia de la Ciencia le obligaba a mantener cierta distancia. Es una interpretación quizás llevada al extremo pues el componente político de recomendar o no la ingesta de salmorejo es de difícil argumentación.

Pero no tenemos que salirnos del campo de la alimentación para pensar en otro ejemplo bien distinto y por todos conocido que cuestiona la perseguida neutralidad axiológica de la Ciencia: la reciente carta abierta de los premios nobeles a la labor de Greenpeace y otras organizaciones ecologistas contra el cultivo de Organismos Modificados Genéticamente (OMGs). El daño que esta carta hace a la Ciencia, en una sociedad que de algún modo sacraliza la opinión científica, es irreparable, pues cualquier crítica será calificada de retrógrada. A riesgo de ello es preciso insistir en que estamos aquí ante un magnífico ejemplo de científicos metiéndose en política.

La misiva contiene un burdo sesgo de brocha gorda de tipo político-ideológico. Que los nobeles digan que los transgénicos no afectan a la salud, puede ser científicamente discutido, pero es un argumento con base epistemológica en su campo de trabajo 1. Que los nobeles digan que los transgénicos son el camino para acabar con el problema de la desnutrición es sin embargo, un salto al vacío, que ya no se sostiene sobre la base anterior. ¿Porqué no dijeron los nobeles, con la misma autoridad que saben que les acompaña, que el hambre puede resolverse eliminando la desigualdad o mejorando la distribución de la riqueza, por ejemplo? Sería otra manera -al menos tan válida sobre el papel- como el despliegue de la agricultura transgénica. No lo hicieron porque eso sería meterse en política, y los científicos, como reza el título de este artículo, no lo hacen. Entonces, ¿porqué se decantan sin sonrojo por esa solución tecnológica? Pues porque en realidad si lo hacen. Los sutiles tentáculos de la ideología tocan también a menudo y de formas diversas a la Ciencia.

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Soberanía salvaje

Guardianes de semillas: un investigador conserva en Lanzarote antiguas simientes

Las ciencias de la naturaleza no enseñan acerca de nuestra propia naturaleza interior. Asignaturas como “Conocimiento del medio” desconocen la regulación del metabolismo celular. Disertamos sobre comidas para combatir el hambre, pero no de alimento para nutrirnos. Pensamos el mundo en términos cuantitativos, cuando la vida interior sólo sabe de calidad altamente específica; de cooperatividad positiva en las reacciones celulares, en vez de competencia.

Todo el mundo sabe qué son los hidratos de carbono, las grasas y las proteínas. Pero ¿sabemos de qué están hechas? La tecnología alimentaria analiza el contenido porcentual en cada uno de estos combustibles metabólicos, pero para su correcta absorción, digestión y recambio celular necesitamos aminoácidos y ácidos grasos esenciales -porque no los podemos sintetizar- así como vitaminas y coenzimas sin los cuales ni el sistema inmune nos protege contra lo extraño, ni los ciclos moleculares de materia y energía entre órganos y tejidos funcionan. No funcionan ni cerebro ni corazón.

En nuestro país ya hay cuatro generaciones criadas con alimentos envueltos en plásticos y alimentados con almidón modificado de maíz modificado. Fuimos criados con los aceites vegetales hidrogenados que nos coló Flora durante años (porque eran mejores que la mantequilla ¿recuerdan?) y que siguen estando dentro de cualquier pan o dulce aunque se ha demostrado que son causa directa de enfermedades cardiovasculares.

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Gorona del Viento y la transición energética: seamos realistas

Renovables esglobal

Hay una pregunta materialista vulgar que oímos a menudo referida a empeños y actividades humanas: ¿quién lo paga?

En la naturaleza, la "divisa fuerte" es la energía. Se cobra y se paga en energía. También sucede así en la economía humana, que no se halla al margen de la naturaleza –a pesar de las ilusiones que alienta la teoría económica estándar. Ante las actividades de producción y consumo de los seres humanos, hemos de preguntar: ¿quién lo paga –es decir, con qué base energética se realiza? Y es que casi todas las actividades humanas se entienden mejor si pensamos primero en términos de energía (cuidando de no incurrir en determinismo energético; y abordando también, desde luego, los aspectos culturales, políticos, económicos, etc. de tales actividades). Pues de la energía disponible para una sociedad depende casi todo lo demás.

Esto sucede también si indagamos en posibles transiciones ecosociales hacia la sustentabilidad: ¿cómo afectaría a nuestras sociedades lo más básico de esos cambios, a saber, la necesaria transición energética desde la matriz actual basada en combustibles fósiles hacia un sistema energético nutrido con fuentes renovables?

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El David de la ciencia ecologista frente al Goliat transgénico

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Las campañas antitransgénicos han generado desconfianza entre la población

Hace unos días, 109 premios nobel firmaron una carta en la cual acusaban a la organización ecologista Greenpeace de “crímenes contra la humanidad” por oponerse a los transgénicos y ser, supuestamente, responsable de que el arroz dorado rico en vitamina A no pueda salvar a millones de niños de África y Asia de las enfermedades derivadas de su carencia.

Esta carta ha sido  contestada por Greenpeace en una extensa nota que contrasta con la escueta declaración de los premios Nobel. Así como los científicos básicamente usan el argumento –simplista- del arroz dorado y la necesidad de producir más alimentos, Greenpeace hace un repaso a todos los aspectos del problema: argumenta que el arroz dorado no es más que un prototipo; que el problema del hambre es de origen socioeconómico y está muy lejos de solucionarse con tecnología; que los transgénicos no han conseguido en veinte años aumentar sus rendimiento, lo que hace difícil que sean útiles para luchar contra la desnutrición; que los mismos resultados o mejores se obtienen con técnicas convencionales de mejora y variedades tradicionales; que no se sabe si son o no peligrosos porque no existen estudios independientes pero, en el caso que lo fueran, su control sería imposible porque el polen viaja cientos de kilómetros; que su principal ventaja es la facilidad que dan a las compañías para patentar las semillas; que sus logros en reducción del uso de herbicidas son ridículos comparadas con los de las técnicas ecológicas que lo reducen a cero y consiguen productividades similares; que los transgénicos son la punta de lanza de un modelo agrícola que es acusado por numerosas ONG, sindicatos agrarios y organizaciones internacionales como la propia causa de la desnutrición, etc.

El debate sobre los transgénicos se ha querido vestir como una lucha entre ecologistas “sentimentales” y “anticientíficos” contra la Ciencia con mayúsculas, pero la realidad es muy diferente. Muchos científicos nos oponemos a los cultivos transgénicos y denunciamos que la supuesta preocupación de sus defensores por la alimentación mundial tiene mucho de hipocresía e intento de salvar su negocio. Porque el problema principal de los transgénicos no es que sean peligrosos, su principal problema es que son inútiles. Sirven a las compañías que los desarrollan (ya que permiten patentar los genes y monopolizar los mercados) pero son inútiles para todo el resto de la humanidad.

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¿Es oro todo lo que reluce en el arroz dorado?

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Activistas de Greenpeace en una de sus campañas en contra de los transgénicos

La complejidad de la alimentación humana en un mundo rasgado por la fractura Norte-Sur, dominado por megacorporaciones y enfrentado a una crisis socioecológica global se pone de manifiesto en el caso del “arroz dorado”, una variedad de arroz transgénico creado por investigadores suizos que contiene cierta dosis de betacaroteno (sustancia precursora de la vitamina A). De entrada, hay que reconocer que con esta planta estamos en un terreno de discusión distinto al de otras variedades transgénicas resistentes a herbicidas o productoras de toxinas insecticidas: aquí cabe debatir sobre un auténtico beneficio potencial para gentes desfavorecidas. En efecto, muchos millones de personas en todo el mundo no ingieren suficiente vitamina A (en un contexto general en el que el 40% de la población mundial, al menos, padece deficiencia en micronutrientes); según la OMS, para 2’8 millones de niños menores de cinco años la falta de vitamina A es tan grave que produce ceguera.

¿Podría este arroz enriquecido ser una solución? La industria biotecnológica emprendió ya hace lustros una intensa campaña de public relations para convencer al mundo de que sí, y de que por fin llegan los cultivos transgénicos “buenos”. Es cierto que desde el año 2000 “ el arroz dorado ha funcionado como pararrayos en la batalla en torno a los cultivos transgénicos”. Para la industria se trataba sobre todo de  una escaramuza de contención de daños que se jugaba en el plano de la aceptabilidad política. No es la primera vez que llaman “asesinos” a los colectivos ciudadanos y ecologistas que se oponen a los cultivos y alimentos transgénicos, pero en esta ocasión el grito ha resultado especialmente estridente: una carta firmada por más de cien premios Nobel que ha sido ampliamente publicitada en el mundo entero.

Sin embargo, e incluso dejando de lado los posibles riesgos ecológicos (aún no investigados), y las incertidumbres sobre si el betacaroteno del “arroz dorado” podrá ser asimilado fácilmente por las personas (especialmente por los niños desnutridos a quienes se supone va dirigido), y si podrán ser transferidos los nuevos e inestables constructos genéticos a las variedades de arroz empleadas en los países pobres, y si las más de setenta patentes sobre pasos del proceso propiedad de multinacionales no supondrán en algún momento obstáculos insalvables para que las semillas estén a disposición de los más pobres, incluso dejando de lado todo eso –que ya es dejar de lado-, las cosas están lejos de ser sencillas. ¿Por qué padece la gente en muchos países malnutrición, con carencias de vitamina A, C, D, hierro, yodo, zinc, selenio, calcio, riboflavina y otros micronutrientes? A causa de las dietas empobrecidas típicas de la agricultura de la “revolución verde”, que ha llevado a que hoy más de dos mil millones de personas tengan una alimentación menos diversificada que hace cuarenta años.

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Apuntes políticos y ambientales para explicar el Brexit

Los grupos del PE exigen a Cameron iniciar las negociaciones del "brexit"

La victoria en el referéndum británico del no a la UE se enmarca en un contexto en el que en varios territorios centrales están aumentando de forma importante las posturas nacionalistas de derecha y ultraderecha. Este es el caso de Quebec, Cataluña, Escocia o el propio Reino Unido, pero también de Francia, Austria, Alemania u Holanda. Lejos de ser una coyuntura, son movimientos que responden al momento histórico actual y deben leerse conjuntamente (aunque obviamente tienen sus especificidades). Suponen grandes riesgos de regresión democrática y social, no por el hecho del proceso independentista, sino de quien lo lidera. Compartimos algunas ideas sobre las causas del auge del nacionalismo insolidario británico expresado en el Brexit, que pueden ser extrapolables a otros territorios.

No hay precedentes de ninguna población que se haya marchado de un proyecto que consideraba que le beneficiase. El pueblo británico no es una excepción: la UE no le sirve porque le impone políticas neoliberales que le lesionan. También porque es un proyecto que tiene cada vez menos espacio en el marco internacional, es decir, que sirve cada vez menos para mantener las posiciones de privilegio a escala mundial de las que han disfrutado las clases medias y altas británicas. Ambos aspectos, han servido de trampolín a las posiciones nacionalistas de derechas que han protagonizado la campaña.

La UE fue ideada por los poderes económicos y políticos dominantes, y está detrás de muchas de las políticas que han generado tremendos problemas económicos, sociales y ambientales: la privatización de servicios públicos, la liberalización del movimiento de capitales, el aumento del poder del sistema financiero, las burbujas inmobiliarias, los rescates bancarios, las deudas ilegitimas, el desmantelamiento de sectores productivos y de la agricultura familiar, el desempleo y la precarización estructurales, la liberalización del sector energético dando lugar oligopolios y a la pobreza energética, etc.

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La sensatez ecologista del PP

Aznar alerta de la "tentación" ante el 26J de "polarizar" a los españoles

Atención, propuesta: “construir una política energética que mire a largo plazo, aproveche al máximo nuestros recursos, impulse la creación de empleo, haga la energía más accesible para todos y colabore en la lucha contra el cambio climático de forma eficiente”. Suena bien, ¿verdad?

Podría haberlo planteado algún dirigente verde, pero pertenece al programa electoral del PP. Esto puede parecer raro, pero lo cierto es que el ecologismo es una ideología que impregna de forma trasversal a todos los partidos. Tanto, que hoy en día sería un suicidio declararse abiertamente antiecologista. El mejor ejemplo es el propio Rajoy: en 2007 negaba el calentamiento global porque se lo había dicho un primo suyo, pero en 2015 dijo tras la Cumbre del Clima que el cambio climático “es el mayor reto ambiental al que nos enfrentamos”.

Entonces, ¿es el PP ecologista? Si entendemos como ecologismo cierta sensibilidad entorno al concepto de “desarrollo sostenible”, la respuesta es sí, pues su programa está plagado de propuestas que siguen esa línea. De hecho, fue José María Aznar quien creó el Ministerio de Medio Ambiente en España en 1996 -aunque Rajoy lo eliminó en 2011 junto a la secretaría de estado de cambio climático-.

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