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Vía Campesina: Europa debe poner los pies en la tierra y arraigar sus instituciones

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Inspirándose en la máxima de San Juan que afirma que otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de sus fatigas, John Berger escribió una bellísima historia literaria del campesinado europeo. Para ello convivió durante 15 años con agricultores y ganaderos de un pueblecito francés de la Alta Saboya, que le ayudaron a cultivar relatos e historias que ilustran el desmantelamiento de su estilo de vida. Ahora se aproxima el cuarenta aniversario de la publicación del primer tomo, Puerca Tierra, de esta trilogía que recoge la vida de quienes sobrevivieron en el campo al éxodo rural, de quienes se vieron obligados a marcharse y de quienes ya nacieron en la ciudad procedentes de familias campesinas.

Al final del primer libro Berger afirma indignado que "despachar la experiencia campesina como algo que pertenece al pasado y es irrelevante para la vida moderna; imaginar que miles de años de cultura campesina no dejan una herencia para el futuro, sencillamente porque ésta casi nunca ha tomado la forma de objetos perdurables; seguir manteniendo, como se ha mantenido durante siglos, que es algo marginal a la civilización; todo ello es negar el valor de demasiada historia y de demasiadas vidas. No se puede tachar una parte de la historia como el que traza una raya sobre una cuenta saldada".

La desarticulación progresiva de las tramas de vida campesinas y el éxodo rural son uno de los episodios traumáticos sobre los que se asientan la expansión urbana, el industrialismo y la sociedad de consumo. Freud nos enseñó cómo un suceso traumático, que resulta muy desagradable para nuestra consciencia individual o colectiva, es desalojado y queda reprimido en el inconsciente. Un mecanismo de defensa orientado a proteger a las personas del dolor emocional, pero que no logra conjurar el regreso inesperado y ocasional de estos recuerdos reprimidos mediante síntomas de enfermedad, actos fallidos o especialmente sueños.

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Una perspectiva desde la ecología social a la polémica sobre el calor en las aulas

"Vengan a ver, vengan a ver/ vengan a ver lo que no quieren ver/ (…) los jardines y parques/ que podríamos tener/ las escuelas y casas/ que podríamos hacer…", cantaba  Luis Pastor en 1976. El pasado día 19 de junio se publicaba en el blog 'Última llamada' de eldiario.es  un artículo de Marga Mediavilla y Jorge Riechmann sobre la polémica desatada por las declaraciones del consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid en las que recomendaba, en plena ola de calor, hacer abanicos de papel para combatir las altas temperaturas en las aulas y desaconsejaba el aire acondicionado en escuelas e institutos. Un día después de estas declaraciones, 47 alumnos en un instituto de Valdemoro fueron valorados y desalojados del centro de estudios, de los cuales seis de ellos fueron traslados a un hospital con mareos, deshidratación y malestar por las altas temperaturas a las que se encontraban en las aulas.

El artículo al que nos referimos al inicio aporta un impecable análisis sistémico en el modelo actual de generación de energía y muestra de forma clara la orientación general para resolver el problema de manera justa para las mayorías sociales. Desde nuestro punto de vista, la magnitud del problema ecológico y social sistémico que tenemos encima hizo que en ese artículo quedara fuera de foco la situación concreta que inició la polémica.

La magnitud del problema ecológico que estamos empezando como sociedad a vislumbrar es inmensa. Sólo comenzamos a ver la punta del iceberg. Compartimos la visión que se refleja en el artículo de que nuestro modelo de civilización occidental capitalista no ha sabido adaptarse a la realidad de su medio: hemos dispuesto de la biosfera como si fuera algo que pudiéramos modelar a nuestro antojo, y no es así. La biosfera tiene sus ritmos y procesos, y nuestra especie tiene que saber acoplarse a estos límites. Uno de los grandes desequilibrios que hemos creado ha sido el cambio climático, debido sobre todo a la quema de combustibles fósiles y al mal uso del territorio (véase el blog de Ferrán P. Vilar para más detalle, por ejemplo en la entrada Cambio climático y colapso civilizatorio ¿Hasta qué punto podría ser inminente?).

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El proyecto madrileño de ley de Urbanismo y Suelo: una cuestión de todos

Muchas veces, la tramitación y aprobación de los textos legislativos no suscita ningún interés por parte de la ciudadanía. Al considerarse como textos complejos y técnicos, difíciles de comprender, los poderes públicos renuncian a modificar la forma de redacción y tramitación, acudiendo a alguna mesa técnica o política de apoyo que respalde el proceso, manteniendo en cualquier caso la oscuridad más absoluta sobre el tema a regular y sobre las implicaciones que éste puede tener en la vida de las personas. Así, el debate queda constreñido en ámbitos profesionales y activistas muy especializados, sin que la preocupación o la movilización salte realmente al campo de la ciudadanía en general. Este puede ser el caso del nuevo proyecto de Ley de Urbanismo y Suelo que Cifuentes pretende aprobar en la Asamblea de Madrid.

Aunque la Ley de Urbanismo y Suelo parezca un texto que regula aspectos que quedan muy lejos del día a día de cualquier persona, esto no es así. Dicha normativa recogerá las reglas del juego con las que se va a construir y ordenar tanto la ciudad como el territorio en el que todos habitamos. Está definiendo el futuro modelo territorial de la Comunidad de Madrid.

Y pocas cosas afectan tanto a cualquier ciudadano como las decisiones que se toman sobre el espacio en el que habita: ya sea por las repercusiones en el tamaño de la ciudad en la que vive, por las afecciones ambientales que dicho modelo provoca en su salud y en su calidad de vida, por las posibilidades de intervención o mejora en su barrio, por la cuantía y el nivel de dotaciones (centros de salud, colegios, bibliotecas, etc.) y zonas verdes que se construyen, por el precio de la vivienda y la existencia de vivienda pública, por la preservación del patrimonio histórico-artístico que representa la memoria histórica de la ciudad, por las implicaciones en su movilidad cotidiana, etc. Todos estos temas, regulados a través del plan general que cada uno de los municipios debe redactar, están recogidos y acotados en el texto legal que se pretende aprobar.

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Abanicos de papel contra el cambio climático

Estos días pasados han creado polémica las declaraciones del consejero de Salud de la Comunidad de Madrid que recomendaba hacer abanicos de papel a los escolares para soportar las asfixiantes temperaturas de este caluroso e inusual mes de junio. Las redes sociales hicieron mofa de la torpeza del consejero, mientras sindicatos y oposición clamaban por que se instalen con urgencia sistemas de climatización en los centros escolares. Sin embargo, con la miopía que caracteriza nuestra política y nuestra sociedad, ni unos ni otras han querido escarbar mucho en el asunto ni ver todos los graves problemas de fondo que esta anécdota pone en evidencia.

Al menos, la portavoz de Podemos en la Asamblea de Madrid, Lorena Ruiz-Huerta, ha relacionado tímidamente la inusual ola de calor con el cambio climático. Pero a renglón seguido se limitaba a exigir igualmente aire acondicionado en las escuelas, sin querer darse cuenta de algo muy obvio: esto supone aumentar el consumo de energía y las emisiones de GEI (gases de efecto invernadero); es decir, acelerar todavía más el cambio climático.

Instalar aire acondicionado para soportar el calor del cambio climático es luchar contra el calentamiento global provocando más calentamiento global, es decir: intentar apagar el fuego con gasolina. Los científicos de sistemas tienen un nombre preciso para estas dinámicas: realimentaciones positivas que aceleran todavía más los fenómenos destructivos en curso.

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La impunidad, el caldo de cultivo para el expolio de lo público

Concentración del 15M en el centro de Madrid, en la plaza de Sol

Resulta obvia la fuerte alarma social que general el continuo y obsceno goteo de casos de corrupción, a cual más escandaloso. Pero no son tan evidentes algunas de las consecuencias de esa corrupción sobre nuestra calidad de vida, como tampoco las circunstancias que la están alentando, entre las que destaca la impunidad que ampara hasta límites indecentes tanto a corruptores como a corrompidos. Veamos brevemente unas y otras.

La corrupción ligada a especulación urbanística, que tanto ha medrado en nuestro país sobre todo desde la promulgación de la Ley del Suelo de 1998 del PP, la del "todo urbanizable", hizo que se alcanzaran unos niveles de ocupación de suelo tan inusitados como insostenibles. Entre 1997 y 2005 prácticamente se cementó o asfaltó la mitad de la superficie que habíamos ocupado durante toda nuestra historia previa, y nuestro consumo de cemento se situó en una tonelada por habitante y año. Se creó así un patrimonio inmobiliario sobredimensionado, infrautilizado y de pésima calidad en cuanto a su eficiencia energética. Pero, paradójicamente, este desmesurado parque inmobiliario –que nos ha convertido en el país europeo con más viviendas por habitante– no ha solucionado nuestro grave problema de acceso a la vivienda.

Apabullantes son también los datos ligados a las obras públicas. Por más que resulten repugnantes, aquí lo relevante no son los porcentajes que se pagaban (y que se siguen pagando) por la adjudicación de jugosos contratos públicos, el conocido 3%. No, lo más pernicioso ha sido la desmesurada inversión pública que se ha dirigido a construir obras innecesarias, en las que dejaba de ser un problema que fuesen disparatadamente caras puesto que justo eran esas las que más comisiones permitían. Esta dinámica nos ha convertido en el país europeo con más kilómetros de autopistas o de AVE, y el de más aeropuertos (el 76% deficitarios) o con mayor capacidad portuaria sin usar (un 60%).

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La verdadera transición que viene, y nosotros tan lejos

El 5 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente. Para conmemorarlo, alrededor de esta fecha, ya es costumbre que los ayuntamientos organicen diversas actividades de carácter divulgativo. Suelen estar dirigidas a un público infantil, o bien al adulto entendido como un consumidor individual, y tratar temas como los residuos, la limpieza viaria o la preservación de la belleza natural.

En Móstoles este año hemos querido hacer algo distinto: convocar a la ciudadanía a discutir colectivamente sobre pico del petróleo, nucleares, límites de la transición a las renovables. Y hacerlo de la mano de algunos de los expertos más lúcidos del panorama científico nacional. Pero no se escriben estas líneas para promocionar un evento local. Que en las semanas del medio ambiente de todo el país primen los talleres de reciclaje a los debates serios sobre el modelo productivo o la geopolítica de la energía es significativo. Demuestra el pauperismo de un debate social que es, sin embargo, extremadamente urgente.

La distancia entre la gravedad del problema ecológico y su percepción ciudadana es uno de los abismos más desgarradores del siglo XXI. Un abismo que no es casual, sino que ha sido ideológica y culturalmente incentivado durante más de un cuarto de siglo. La Cumbre de la Tierra de 1992 inauguró una articulación sociedad-medio ambiente bajo el paraguas de un nuevo concepto, el desarrollo sostenible. Un concepto que nació explícitamente para sustituir una idea mucho más fundamentada científicamente, pero políticamente más peligrosa, que tuvo un cierto recorrido en los años setenta: los límites del crecimiento.

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Mercados agroecológicos, Pacto de Milán y nuevos comunes

Octubre nos aguarda en Valencia con una nueva cita del Pacto de Política Alimentaria Urbana de Milán, el llamado Pacto de Milán. De Banjul (Gambia) a Belo Horizonte (Brasil), más de un centenar de ciudades han declarado su compromiso con sistemas agroalimentarios sostenibles e inclusivos. Las ciudades son un voraz depredador de recursos alimentarios y energéticos. ¿Cabría pensar que en ellas podemos encontrar las soluciones para reconstruir sistemas agroalimentarios localizados? Ciertamente no, el mantenimiento de la biodiversidad, la reducción de la huella ecológica o las políticas frente al avance del cambio climático nos obligan a tener planteamientos territoriales más amplios, más complejos, más extensos.

Sin embargo, el Pacto de Milán puede ayudar y mucho a reclamar un derecho a la alimentación y a revitalizar una producción más acorde con las potencialidades de un territorio (recursos disponibles, comercialización directa, variedades y productos de temporada, mundo rural vivo) en el afán de crear cuencas alimentarias "resilientes", como señala el propio Pacto. Puede ser un aldabonazo que contribuya a expandir dinámicas más descentralizadas y que dote de más autonomía a los habitantes de un territorio para construir sus mercados, sus sistemas económicos, sus formas de cuidar la vida.

Por ejemplo, puede ayudar a desarrollar redes de producción y consumo basadas en el Derecho a la Alimentación y no en la capacidad de los mercados globalizados para apropiarse de las cadenas alimentarias. Pero ese poder, para ser un poder real y sostenido en el tiempo, ha de descansar en el empuje social que ya viene ofreciendo alternativas a los mercados convencionales. Sólo así se ganará en autonomía territorial real que pueda animar la construcción de economías inclusivas, pegadas al territorio.

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Proyecto Castor: cuando a una deuda ilegítima se le suma la impunidad

Parece que la opinión pública empieza a tener cada vez más claro que el Proyecto Castor es una gran estafa, o lo que es lo mismo, un claro ejemplo de lo que el capitalismo de amiguetes implica para la ciudadanía: si sale bien, ellos se forran, si sale mal, pagamos todas.

Vale la pena hacer un repaso mental (o mejor, anotar en una larga lista) las innumerables metidas de pata que poco a poco se han ido destapando y visibilizando y que en su día seguro fueron aplaudidas y celebradas entre palcos y pasillos. Cada firma en una concesión o autorización, cada cambio de legislación a golpe de BOE, cada llamada telefónica... Son muchos los motivos para considerar la ilegitimidad de la deuda del Castor:

En primer lugar por el comportamiento de los acreedores . Los bancos que financiaron y refinanciaron el proyecto se dejaron por el camino un análisis pertinente y completo de los riesgos que éste podía comportar. La excusa de confiar en el Gobierno, o en la administración de turno, y en sus procedimientos puede dejarte colgado, aunque seas el mismísimo Banco Europeo de Inversiones. Eso sí, cobrar, siguen cobrando.

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Robots inteligentes, humanos bobos

Televox, el robot de Westinghouse Electric en los años 20

Hace unas semanas escuché una charla sobre automatización y robótica colaborativa que impartía un ingeniero con amplia experiencia industrial a los alumnos de una Escuela de Ingenierías. En su ponencia, afirmaba que la Automatización 4.0 es una tendencia que se va a imponer en pocos años y va a resultar revolucionaria para la industria y la sociedad.

Los últimos prototipos de robots que se están sacando al mercado son mucho más inteligentes y capaces de interactuar con los humanos de forma segura que los robots industriales al uso, lo que les permite salir del restringido ámbito industrial donde hasta ahora estaban recluidos. Estas capacidades se deben, en gran parte, a las estrategias cooperativas y sensitivas que utilizan; quizá la inteligencia artificial se ha dado cuenta de que la cooperación es la mejor estrategia para evolucionar, dando la razón a  Lynn Margulis y contradiciendo a Darwin y su evolución mediante la competencia.

El ponente también tenía muy claro que en estas décadas la Automatización 4.0 va a destruir muchos puestos de trabajo: los de repartidores, camioneros, taxistas, reponedores de supermercados, auxiliares de enfermería, camareros, etc. Por eso animaba a los estudiantes a especializarse en estas ramas asociadas a la robótica e inteligencia artificial, donde todavía el empleo va a seguir creciendo y se van a seguir necesitando técnicos.

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Extractivismo en tierras manchegas: ¡a Torrenueva el 21 de mayo!

Medio Ambiente aplaza la autorización de uso excepcional para la mina de uranio

Hace un cuarto de siglo, uno de los investigadores del Worldwatch Institute de Washington D.C., John E. Young, captaba en el título de un importante ensayo una de las tendencias centrales de nuestras sociedades industriales: hablaba de " La Tierra convertida en una gran mina " (informe del Worldwatch Institute La situación en el mundo 1992) . Durante los últimos tres siglos nos hemos desarrollado esencialmente como sociedades mineras, construyendo sistemas industriales basados en las riquezas del subsuelo, en una huida hacia adelante (acelerada sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, como bien nos explica  Mateo Aguado ) que hoy nos deja literalmente a las puertas de una catástrofe ecológico-social: calentamiento global, agotamiento de los recursos naturales, Sexta Gran Extinción, crisis edáfica e hidrológica…

Tiene toda la razón José Manuel Naredo (uno de los mayores economistas de nuestro país y de nuestro tiempo) cuando indica en su último libro,  Diálogos sobre el oikos que " habrá que revisar el paso tecnológico en falso que dio la civilización industrial al basar la intendencia de la especie humana sobre extracciones de la corteza terrestre, en vez de hacerlo sobre la fotosíntesis y otros derivados renovables de la energía solar".

En el pasado inmediato, el mundo que nos parece normal (aunque está muy lejos de serlo en términos históricos y antropológicos) se basaba en recursos minerales baratos (comenzando por los combustibles fósiles) y en la capacidad de la biosfera para absorber la contaminación sin generar daños a los seres humanos. Ambas condiciones están desapareciendo rápidamente. Hoy nos hallamos en un "mundo lleno" o saturado en términos ambientales: tras tres siglos de saqueo, intensificado en los últimos decenios, estamos entrando en un nuevo mundo. El papel de la actividad minera en este saqueo ha sido cartografiado no hace mucho por el profesor italiano Ugo Bardi en un libro incisivo, Extracted (que es también un informe al Club de Roma). Desde 1950, el consumo de combustibles fósiles (en términos energéticos) se ha multiplicado por cinco y el de minerales no energéticos por siete.

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