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Duelo en la UE por la letra pequeña del mecanismo de rescates

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Mariano Rajoy se entrevista este jueves en La Moncloa con el primer ministro holandés, Mark Rutte. Por el tamaño de nuestro vecino del euro, hace un par de años esta visita hubiera sido considerada un encuentro políticamente menor, pero en estos momentos es tan crucial como un intercambio de impresiones con el primer ministro francés. O incluso más.

Rutte se ha convertido en uno de los principales valedores de las posturas alemanas, y junto con Finlandia, está poniendo todas las trabas posibles al rescate del sector financiero español a la vez que sigue en la tónica de hacer sudar sangre a los vilipendiados PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España). 

Una de las mayores resistencias que está oponiendo Holanda, y que tratará de suavizar Rajoy, se plasma en las condiciones para poner en marcha el Mecanismo de Estabilidad Financiera ( ESM en sus siglas en inglés). Los países del euro están ultimando la letra pequeña de este megafondo de rescate que estará operativo en julio y que asciende a 700.000 millones de euros (muy superior al PIB de los Países Bajos), y donde las negociaciones están siendo aún más a cara de perro que las que se filtran a la prensa sobre la ayuda a la banca española.

Para empezar, la entente germanófila intentó imponer como condición que el dinero desembolsado por el fondo, en un primer momento alrededor de 80.000 millones de euros, se invirtiera por completo en deuda soberana de la zona del euro con calificación… AAA.

Esta exigencia implicaba -- oh sorpresa-- que el dinero que pondrían sobre la mesa los 17 países del euro se invertiría exclusivamente en bonos alemanes, holandeses y finlandeses, los únicos que conservan la matrícula de honor de las agencias de rating. Es decir que el fondo creado, teóricamente, para rescatar a Italia y España beneficiaría casi en exclusiva a los países con menos problemas de deuda.

Los países del arco mediterráneo no habían sido capaces de cambiar la postura del frente teutón hasta que François Hollande ganó las elecciones en Francia y sus técnicos desplegaron toda la artillería pesada en estas negociaciones. Esta misma semana, Francia ha conseguido rebajar el criterio de elegibilidad hasta la nota AA, lo que incluye a sus bonos dentro del campo de inversión. De rebote, también incluye a Austria, Estonia y Bélgica, este último país uno de los peor situados en la crisis de deuda pero que pasa curiosamente inadvertido para los intransigentes mercados.

Con todo, y mientras este sea el criterio de inversión del fondo de rescate, los países cuya deuda pública está en peor situación, al tener su rentabilidad disparada, no verían un euro de este mecanismo, a no ser que se vieran obligados a pedir la ayuda. Sin embargo, sí tienen la obligación de aportar el capital inicial. España debe suscribir, teóricamente, unos 83.000 millones de euros al mecanismo, que solo le serán rentables si luego el ESM se articula de tal forma que pueda ayudar a la banca española. Por tamaño, Italia y España son el tercer y cuarto país que más deben contribuir.

Y aquí está el otro caballo de batalla que sostienen los países más débiles del euro con los vecinos del norte. Según fuentes cercanas a la negociación, la postura de Holanda, Finlandia y Alemania pasa por construir un mecanismo rígido e inflexible al que sea prácticamente imposible solicitar una ayuda. Un enorme jarrón chino de 700.000 millones de euros diseñado para tranquilizar a los mercados pero que con las reglas actuales nunca podría ser ejecutado.

La situación extrema a la que llegó España en las últimas semanas ha obligado a los negociadores, contra su voluntad, a intentar suavizar los requisitos, que aún están por definir. Por ahora, solo está clara la máxima de los aviones de “sálvase primero usted para salvar al otro” que Alemania y sus acólitos están imponiendo como regla de juego.

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