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Moros y cristianos

Velas y flores  en la Plaza Alta, de Algeciras, donde caía el cuerpo sin vida de un sacristán tras el ataque en su iglesia a 26 de enero del 2023 en Algeciras (Cádiz, España).

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Al colombiano Leonel H., de 45 años de edad, se le imputa el asesinato de Natalia, su ex novia, de la misma nacionalidad, a la que decapitó y amputó las manos con la vana intención de que no se le reconociera cuando apareció su cadáver en una playa malagueña, el pasado 8 de enero. Con anterioridad, ella le había denunciado por malos tratos, le cayeron seis meses de prisión y la Fiscalía accedió a suspenderle la pena a condición de que no volviera a delinquir.

Ese terrible suceso, ¿provocó acaso el odio generalizado hacia todos los hombres, hacia todos los colombianos? ¿Hacia todos los cristianos como él? Afortunadamente, no. Ni incluso bajo la dictadura detestábamos a los gallegos, por el hecho de que Franco también lo fuera. Ni en los años de plomo de ETA, salvo en círculos ultramontanos y trabucaires, existió, por ello, en este país, una ira garduña contra todos los vascos. Aleluya, eskerrik asko.

Sin embargo, cada vez que cualquier mahometano busca imitar al Viejo de la Montaña y a sus hashashin emprendiéndola a mandobles o a goma-2 contra un cualquiera, tendemos a culpar a la morisma toda; como si Adolf Hitler definiera a todos los austriacos y –lo que sería peor—a todos los pintores; como si José Stalin hubiera contagiado la lepra del totalitarismo a todos los georgianos e incluso a todos los comunistas, por el hecho de ser de Georgia y usar en vano el nombre del comunismo para envolver sus crímenes en el celofán de una ideología.

Basta que un bestia, solo o en compañía de otros, se lance a apuñalar transeúntes, a arrollar viandantes o a acribillar a caricaturistas, para que pongamos en el punto de mira a todos sus paisanos, sus correligionarios o a sus fieles difuntos

Hace unos días, en mi pueblo –Algeciras--, un buen hombre, Diego Valencia, que se dedicaba al noble oficio de las flores y era sacristán en una parroquia donde se encerraban los currantes durante la transición democrática, fue asesinado con un machete propio de la zafra cubana. Y a manos de un joven flipado que se paseaba a la luz del día con semejante arma en la mano y una capa modelo Abdelkrim Jatabi Desastre de Annual 1921. Caiga sobre él todo el peso de la ley. Pero sobre él; no que haya daños colaterales entre quienes recen en su mismo idioma.

En la vieja Al Yazirat no hay fiestas de moros y cristianos, pero las redes sociales la organizaron por su cuenta: en el mismo saco, cupieron allí el asesinato de primero de yihadismo de ese tipo doblemente enajenado, por su propia locura y por la del fanatismo, que las miradas lascivas, a lo Alfredo Langa y José Luis López Vázquez, que algunos machirulos magrebíes lanzan a cualquier piba que no lleve niqab. Basta que un bestia, solo o en compañía de otros, se lance a apuñalar transeúntes, a arrollar viandantes o a acribillar a caricaturistas, para que pongamos en el punto de mira a todos sus paisanos, sus correligionarios o a sus fieles difuntos.

En este lado del mundo, donde confundimos a los mulhecines con los muyaidines, reseteamos a la morofobia cada vez que tenemos un pretexto. Nos olvidamos de repente de Nadia, que vino de Tetuán, y qu,e aunque leyó una tesis sobre Cervantes y el norte de África, en realidad ayuda a nuestra abuela a no perderse entre los versículos del alzheimer; no nos acordamos de Ibrahim, que nos muestra sus frutas más frescas cada mañana en el mercado; ni de Latiffa, que lleva sin subirse a un escenario desde que la contrataron para Madre Coraje; ni de Driss, que es un manitas pero vive de chapuzas porque no tiene papeles; ni de Hakim, que cantaba y que canta por Antonio Molina, ni del moro de los pinchitos de feria, ni del jeque de Marbella, con los menesterosos de la corte de los milagros esperando a las puertas de palacio a que les contraten en verano. Ni de los sin nombre que levantaron el mar de invernaderos de Almería; ni de las sin número que vienen a los campos de fresa para siempre en Huelva; ni de los sin mucho o sin nada que se reparten precariamente las migajas del estado del bienestar con los precarios autóctonos.

47 muertos en una mezquita de Pakistán, hoy mismo: ¿valdrá para algo explicar que el mayor número de víctimas de los yihadistas son los propios musulmanes?

Frente a todo ello, como solemos tener menos nociones de historia que Alberto Núñez Feijóo y menos formación militar que Santiago Abascal, tiramos del argumentario de la expulsión de los moriscos, del acto anual de la toma de Granada, del guerrero del antifaz y de las cruzadas, sin recordar que las perdimos y que quienes usaron gas mostaza contra ellos fuimos nosotros durante la guerra del Rif.

Un moro mata a un cristiano y, en la misma ciudad donde unos y otros celebraban al unísono las victorias de la selección de Marruecos en los últimos partidos del último Mundial, los mensajes de odio caídos en paracaídas echan gasolina al fuego. Y quienes debieran actuar como bomberos, se las emplean de pirómanos por un quítame allá unos votos en las próximas municipales. Entre los mensajes más pintorescos, permitan que cite el de un tuitero embozado que llamaba a echar a los musulmanes con palos y con pinchos pero concluía “No a la violencia”.

El mismo error en que la democracia incurrió cuando pretendió combatir las matanzas abertzales con la guerra sucia, volvemos a cometerlo cuando echamos al ruedo de la actualidad recetas tan aventuradas como la de la deportación a troche y moche de todos los irregulares y por la vía exprés, quitándoles el permiso de residencia a las garantías legales de un estado de derecho: ¿cómo hacerlo, además, si ya suman 11 millones a escala europea o en Estados Unidos de Norteamérica? ¿Cuántos policías y cuántas dietas se necesitarían para acompañarles de vuelta a su país de origen? ¿Quién trabajaría en los infraempleos que ellos suelen asumir?

En el Poniente almeriense, tras los terribles linchamientos de comienzos de siglo, corrió la especie de una selección étnica que cambiara a los taciturnos y gruñones magrebíes por vigoréxicas eslavas. Algo no debió funcionar en aquella solución final porque, veinte años después, la mayoría de entre los 160.000 inmigrantes asentados en dicha provincia, la mayoría sigue procediendo del Magreb.  

47 muertos en una mezquita de Pakistán, hoy mismo: ¿valdrá para algo explicar que el mayor número de víctimas de los yihadistas son los propios musulmanes? Todo esto resulta inútil, como los cursos en los suburbios, los documentales de televisión o los discursos de los sensatos. Un solo crimen basta para echar por tierra la convivencia nuestra de cada día, esa que no es idílica pero que es real, con sus roces y sombras, con sus luces y contraluces, en donde más temprano que tarde llegará el día en que insultarnos entre nosotros no constituya necesariamente un acto de racismo sino de normalidad, pero en donde casarnos, compartir la mesa o los pupitres, logre echar por tierra los muros de la vergüenza y los compartimentos estancos del pensamiento imbécil.  

Hay un peor sordo que el que no quiere oír: aquel que solo quiere oír lo que quiere. Que es posible acabar con una religión de grado o por fuerza; que el ojo por ojo y el diente por diente vale más que la aplicación del delito de terrorismo tipificado en el Código Penal o que los moros, como antes fueron los gitanos y siempre los pobres, si no te la dan por delante te la dan por detrás. ¿Cómo explicar que la historia del ser humano consiste en el mestizaje y en que la civilización de los pacíficos, juntos, vengan de donde vengan y sueñen lo que sueñen, nos lleve a superar a la barbarie de un puñado? ¿Cómo creer en la religión de la sensatez si alguien nos mira con ojos de perdona buenistas y espeta algo así que cómo confiar en alguien que no prueba el jamón?

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