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Érase una vez los toros

Dentro de un tiempo, haremos una hoguera y contaremos a los jóvenes que en España había coliseos. Que había un caballo ciego, sombreritos de plato, un traje de hilo de oro y algunos dardos

No serán los comunistas, ni Colau, ni el odio a España lo que acabe con los toros. Aunque los toreros se empeñen en alardear de que los matan en las plazas, los toros se están muriendo de anacronía y de viejos

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Inauguración de la plaza de toros de Calzadilla de los Barros / @Gema_Cortes

Dentro de un tiempo, los toros serán como fumar en el ascensor, no tener móvil o dejar a los niños jugar solos en la calle: un anacronismo.

Haremos una hoguera y contaremos a los jóvenes que en España había coliseos. Dentro se soltaba un toro de lidia, de una especie extinta que crecía y vivía solo para ser toreada. Por eso se dice 'no me torees', viene de toro. Y los más jóvenes del lugar no harán ni una mueca y quedarán inmunes e indolentes al fracaso y extinción de la raza y la fiesta. Seguirán curiosos el relato de aquella celebración nacional primitiva, cuando les contemos que había un caballo ciego, sombreritos de plato, un traje de hilo de oro y algunos dardos. Si ven vídeo o una foto, seguramente harán un gesto superficial de asco.

La prohibición de matar al Toro de la Vega es un logro –en este caso del PP– pero sobre todo es un mérito de escucha. Lo estamos diciendo hace tiempo: hasta aquí, hemos cambiado, no somos eso. Estamos preparados para masticarnos las costumbres. En Tordesillas sin embargo siguen sordos y montan un pleno y un lío porque les quitan su fiesta. Para más broma ha tenido que venir una res para que PP y PSOE se pongan de acuerdo en algo: recurrir la decisión para poder matar a su no tan querido Toro de la Vega.

Es un paso y llegará el día en que los toros solo salgan en los libros y sus aperos vivan solo en los museos. Cada día que pasa la muerte lenta de un toro es para más gente menos épica y más tortura. Aunque empujen para inflar las cifras y ponerles bótox, el sector taurino está en crisis. Las corridas decrecen. Los folclóricos toreros son levadura popular para un grupo de grupies deslavazados y exiguos. Los defensores se marchitan voceando lo mismo en los mismos foros. Los detractores se activan y van sumando indiferentes. Es verdad que los toros aún salen por la tele, pero están viejos y arrugados. Suenan a disfraz, se ven grotescos. 

En el espinoso camino para que el siglo XXI vuelva al XX –cuando se comían gatos de posguerra y por ecología se entendía "ciencia que estudia el eco"– los taurinos han hecho ensayos cínicos para ideologizar las corridas y convertir a los toros en un sujeto político. Toros es derechas, orden y España. Ni nos han convencido ni han sumado a nadie a su causa.

Estas tentativas solo han encerrado la tauromaquia en una compartimento rancio y han mandado lejos, centrifugados, los tímidos e indecisos afectos por la fiesta. Siguen empeñados en defenderse y acusar la falta de valores de quienes no quieren quitarles nada. Podrían asumir, como los fabricantes de pieles, los reveladores de fotos o los concesionarios de diésel, que el mundo no va contra ellos, solo es que ha cambiado. Esta sociedad ya no quiere que haya tortura ni verla. No serán los comunistas, ni Colau, ni el odio a España lo que acabe con los toros. Aunque los toreros se empeñen en alardear de que los matan en las plazas, los toros se están muriendo de anacronía y de viejos.

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