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Dios y el diablo

¿Es Macron la más refinada expresión del neoliberalismo progresista? Nada indica lo contrario

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Macron, si gana, quiere "presidir", no interferir en el día a día del Gobierno

Emmanuel Macron, presidente de la República Francesa EFE

En el libro El alba la tarde la noche, la dramaturga Yasmina Reza siguió los pasos de la campaña de Nicolas Sarkozy que le llevó al Palacio del Elíseo. Allí se perfiló la figura de un presidente que era algo más que la imagen fatua e incluso frívola que traslucían los medios y, claro está, sus propios gestos banales. El mayor, su posterior casamiento con la modelo Carla Bruni. Se sabe que, siguiendo el dictado del "voluntarismo imponente" que describe el escritor Christian Salmon, los políticos se ven entregados a un relato permanente, a una constante campaña electoral más allá de las elecciones para justificar el incumplimiento de sus programas. Sarkozy en su día introdujo el relato íntimo, dando tanto peso al despacho público del Elíseo como a las dependencias privadas.

Si Reza ofreció en su texto un perfil revelador de Sarkozy, se echa en falta su mirada sobre el nuevo presidente francés, Emmanuel Macron, cuya figura denota un fuerte contenido intelectual y una historia sentimental rica en matices. En este sentido, la corrección política de Macron frente a sus antecesores, el propio Sarcozy y François Hollande –quien tampoco se privó de explotar un relato íntimo desde el Elíseo–, roza lo exquisito y los spin doctors a su servicio no han dejado de explotar el rancio y crepuscular guión de normas conservadoras. Su relación con Brigitte Trogneux, una profesora de literatura mucho mayor que él, tanto que Macron la conoció siendo su alumno, ha sido catalogada como "gerontofilia": "un presidente de 39 años casado con una sexagenaria". Se ha llegado a recurrir a tópicos populares del psicoanálisis para dibujar a un personaje débil, que vive bajo el influjo de una "madre". En el colmo ya del disparate se habló durante la campaña de "homosexualidad" para cuestionar su elección sentimental.

Sin ninguna duda que todas estas cuestiones quitaron hierro a los progresistas a la hora de evitar con su voto el ascenso de Marine Le Pen.

De todos modos, el verdadero rasgo diferencial de Macron lo ha descrito con bastante claridad Jürgen Habermas: el presidente francés ha sido el primero en cruzar la línea trazada en 1789, "ha roto la consolidada configuración de los dos campos políticos de la izquierda y la derecha".

¿Es Macron la más refinada expresión del neoliberalismo progresista? Nada indica lo contrario. Esta semana, durante una hora y media, en el contexto del palacio de Versalles, le explicó a Francia su hoja de ruta. Se trata de reformar el Estado en un momento crítico del país, "un estado de emergencia que es tanto económico y social como de seguridad". Días antes, en una entrevista a varios periódicos europeos, entre ellos El País, puso por delante la seguridad y la defensa de Europa antes que cualquier otra cuestión y su visión de los refugiados, por ejemplo, se limita al control de las fronteras que, una vez quitados los eufemismos de su relato, se diría menos compasivo que el de Angela Merkel. En su ambición –y con la capacidad que le da una amplia mayoría parlamentaria– no busca otra cosa que recortar sin miramientos las pensiones, bajar los salarios, reducir al mínimo el número de funcionarios, imponer una reforma laboral extrema e instalar el precariado definitivamente en un país que lleva años evitándolo más allá de las intenciones de los últimos gobiernos conservadores y socialdemócratas, dos perspectivas ideológicas que Macron, no sin lógica, ha declarado caducas.

El presidente francés mira a Alemania y le pide solidaridad y comprensión para crear una Europa que vaya más allá de ser un simple supermercado para convertirse en un destino común. Acto seguido, aspira, a la vez, a la creación de "una Europa que nos proteja, dotándonos de una verdadera defensa y seguridad común". Y dice, señalando a Merkel con admiración: "en los próximos años, Alemania va a gastar en defensa más que Francia. ¿Quién lo hubiera creído?".

Solo le falta agregar: make Europe great again.

En su libro sobre Sarkozy, Yasmina Reza transcribe una confesión del expresidente francés: "Soñaba con tener un partido y lo tengo, soñaba con cargos ministeriales y los he tenido, soñaba con estar aquí y ya estoy. Pero no tengo emoción. Es durísimo. Ya estamos en la presidencia. Ya no estoy antes".

Macron no sufre este problema porque él aún tiene un sueño. Lo sugiere cuando pide volver a la Europa de Helmut Kohl y François Mitterrand, y lo ve cristalizados en su figura y la de la canciller Merkel. Aspira a ocupar el espacio simbólico de Mitterrand, aspira a ser Dieu.

Olvida que Mitterrand antes de morir declaró su condición de último político francés con un mínimo de margen ante el poder financiero, esto se acaba aquí sugirió. En este sentido, Macron, tal como aspiraba Sarkozy, cree aún estar "antes" de Mitterrand, pero como mucho puede llegar a ser solo el Diable.

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