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Violencia simbólica y palos

Maricarmen, la anciana de 87 años, esperando a ser desahuciada en su piso de Madrid.
27 de septiembre de 2026 22:40 h

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Estoy seguro que Pierre Bourdieu en sus clases sobre Estado y violencia habría puesto de ejemplo el desalojo de Maricarmen, una mujer de 87 años sacada a la fuerza del piso en el que vivía desde hace setenta años, una imagen que nos ha conmovido a casi todos. El sociólogo bearnés denominaba poder simbólico a esa forma de coerción de la que dispone el Estado para reafirmar su existencia y para conseguir sus fines.

Junto a ese poder simbólico, para mejor ilustración de su pensamiento, se ha exhibido la violencia simbólica del Estado y, en el caso referido, lamentablemente, también la injustificada violencia física real ejercida por la policía. El lanzamiento de Maricarmen con un amplísimo dispositivo judicial y policial no ha sido solo un acto injusto, ha sido la demostración exuberante del poder simbólico de las estructuras que sustentan el Estado; los fondos de inversión inmobiliaria han enseñado su afilado colmillo, jactándose del apoyo de la ley, de los jueces y de la policía, -cuando el Derecho languidece, diría David Graeber, salen las porras- que no ha tenido inconveniente en utilizar la violencia -que dirán legítima- para mostrarse, esta vez, eficaces y expeditivos.

La desahuciaron porque se lo merecía, retumban los indecentes

Si se analiza la reacción de ciertos medios de comunicación, sus editoriales y las homilías de ciertos afamados periodistas, se cierra el círculo que justifica esa instancia legitimadora del poder de coerción del Estado, en beneficio, claro, de los poderosos. La desahuciaron porque se lo merecía, retumban los indecentes.

En el caso de la justicia, real decreto arriba, real decreto abajo, se observa sin ocultación, sin disimulo, como dejó escrito Walter Benjamin, la violencia mítica que el capitalismo -en este caso inmobiliario- ejerce a través de Derecho. Y todos tan contentos, legalidad, justicia y violencia legítima de una policía que parece deleitarse como una célula autónoma con ciertas órdenes, pero no con todas.

La violencia policial amparada y justificada se ha convertido en repetidas ocasiones en un viñeta cotidiana que muestra a las claras nuestro destino: estar sometidos a la violencia del Estado

Mientras, la justificación publicada por los medios y por ciertos políticos y activistas a través de las redes sociales permiten afirmar con Foucault que estamos ante una sociedad de control que consigue aliados incluso entre los alienados para que los más necesitados se sientan culpables de su propia condición.

La violencia policial amparada y justificada se ha convertido en repetidas ocasiones en una viñeta cotidiana que muestra a las claras nuestro destino: estar sometidos a la violencia del Estado. Y eso que como nos enseñó Max Weber, no hay ejercicio de la violencia física, aceptada como monopolio legítimo del Estado, sin disciplina: “No se puede concentrar la violencia legítima sin controlarla al mismo tiempo”. “Concentrada en un cuerpo claramente identificado en nombre de la sociedad por el uniforme simbólico, especializado y disciplinado, es decir, -decía- capaz de obedecer como un solo hombre a un orden central”.

Sin embargo, la cuestión es, por la reiteración de las conductas observadas, ¿a qué orden obedece la policía? ¿Quién controla? El desprecio arrogante de un mando policial a una eurodiputada, Irene Montero, apoyado por su sindicato, no hace sino insistir en la desconexión de la policía con el marco democrático en el que está inserta. Un amigo, profesional retirado, me comentaba con indignación y cierta guasa: tendremos que fundar una nueva UIP para defendernos de esta UIP. Triste.

En una de sus clases sobre violencia, Bourdieu citaba la Orestíada de Esquilo y concluía: ¿cómo es posible que nos veamos obligados a recurrir al crimen para acabar con el crimen? 

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