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Kamala Harris: ¿es la “apuesta segura” siempre la mejor?

Profesor Asociado del Área de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales Universidad Pablo de Olavide,
Joe Biden y Kamala Harris.

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El nombramiento de la senadora Kamala Harris como candidata a vicepresidenta por parte de Joe Biden de cara a las elecciones presidenciales estadounidenses en noviembre de 2020 parece, a primera vista, una decisión acertada. La selección de una mujer de color (hija de una madre india tamil y un padre jamaicano) introduce un grado de diversidad en un mundo dominado por hombres blancos mayores, y así ayuda contrapesar el récord cuestionable de Biden en cuanto a la igualdad racial y su supuesta actitud hacia las mujeres en general. De esta forma, el Partido Demócrata trata de atraer a los votantes progresistas. Dada la gestión desastrosa de la COVID-19 por parte de la Casa Blanca y el estado grave de malestar social, económico y político que padece el país actualmente, poco sorprende que Biden vaya por delante de Donald Trump en las encuestas (aunque esto también pasó con Hillary Clinton en 2016).

En principio el futuro promete para Harris. Si los demócratas consiguen derrotar a los republicanos este otoño, ella podría convertirse en la primera presidenta de los Estados Unidos, incluso durante los primeros años del mandato de Biden, si los rumores que circulan por Washington sobre la capacidad mental de “Sleepy Joe” son correctos. Pero claro, primero habrá que ganar a Trump. A juzgar por la estrategia adoptada por los asesores de Biden, la mejor manera de garantizar la victoria es mantener a su candidato fuera del escrutinio público – le acusan de “esconderse en su sótano” – y evitar, o por lo menos limitar, los debates cara a cara con Trump, que es un orador público mucho más carismático y convincente.

El problema es que la decisión de respaldar la candidatura de Biden por parte de las élites del Partido Demócrata no fue motivada por el objetivo de vencer a Trump, sino por derrocar al candidato independiente socialdemócrata, el senador Bernie Sanders, quien ganó las primeras tres elecciones primarias presidenciales en Iowa, New Hampshire y Nevada. Una vez que los candidatos Elizabeth Warren, Pete Buttigieg and Michael Bloomberg se quedaron fuera de la carrera, se consideró que Biden constituía su única opción. Igual que al Partido Laborista en el Reino Unido, a la cúpula del Partido Demócrata le preocupaba más un posible desplazamiento hacia la izquierda de su partido bajo Sanders (Corbyn en el Reino Unido) que una derrota ante el Partido Republicano (Partido Conservador en el Reino Unido).   

No obstante, el desafío más importante tanto para al Partido Demócrata como para el Partido Laborista es cómo aumentar su popularidad entre la clase obrera y la clase media baja cuyos intereses han desatendido desde hace décadas. Abandonadas por los partidos dominantes y alienadas por las políticas neoliberales, las clases bajas en las zonas desindustrializadas de Inglaterra y Estados Unidos han optado o por la abstención o por el popularismo de derechas (UKIP y Trump.) 

El desafío más importante tanto para al Partido Demócrata como para el Partido Laborista es cómo aumentar su popularidad entre la clase obrera y la clase media baja cuyos intereses han desatendido desde hace décadas.

Actualmente, los medios de comunicación británicos, sobre todo del centro/centro-izquierda, elogian al nuevo líder del Partido Laborista, Keir Starmer, una versión 2.0 acartonada de Tony Blair. ¿Conseguirá conectar con el electorado británico de izquierdas este “Sir” multimillonario? Los presagios no son buenos. El apoyo electoral para el Partido Laborista bajo la dirección de los “Blairites”, Gordon Brown y Ed Miliband, cayó dramáticamente. ¿Tendrá más suerte el tándem Biden/Harris? ¿Será capaz este programa Hillary Clinton 2.0 de movilizar apoyo suficiente entre las clases bajas, los progresistas, los jóvenes, las minorías étnicas y los desempleados?

Existen ciertas causas justificables para el optimismo. En las últimas elecciones presidenciales de 2016 Trump perdió el voto popular por 2,8 millones de votos (el margen más grande para cualquier presidente en la historia estadounidense). Además, su victoria se debió a sacar menos de 78.000 votos en un número reducido de circunscripciones electorales claves. Obviamente, mucho dependerá del nivel de participación este noviembre. Como bien sabemos, una participación baja suele favorecer a la derecha. Teniendo en cuenta el desencanto público generalizado con el mundo político actual, y a pesar de haber sido calificada como una “radical” por Trump, el problema para el Partido Demócrata, irónicamente, puede ser que Kamala Harris no sea suficientemente radical.    

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Publicado el
16 de agosto de 2020 - 23:42 h

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