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Ande yo caliente

Varias personas hacen cola para acceder a una oficina de empleo.

Jesús Cintora

La infanta y Urdangarin contrataban como administrativos a los trabajadores de la limpieza. Los empleados han declarado ante la Justicia que hacían “algún café”, si se terciaba, y desempeñaban labores de “limpiar el despacho”. Para Iñaki y Cristina, sería una chapucilla fraudulenta más en su empresa pantalla, pero podrían premiarlos con una de esas medallas que ahora están de moda, por crear empleo y ascender a sus trabajadores. ¿Qué era para ellos el trabajo de los demás si no un medio como otro cualquiera para seguir viviendo del cuento? El que tiene padrino, se bautiza.

Caso contrario es el de esa madre desesperada, que busca trabajo para su hijo y ha pagado 1.400 euros de factura telefónica, porque pasó decenas de horas llamando a uno de esos números “de tarificación especial” que prometían un empleo. Son los tiempos que corren. Ambos casos se están dando. El trabajo como un instrumento de fraude, como una moneda de cambio o como esa búsqueda del Santo Grial o un pasaporte a la tranquilidad, cada vez más inalcanzable para muchos.

Devaluada la moral, como no se puede devaluar la moneda para “salir de la crisis”, en España seguimos la senda de la devaluación salarial y de la igualdad. ¿Alguien duda todavía de que fue una de las consignas marcadas para alcanzar los “brotes verdes” y las “raíces vigorosas”? Cada día se presentan ante nosotros historias como estas. Los hay que tienen la sartén por el mango, Urdangarines de turno, y los hay que son utilizados como un número más.

Avanzamos imparables hacia los casi 2.000 casos de corrupción o de delitos económicos en España. Eso sí, con 11 jueces por cada 100.000 habitantes, que es la mitad que la media de la Unión Europea. La ley se ha cambiado, pero para dejar de hablar de “imputados” y que se les llame “investigados”. También para reducir a 18 meses el plazo de instrucción judicial, con mayor riesgo de impunidad.

Entretanto, en España la crisis deja por ahora dos millones de asalariados menos, la duración media de los contratos ha bajado hasta una cifra que no llega ni a los dos meses y la gente está aceptando bajadas de sueldo, de poder adquisitivo y hasta trabajar sin cobrar: las horas extraordinarias no cobradas han llegado a una media semanal de casi tres millones y medio.

Cuando a la hija y hermana de rey le preguntaron cómo se realizaba la contratación del personal doméstico, respondió: “Mi marido y yo seleccionábamos a la persona adecuada, tras una preselección por parte de una empresa externa. Después, yo me desentendía del tema y desconozco el tipo de contrato y el procedimiento que se siguió”. Pues eso: ande yo caliente, trabajadores de la limpieza para llevárnoslo calentito.

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