"La austeridad no funciona. Y punto"

Un millar de personas protestan contra los mercados y piden una UE del pueblo

Así concluye Austerity: the history of a dangerous idea (Oxford University Press, 2013), escrito por Mark Blyth, profesor de Economía Política Internacional en la Universidad de Brown.

El libro, sin embargo, no es únicamente una crítica de la austeridad como política económica frente a la crisis.

En la primera parte, Blyth expone las causas de la actual crisis económica. Desde las hipotecas subprime al rescate de los bancos europeos, Blyth recorre la evolución de la economía en EE.UU. y Europa en los últimos cinco años. El objetivo: enfatizar que el origen de la situación económica actual es un rescate masivo al sector financiero y no un gasto excesivo porparte del sector público en los países del sur de Europa. Como dice el autor, esta crisis es, "primero una crisis bancaria y después una crisis de deuda pública".

El que el origen de la crisis se halle en el sector privado es un punto clave para el desarrollo del libro. Blyth argumenta en contra de aquellos que analizan la crisis desde un punto de vista moral y culpan a los gobiernos del sur de Europa de ser unos derrochadores. Blyth recuerda algunas de las cifras macroeconómicas de España e Irlanda (superávit fiscal, deuda pública baja) y resalta la poca preocupación por la elevada deuda italiana en los años previos a la crisis.

Sin embargo, utilizando palabras de Paul Krugman en uno de los artículos recogidos en El gran engaño (Crítica, 2004), para muchos, la forma "de hacer frente a esta crisis suele formularse en términos morales: los países tienen problemas porque han pecado, y ahora tienen que redimirse a través del sufrimiento". Y ese sufrimiento es la austeridad.

La segunda parte del libro es un recorrido histórico por los autores intelectuales de la austeridad. En particular, es muy interesante la dedicada a John Locke, David Hume y Adam Smith. Mientras que Hume se enfoca en explicar las razones económicas por las que hay que limitar el endeudamiento, Smith es el que desarrolla el componente moral, argumentando que la deuda frena el desarrollo de la sociedad y que un principio clave de una sociedad existosa es la frugalidad. Pese a que el concepto de austeridad no es parte fundamental de ninguna de sus obras, la preocupación por los posibles excesos del estado preocupa a los tres, sugiriendo límites a su actuación.

Tras revisar las ideas de los economistas liberales norteamericanos y austriacos, entra en juego el ordoliberalismo alemán. Alemania, como bien explica Blyth, posee y profesa un liberalismo que incorpora el estado como actor fundamental. En lugar de tratar en más detalle si este modelo es sostenible, Blyth desvía esta cuestión y se enfoca en otro punto, también relevante, de este modelo: si la prosperidad y la virtud está del lado del que ahorra e invierte, ¿quién consumirá? Para que algunos países tengan superávit por cuenta corriente, otros tienen que tener déficit. Como se ha dicho en varias ocasiones, no todos podemos ser Alemania.

El libro finaliza explicando el resultado de aplicar políticas de austeridad en diferentes países, focalizándose en particular en las experiencia de EE.UU. Y países europeos en los años 20 y 30. Por último, analiza el caso de Rumanía, Estonia, Bulgaria, Letonia y Lituania, ejemplos, todos ellos, que ha utilizado el FMI y la UE para demostrar que la austeridad sí puede funcionar como receta económica. Lo que para estas instituciones son casos de éxito, para Blyth son una vez más países donde los programas de austeridad han fracasado.

En definitiva, el libro defiende el papel del estado para salir de la crisis. Este debe realizar un esfuerzo adicional que impulse el consumo y que impida un aumento de las desigualdades sociales, ya que las clases menos favorecidas son las que se ven más afectadas por los recortes de los servicios públicos.

Si bien el libro es claro en su análisis y contundente en sus ejemplos, una de las principales críticas es la analogía entre austeridad y un papel limitado del estado que parece desprenderse del libro. Y quizás esto no es necesariamente así. No todos los países donde se supone un papel limitado del estado son austeros (véase EE.UU.), ni en todos los países donde la austeridad es un valor fundamental el estado tiene un papel limitado (el caso de los países escandinavos es quizás el más interesante a este respecto).

Si bien el estado se enfrenta a un gran enemigo en un escenario de ajuste como el actual, es cierto que debemos reconsiderar su papel y su sostenibilidad en el largo plazo.

Blyth no habla de esta última posibilidad. Si bien la austeridad puede convertirse en un enemigo de los servicios públicos, ¿podemos combinar un estado que provea a los ciudadanos de servicios públicos de calidad y que a la vez sea eficiente al hacerlo? El ordoliberalismo alemán tiene muy clara la respuesta.

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Publicado el
7 de agosto de 2013 - 19:45 h

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