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Piedra, papel o tijera

Piedra, papel o tijera

Xenia García

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Golpea la piedra.

Ya sabes, no me gustan las chicas gorditas –soltó un día. Ya sabes.

Me dije que solo había cogido un par de kilos, imperceptibles, nada serio ni notorio. Quizás tres. Pensé: No entiendo por qué hay tipos que se ocupan de nuestros cuerpos con tanta furia. Pero solo dije: ¿No?

Porque no. Porque yo no sabía.

Tendría unos veinte años y la cara rotunda. Mi abuelo, a veces, me llamaba con cariño Carapán, así, en un sólo vocablo, como aquella novela de Sara Mesa (“Cara de pan”) que compraría un par de décadas después nada más anunciarse en novedades, devorada por la nostalgia de una cubierta y un apodo, cuando ya quedaba poco de la redondez de mi rostro y nada de mi abuelo. Descubrí que aquella pedrada la habían padecido más chicas, que lo que viviría luego no era único sino repetido, diez, cien, mil veces repetido. Cada vez a edades más tempranas. A los nueve, diez, once años, cuando el cuerpo es aún el territorio del juego. Y que nueve de cada diez son Ellas. No Ellos. Y si no son Ellos sino Ellas, es que quizás, solo quizás, tuviera que ver con el patriarcado y con el capitalismo.

Ya sabes, chica, que no me gustan las niñas gorditas –me susurró aquella tarde al volver del agosto de playa y libros, mientras nos abrazábamos en un reencuentro de piedra-papel-tijera sobre el albero de la Alameda de entonces, escoltada por las penúltimas prostitutas que paseaban entre los álamos negros. Sus palabras me invitaron a calzarme unos tacones de un número menos. Pero mis piernas fingían lucir más esbeltas con ellos y yo sonreía mientras labraba mi propósito en una piel que comenzaba a ser estriada, un kilo menos, dos, tres, piedra, papel o tijera, confundiendo la prosodia del amor con la del juego, con la de la vida, con la del sinvivir. Porque tampoco requiere tanto brío complacer al amante piedra, qué va, y yo era minuciosa, exigente, con una fuerza de voluntad férrea, obstinada, una mujer tijera en tacones altos formada en la escuela de los ochenta y noventa, donde nacían trastornos aún no bautizados, pero cuyo origen se remonta a la época helenística y caminaron de la mano del ayuno religioso. Si total, pensaba, una se pasa la vida entrenando la abstención y complaciendo al jefe, a los padres, hermanos, amigos, vecinos, profesores. Qué de malo podía tener hacerlo en nombre del deseo.

El papel envuelve.

Él me ha encontrado por redes sociales: “Voy a Sevilla”, me dijo cinco, diez, quince años después de aquel final de verano. Recuerdo al contestar “Venga, un café rápido” que hubo un día que me desmayé en un local del centro mientras buscaba su regalo de cumpleaños. Tras el desplome caí en la cuenta de que solo había comido una manzana en todo el día –verde y ácida como me gustaban entonces–, porque los dos kilos comenzaron a ser escasos para que se apreciaran en mis casi metro ochenta, insignificantes más bien, dos kilos buceando entre mis caderas, entre los pechos tajantes, entre la cintura irreverente. Y a él no le gustaban las chicas gorditas. Y yo quería gustarle. Y a mi cuerpo lo habían adoctrinado para querer gustarle. Y yo no sabía.

No tardé mucho en observar que siempre habría una chica más delgada, o más rubia, o más morena, o más alta o más baja o todo lo contrario –siempre habrá un más donde una se siente un menos– pero me ilustré en el arte de no oír el clamor de mi cuerpo, de atar mi apetito y someterlo, aunque también las ganas de otras muchas cosas se fueron desmayando. Incluso las ganas de gustarle. Incluso las de gustarme. Hasta que desaparecí librándome de ese abrazo helado del hambre elegido del hombre equivocado. Pensé: me voy. Pero, en cambio, dije: Necesito ayuda. A veces necesitamos ayuda para que nos descalcen. A veces no sabemos.

Tijeras qué.

Nos encontramos cinco, diez, quince años después. Dos besos y un qué hay. Qué.

Podría haberle dicho: Hola, qué fue de tu vida. ¿Eres feliz? Pero le hablé de los atracones de comida nocturnos de Shirley Jackson, de la obsesión por las dietas de Delphine De Vigan, Cielo Latini, Emilie Pine, Roxanne Gay o Virginia Woolf. Brillantes muertas de hambre. Del frío. De desmembrar la comida que te ponen en el plato en trozos bien pequeñitos, descuartizarla, esparcirla y jugar con ella, mucho tiempo, todo el tiempo, como si rumiaras las ganas de hacer un puzzle. Le hablé de los cuerpos vaciados. Del abandono. De la piel de los codos, flácida y arenosa, de cepillarte los dientes sin descanso para olvidar el hambre. De jugar a piedra, papel o tijera sin ánimo en ninguna de sus seis acepciones.

La conversación en aquella cafetería junto a la Casa de las Sirenas quedó cruda, me temo. A medio hacer. Inapetente. Porque la nueva Alameda ya no es vanguardista ni clásica; ni siquiera es una alameda. La falacia del ser cuando es nombrado por el otro. Y porque a estas alturas todo el mundo lo sabe: la piedra aplasta la tijera; la tijera corta el papel; el papel envuelve la piedra. 

Los tacones me dejaron un juanete en el alma. Los álamos negros se trocaron en plátanos de sombra. El albero en cemento bilioso. Y él me dijo una vez, hace años, que no le gustaban las niñas gorditas.

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