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Sobre este blog

Amnistía Internacional es un movimiento global de más de 7 millones de socios, socias, activistas y simpatizantes que se toman la lucha contra las injusticias como algo personal. Combatimos los abusos contra los derechos humanos de víctimas con nombre y apellido a través de la investigación y el activismo.

Estamos presentes en casi todos los países del mundo, y somos independientes de todo Gobierno, ideología política, interés económico o credo religioso.

Testimonios desde Kocho: La población que ISIS intentó borrar del mapa

Khider, un estudiante de 17 años, se encontraba entre los que fueron llevados a las afueras de la aldea para ser fusilados © Amnistía Internacional

Donatella Rovera

Investigadora de Amnistía Internacional —

Cuando la terrible situación humanitaria en el monte Sinjar, en el noroeste de Irak, comenzaba a mejorar, trascendió la noticia de uno de los más graves ataques de los que se ha informado en las semanas transcurridas desde que combatientes del Estado Islámico de Irak y al Sham (ISIS) iniciaron sus ataques contra las ciudades y poblaciones de las zonas circundantes. Decenas de personas perdieron la vida y cientos fueron secuestradas por combatientes de ISIS en Kocho, una pequeña localidad situada a unos 15 kilómetros al sur de la ciudad de Sinjar.

Esta nueva atrocidad fue un duro recordatorio de la ferocidad del avance de ISIS. Desde el 3 de agosto, cuando el grupo armado comenzó su marcha para hacerse con el control del territorio que rodea Sinjar, ISIS ha obligado a decenas de miles de yazidíes a abandonar sus hogares, ha matado a cientos de personas y ha secuestrado a miles.

Después de dos días de búsqueda, encontré por fin a algunos supervivientes del ataque de Kocho, que habían logrado escapar del territorio controlado por ISIS. Están heridos, cansados y aterrorizados por la suerte que puedan haber sufrido sus familias. Me contaron que decenas de familiares y vecinos suyos fueron asesinados y que no tenían noticias de sus familiares y otros residentes. No saben si sus padres, hijos y hermanos están vivos o muertos.

Los supervivientes rememoran el terror

Elias, enfermero de 59 años, me dijo: “A las 11-11.30 [del viernes 15 de agosto] ISIS convocó a todos los residentes en la escuela de secundaria, que era su cuartel general desde que llegaron a la población hace dos semanas. Allí nos ordenaron que entregásemos nuestro dinero, nuestros teléfonos móviles, y a las mujeres que entregaran sus joyas. Al cabo de unos 15 minutos trajeron vehículos y comenzaron a llenarlos de hombres y niños. Nos cargaron a unos 20 de nosotros en la parte trasera de una camioneta Kia y nos llevaron hacia el este de la localidad, más o menos a un kilómetro. Nos bajaron del vehículo junto a la laguna, nos hicieron ponernos en cuclillas en el suelo formando un grupo compacto y uno de ellos nos fotografió. Entonces pensé que nos dejarían marchar después de eso, pero abrieron fuego contra nosotros por la espalda. A mí me dieron en la rodilla izquierda, pero la bala sólo me hizo un rasguño en la rodilla”.

Me muestra un agujero del tamaño de una bala en su pantalón, junto a su rodilla herida.

Me dejé caer hacia delante, como si estuviera muerto, y me quedé allí boca abajo sin moverme. Cuando los disparos cesaron permanecí sin moverme y cuando se marcharon eché a correr. Había otros cinco o seis vivos y también se fueron corriendo de aquel lugar. A todos los demás los habían matado. Conozco a dos de ellos, estaban a mi lado: Khider Matto Qasem, de 28 años, y Ravo Mokri Salah, de unos 80. No sé quiénes eran los demás, tenía demasiado miedo para mirar, no podía centrarme. No sé qué ha sido de mi familia, mi esposa, mis siete hijos, la esposa de mi hijo y sus dos hijos; no sé si están vivos o muertos ni dónde están. No puedo ponerme en contacto con nadie porque se llevaron nuestros teléfonos móviles.”

Khider, estudiante de 17 años, me dijo que también formaba parte del primer grupo de hombres y jóvenes a los que cargaron en vehículos y llevaron a las afueras de la población para ser fusilados.

“No había ningún orden, ellos [ISIS] llenaban los vehículos de forma indiscriminada. A mi primo Ghaleb Elias y a mí nos cargaron en el mismo vehículo. Estuvimos el uno al lado del otro mientras nos alineaban en el suelo. A él lo mataron. Tenía la misma edad que yo, y trabajaba como jornalero, sobre todo en la construcción. No tengo noticias de lo que ha sido de mis padres, mis cuatro hermanos y mis seis hermanas. ¿Los han matado? ¿Los han secuestrado? No sé nada de ellos.”

Khider sólo sufrió lo que parecía una herida superficial de bala en la espalda.

Un tercer superviviente, Khalaf, de 32 años, padre de tres hijos de corta edad, me dijo:

“Yo estaba en el tercer grupo. Antes que a mí, [ISIS] se llevaron otros dos vehículos llenos de hombres y jóvenes. A nosotros nos llevaron hacia el este, a escasa distancia, quizá 200-300 metros. No había nadie más en el lugar al que nos trasladaron. En la parte trasera de la camioneta íbamos apiñados 20 o 25, no lo sé con certeza. Cuando llegamos nos hicieron ponernos en fila y después uno de ellos gritó ”Dios es Grande“ [”Allahu Akbar“] y entonces hubo un tiroteo. Debían de ser unos 10 [de ISIS], pero estaban detrás de nosotros, no sé cuántos abrieron fuego. Recibí dos disparos, en la cadera izquierda y en la pantorrilla izquierda.

Cuando cesaron los disparos oí que los vehículos se alejaban y otro hombre y yo nos levantamos y comenzamos a correr. Yo fui en una dirección y él en otra. No sé dónde está ahora. No sé dónde está nadie, mis hijos, mi familia. ¿Dónde están? ¿Se los han llevado? ¿Cómo puedo encontrarlos? [...]. Entre los que murieron cerca de mí estaban Amin Salah Qasem, el hermano de Elias [el enfermero que sobrevivió al primer homicidio en grupo], y su hijo ‘Asem, de 10 o 12 años, y otros siete cuyos nombres conozco y otros 10 o 12 cuyos nombres no conozco porque no pude verlos bien. Estaba tan aterrorizado, que seguí con la cabeza agachada y, cuando se hizo el silencio y estuve seguro de que se habían alejado, eché a correr“.

Número de víctimas desconocido

Se desconoce el número total de personas que perdieron la vida en Kocho. Según los tres supervivientes a los que entrevisté, después de reunir a los residentes en la escuela de la localidad, los combatientes de ISIS se llevaron al menos a tres grupos de hombres y niños para matarlos, unos 20-25 cada vez. A la mayoría de los hombres y niños del primer y el tercer grupos los mataron, aunque se cree que entre seis y ocho lograron escapar. No se sabe si sobrevivió alguno del segundo grupo, también integrado por 20-25 personas. No se sabe cuántos grupos más sufrieron la misma suerte. Se ha informado de que cientos de hombres, mujeres y niños de Kocho fueron llevados a Tal Afar –a mitad de camino entre Sinjar y Mosul–, donde grupos de ISIS retienen a otros civiles yazidíes secuestrados. Pero este dado no ha podido ser confirmado.

Según residentes de Kocho con los que estuve en contacto antes del incidente, la localidad tenía una población de más de 1.200 habitantes. Se ha perdido el contacto con ellos desde el viernes. Familiares suyos que viven en otros lugares siguen sin poder ponerse en contacto y están sumamente preocupados por su seguridad.

Kocho está sitiado por grupos de ISIS desde que éstos se hicieron con el control de la región de Sinjar el 3 de agosto, y desde entonces resulta difícil establecer contacto con los residentes.

Supervivientes de la matanza del pasado viernes me dijeron que la presión de los combatientes de ISIS se intensificó de forma considerable hace una semana, cuando residentes de la cercana localidad de Hatemiyah, que estaban rodeados de forma semejante por ISIS, lograron escapar:

“Desde entonces la vigilancia sobre nosotros fue mucho más rigurosa. No podíamos ir a ninguna parte ni hacer nada. Teníamos que quedarnos dentro de nuestras casas. Al principio ISIS exigió que nos convirtiéramos [a la rama fundamentalista del islam suní que propugna el grupo armado] pero después dijeron que no teníamos que hacerlo si no queríamos, y dijeron que no nos pasaría nada. Pero teníamos miedo”.

Al final, los habitantes de Kocho tenían toda la razón al sentir miedo.

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