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"En los transgénicos hay mucha desinformación y mucho componente ideológico ajeno a la ciencia"

José Antonio López Guerreno señala que usamos a diario, sin saberlo, organismos modificados biológicamente como la insulina, los billetes de euro o las encimas que hacen más efectivos los detergentes. 

Cree que hay una vertiente ideológica, de enfrentamiento a las multinacionales, que se confunde con el rechazo a los transgénicos.

"Siempre hay connotaciones ajenas a la ciencia que invocan a un miedo ancestral al progreso en general".  

José Antonio López

José Antonio López Guerrero, profesor en la Universidad Autónoma, investigador y divulgador científico, cree que la desconfianza hacia los transgénicos nace de la falta de conocimiento.

¿Por qué tienen tan mala prensa los transgénicos?

De forma general, lo que hay es falta de conocimiento.  La gente, en general, ignora que está usando transgénicos día a día. Ignoran que gracias a los transgénicos hay insulina que mantiene viva a mucha gente en el mundo, que hay enzimas que lavan a menos temperatura la ropa, que nuestros billetes de euro proceden de transgénicos. Eso no lo conoce la gente. Los científicos tenemos que entonar un ‘mea culpa’, que no sabemos hacer algo inherente a la investigación que es la divulgación científica.  Luego hay un hábito que es claro en esto. En la calle, la gente no lo percibe porque los pocos transgénicos que hay en el mercado son poco visibles: hay maíz resistente a plagas, resistente a plaguicidas para reducir el de herbicidas… Ahora se están desarrollando tomates ricos en antioxidantes, maíz sin gluten, cuando esos alimentos lleguen al mercado, seguro que poco a poco la percepción irá cambiando. Y entre los grupos ecologistas hay mucha desinformación y mucho componente ideológico ajeno a la investigación científica.

¿Por qué existe ese componente político en el rechazo?

Si descartamos que los europeos somos más listos que el resto del mundo, queda un componente macroeconómico de defensa de nuestra agricultura, para evitar la ‘invasión’ de productos de un país, como EE UU, que desde el principio apostó por los transgénicos. Desde ahí lo podríamos entender y los europeos lo podríamos entender. Pero eso no se puede hacer por razones políticas. Si eliminamos eso queda un componente mal llamado de grupos contrarios, por ejemplo los verdes, y se traslada a asociaciones ecológicas. A medida que descendemos aumenta el componente ideológico, y estoy convencido que hay buena fe en ello. Hay dirigentes como Mark Lynas, de Greenpeace, que ahora da conferencias arrepintiéndose y pidiendo perdón por su activismo anti-transgénicos. Se aboga contra los transgénicos, en términos generales, sin especificar y sin darse cuenta que muchos ecologistas que están contra los transgénicos, seguramente tienen un familiar diabético, pero lo que existe es una lucha fervorosa contra las multinacionales.

¿Habría que explicar que es transgénico un limonero al que practicamos un injerto para que produzca más deprisa?

No me había parado a pensar en esa opción. Técnicamente sí. Hay especies híbridas tan conocidas como el triticale, un híbrido entre trigo y centeno, que cultivamos como si fuera un producto ecológico. Un 90% de los alimentos -que no son silvestres como las bayas-  los hemos domesticado a lo largo de milenios, los hemos ido seleccionando genéticamente. El tomate procede de una familia de plantas venenosas; la patata también era tóxica hasta que la domesticaron a base de prueba-error;  el  pomelo rosado procede de algo tan salvaje como mutar los genes a las bravas y se cultiva como producto ecológico. Es un problema de desinformación en el que los científicos tenemos mucha culpa.

¿Existen divisiones en la comunidad científica como en el resto de la sociedad?

Existen connotaciones o diferencias de sensibilidades. Una prueba muy clara la tenemos en Podemos que en su ideario político aboga contra los transgénicos, pero si se le pregunta a uno de sus europarlamentarios, que es investigador del CSIC, admite estar a favor y que hay un componente más político, de rechazo a las grandes multinacionales que a los transgénicos. Lo que se podría que hacer es dejar claro contra qué se está, pero que no intenten atacar la sensibilidad de los consumidores o con conceptos falsamente científicos sobre la biodiversidad, porque no tiene fundamento. Sobre la bioseguridad, la biodiversidad, con todos los científicos que me he encontrado, no hay grandes diferencias.

Entonces ¿el debate es sobre el miedo al progreso?

Usted lo ha dicho. En los 70, poco después de descubrir que el ADN era el material hereditario, empezó la biotecnología del ADN, la biotecnología del recombinante, y se empezaron a manipular genes para obtener un beneficio para la humanidad. La primera empresa que se creó fue para fabricar insulina. En aquella época, un juez condenó aquellas prácticas porque se veían como una invasión de bacterias asesinas, manipuladas genéticamente, que iban a acabar con la raza humana. Después se observó que el potencial de esta tecnología era tremendamente valioso para la sociedad –hemos duplicado la esperanza de vida en los diabéticos, por ejemplo- y aquel miedo a las bacterias recombinantes ya no se tiene. Ahora tocan los transgénicos, las células madre… Siempre hay connotaciones ajenas a la ciencia que invocan a un miedo ancestral al progreso en general.   

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