Correspondencia a plazo fijo

DK

Por más que uno se empeñe, mantenerse en la sombra es complicado en estos tiempos. J. D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno, pasó gran parte de su vida recluido en una casa del estado de New Hampshire. Celoso de su intimidad y anonimato, intentó zafarse de la fama que inevitablemente le salía al paso por la autoría del conocidísimo libro.

Pero ahora, por más que él quisiera sustraerse a los ojos de la multitud, podemos saber mucho más de quién fue aquel joven y brillante escritor. El Museo Biblioteca Morgan de Nueva York ha comprado una serie de nueve cartas escritas por Salinger cuando aún era una promesa de la literatura. La institución –principal poseedora de las cartas y documentos del escritor–, ha logrado estas cartas a través de un familiar de su destinataria, la canadiense Marjorie Sheard, también aspirante a escritora a principios de los años cuarenta.

En su comunicación epistolar, Salinger y Sheard solicitaban mutuo consejo y manifestaban sus gustos literarios: el escritor decía estar releyendo Anna Karénina y recomendaba a su amiga El gran Gatsby y The last Tycoon de Francis Scott Fitzgerald. Por aquel entones, Salinger tenía 22 años y escribía relatos cortos para The New Yorker. En algunas de las cartas le contaba a Sheard que estaba preparando un relato corto (Slight Rebellion Off Madisson) sobre un adolescente en sus vacaciones de Navidad, personaje que una década más tarde sería el protagonista de El guardián entre el centeno, Holden Cauldfield.

Pero no todo se reducía a literatura. Salinger ya había sido incorporado al Ejército tras la entrada de EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial y daba cuenta de ello con algunas anécdotas. También hablaba de un matrimonio frustrado, en posible referencia a su breve relación con Oona O'Neill, hija del premio nobel Eugen O'Neill, que acabaría casándose con Charles Chaplin.

Sheard, actualmente de 95 años, guardó durante años las cartas, que no salieron a la luz hasta que sus descendientes las vendieron al museo para ayudar a sufragar el coste del centro de ancianos en el que reside. A Salinger no le habría gustado airear su intimidad, pero nunca se sabe cómo se puede ayudar a una amiga.

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