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Beberemos del agua del váter

En 2050 el agua potable apenas alcanzará para abastecer de manera segura a la mitad de los habitantes del planeta, según el Banco Mundial

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La reserva agua aumenta un 0,4 % y se sitúa al 59,5 % de su capacidad

Embalse de Valmayor EFE

Esas impresionantes fotos de Houston anegado bajo las aguas tras el paso del huracán Harvey están agitando muchas conciencias respecto al calentamiento global. Incluso las de los más escépticos. Porque aunque no podamos afirmar con toda certeza que esto es por el cambio climático, sí sabemos que el cambio climático será esto. Y más. Mucho más.    

Por ejemplo, uno de los grandes retos a los que se enfrentan ahora las autoridades tejanas es garantizar el suministro de agua potable y sanitaria a los casi dos millones y medio de habitantes que viven en la ciudad, la cuarta más importante de Estados Unidos.

Porque lo peor del cambio climático no son las imágenes, sino los datos. Y los datos que relacionan el calentamiento global con la escasez de agua acollonan. Como éste del Banco Mundial (cójanse): en 2050 el agua potable apenas alcanzará para abastecer de manera segura a la mitad de los habitantes del planeta.

Para entonces —es decir dentro de poco más de treinta años, nada de futuros lejanos— el 66% de la población mundial será urbana y el incremento de la demanda para otros usos básicos, como la producción de energía y alimentos, reducirá en dos terceras partes la disponibilidad para abastecer los grifos de las ciudades.

Por eso muchos expertos en gestión del agua señalan la recuperación de las aguas residuales como una de las grandes oportunidades para garantizar el derecho humano al agua potable y de saneamiento. Avanzar hacia un uso circular del agua o, dicho de otro modo, dejar de darnos el lujazo de utilizar el mismo agua que bebemos para tirar de la cadena.

En ese nuevo escenario el váter se presenta como el manantial del futuro. Pero para lograrlo vamos a tener que realizar importantes cambios en la manera de relacionarnos con él. En este rincón del diario venimos insistiendo tozudamente en la necesidad de dejar de usar el váter como papelera. Y vamos a seguir haciéndolo, aun a riesgo de que a muchos les parezca el cansino de las toallitas. Porque es demencial lo que estamos haciendo.

Estamos empleando las mejores tecnologías de saneamiento para mejorar la eficiencia de las estaciones depuradoras de aguas residuales, dotándolas de sistemas de filtración, inertización y retirada de contaminantes cada vez más eficaces con el objetivo de obtener un agua reciclada cada vez más limpia y más segura, que permita más usos. Pero en cambio, en el paso más importante del proceso, en el momento clave, es decir, cuando los ciudadanos hacemos uso del váter y determinamos la carga contaminante, vamos y le añadimos lo que nos viene en gana: ya sean las pastillas o el jarabe sobrantes del tratamiento médico, el culín de disolvente que nos ha sobrado al pintar o las malditas toallitas: ésas que el fabricante nos dice que tiremos al váter pero que nosotros sabemos perfectamente que no van al váter porque no se deshacen.

Si el cambio climático va a reducir la disponibilidad de agua potable y el aumento de población va a multiplicar su demanda, no nos queda otra: hay que empezar a mirar al váter como el manantial del futuro y no como un agujero negro que se lo traga todo.

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