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El desconocimiento de los niños de la naturaleza

Jóvenes paseando por la dehesa

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“Estudia, niño, que el campo es muy duro”. Los más mayores jamás se han cansado de repetir esa frase. Tras largas décadas en las que la agricultura se ha ido relegando al final de la lista como opción de empleo, parece que ahora vuelve a ganar posiciones como consecuencia de su importancia en la alimentación de los seres humanos, siendo la despensa de nuestros hogares, imprescindible cada día. 

Juego con mi nieta Julia, de 14 meses y, le muestro y comento una colección de miniaturas de las razas autóctonas, de las diferentes especies ganaderas en Andalucía. Su expresión y disfrute me llena de satisfacción por su gesto de gratitud y sonrisa. Cada día me demanda, con su peculiar lenguaje, que le muestre en forma de pequeños cuentos, diferentes publicaciones propias de su edad. A ello incorporamos visitas para el contacto real con el mundo animal y su entorno. Una experiencia única que le motivará para toda su vida.

En este tipo de libros y películas se hace mayor énfasis en las especies carismáticas, produciéndose un enorme sesgo entre los distintos grupos de animales

Actualmente, la mayoría del conocimiento de los niños sobre fauna y flora lo obtienen de libros infantiles y de programas de televisión. En este tipo de libros y películas se hace mayor énfasis en las especies carismáticas, produciéndose un enorme sesgo entre los distintos grupos de animales. Baste como ejemplo que el número de referencias a los grandes mamíferos es 500 veces superior al de anfibios amenazados. Pero no solo es eso, la inmensa mayoría de documentales que se emiten en televisión están protagonizados por animales exóticos. Ya quedan muy lejos los tiempos de Félix Rodríguez de la Fuente, cuando todos los niños sabían que era un lirón careto, un buitre leonado o un ciervo.

Estos resultados tienen una importancia trascendental, ya que seguramente esos niños cuando sean adultos se sentirán más identificados con la selva amazónica o con la sabana africana que con una dehesa de encinas o un bosque de ribera y con toda la fauna que vive en estos hábitats. Y aunque suene a tópico, el primer paso para defender algo y conservarlo es conocerlo y difícilmente seremos capaces de conservar algo que ni siquiera sabemos que existe.

Pero desgraciadamente el problema no acaba aquí. No solo es preocupante el desconocimiento de los niños y adultos sobre las especies animales y fauna local, sino también el tipo de información que es proporcionada por los libros, cuentos y series infantiles. Si resulta evidente el enorme sesgo existente entre los distintos grupos de animales a la hora de figurar como protagonistas, es aún más evidente la constante antropomorfización y asignación de roles “humanos” a los mismos. A los animales se les reparten cualidades humanas como el valor, la traición, la maldad o la bondad, que poco tienen que ver con la realidad pero que acaban calando en los niños. Desde pequeños ellos se verán rodeados de malvados lobos, valerosos leones y tiburones asesinos que se enfrentarán a dulces cervatillos y a hienas traidoras. También se emocionarán con historias de amor, con padres amorosos y con amistades imposibles entre un depredador y sus presas.

Sería necesario que tanto en centros educativos como en las familias y televisiones se les proporcionara a los niños información sobre su entorno, sobre el comportamiento de los animales, sin aspavientos ni antropomorfismos

La educación ambiental y del medio natural para niños debe comenzar en la escuela, en las familias. El destino del planeta está en sus manos y es importante que desde pequeños aprendan a racionalizar los recursos y a aportar su granito de arena en la lucha contra el cambio climático y la sostenibilidad del sector primario. En este difícil examen se juegan un mundo mejor, más sostenible y habitable.

El amor por la naturaleza les llevará a apreciar el mundo rural y a actuar contribuyendo a su cuidado y preservación. A través de la educación ambiental, los niños adquieren conciencia cívica, responsabilidad y sentido del cuidado, valores esenciales para su futuro y el de nuestro planeta.

Ver crecer sus propios alimentos enseña a los niños a apreciar lo que está sobre la mesa. Podemos animarles a plantar semillas y a cuidar sus plantas, para que ellos mismos vean cómo a partir de una pequeña semilla crece un ser que deberán cuidar, y del que brotarán flores y frutos. Inculcar el amor a los más pequeños hacia los animales, plantas… seres vivos, medio ambiente, es una magnífica labor con visión de futuro.

Sería necesario que tanto en los centros educativos, desde sus primeras etapas, en las familias y televisiones, se les proporcionara a los niños información sobre su entorno, sobre los animales y plantas que les rodean, y sobre el comportamiento de los animales, sin aspavientos ni antropomorfismos. Solo así, cuando lleguen a adultos serán capaces de apreciar la belleza de la naturaleza, cruel a veces, pero hermosa tal como es. Y solo cuando la conozcan serán capaces de luchar por defenderla. Su enseñanza debe adaptarse a la edad y madurez de los niños, y su aprendizaje, además de teórico, debe tener un significativo sentido práctico, ameno y divertido. Muchas de estas actividades se pueden realizar en los centros, en los parques de las ciudades y de manera muy especial en el medio natural vivo: explotaciones agrarias, plantas acuícolas, parque naturales… donde es posible aprender de las plantas, los árboles, los ríos, los animales, los pájaros o los insectos; pero también de problemas medioambientales como la contaminación, la emisión de gases, el consumo energético, el reciclaje, el aprovechamiento del agua, etc.

Observo como brillan los ojos de mi nieta Julia cuando le muestro un cordero recién nacido acompañado de su madre, un corral de gallinas autóctonas o ante el canto de los pajarillos que se acercan a la charca a beber agua. Seguro que estas vivencias pervivirán a través del tiempo.

Fijar población en el medio rural constituye un importante reto social, ambiental y territorial. Gran parte de los jóvenes escapan del entorno rural al alcanzar la mayoría de edad. Migran hacia las ciudades en busca de alternativas formativas y más oportunidades laborales. Este éxodo provoca que muchos negocios familiares vinculados al sector primario queden huérfanos, con su continuidad comprometida. La situación lleva décadas provocando el envejecimiento de los profesionales dedicados al campo. Según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, solo el 8,6% de los propietarios de una explotación agrícola o ganadera tiene menos de 40 años.

La España vaciada es la cara más visible del abandono del mundo rural. El 15,9% de la población española (7.538.929 personas) reside en municipios de menos de 30.000 habitantes con una densidad poblacional inferior a 100 habitantes por Km2. El sector primario es una pieza clave para fijar población y vertebrar estos territorios. También constituye una palanca en la generación de riqueza. El quid es lograr que los jóvenes vean que en el campo tienen tanto (o más) futuro que la ciudad.

Cuando un niño vive de cerca la naturaleza, nuestros campos, despierta su entusiasmo. Puede que de mayor decida ser agricultor o agricultora.

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