Deportistas de la náutica: centinelas en la vigilancia ambiental frente a las especies acuáticas invasoras
Los proyectos de ciencia ciudadana se han consolidado como herramientas clave para la detección temprana y el seguimiento de especies exóticas invasoras (EEI), una de las mayores amenazas para la biodiversidad a escala mundial. Detectarlas a tiempo y actuar con rapidez constituyen, en muchos casos, las únicas estrategias eficaces para lograr su erradicación. Una vez establecidas, las opciones se limitan a controlar su expansión, con la dificultad y los elevados costes económicos que ello conlleva. Un ejemplo es el del camalote o jacinto de agua (Eichhornia crassipes) en el río Guadiana, cuyo control ha superado ya los 40 millones de euros.
Gracias a la colaboración de personas no vinculadas necesariamente a la investigación o a la gestión ambiental, es posible multiplicar la capacidad de vigilancia de los ecosistemas frente a las EEI. De hecho, sin este apoyo, muchos procesos de invasión resultarían inabordables tanto para la comunidad científica como para la Administración. Además, gracias a sus embarcaciones acceden a puntos a los que difícilmente llegan los equipos de seguimiento convencionales.
En este contexto, la contribución de quienes practican deporte o actividades al aire libre resulta especialmente valiosa, ya que actúan como auténticos centinelas ambientales. Su presencia continuada en el medio natural, el conocimiento adquirido durante años y su interés por conservar los espacios donde desarrollan sus actividades —lugares que, en muchos casos, poseen un elevado valor ecológico—, convierten a este colectivo en un verdadero guardián de los ecosistemas que frecuenta.
Un ejemplo extraordinario lo encontramos en la dársena del Guadalquivir, a su paso por Sevilla. Se trata de un tramo del río donde convergen numerosas especies exóticas invasoras, entre ellas la tortuga de Florida, el pez sol (Lepomis gibbosus), el mejillón cebra, la almeja asiática, el siluro (Silurus glanis), el chanchito (Australoheros facetus), diversos briozoos y plantas acuáticas como la lechuga de agua y la lagunilla. Sus vías de entrada son diversas y abarcan desde el agua de lastre de los buques hasta las sueltas intencionadas de ejemplares. Las consecuencias son graves: desplazamiento e incluso desaparición de especies autóctonas; deterioro de la calidad del agua; deterioro de infraestructuras; interferencias en la navegación; proliferación de enfermedades transmitidas por mosquitos y, por supuesto, importantes pérdidas económicas.
En este tramo del Guadalquivir se desarrollan numerosas actividades náuticas, como piragüismo, remo, dragon boat, vela, paddle surf y otras modalidades recreativas. Solo en Sevilla existen cerca de mil piragüistas federados que recorren entre ocho y diez kilómetros diarios durante sus entrenamientos. Esta cifra representa solo una parte de las miles de personas que navegan habitualmente los más de siete kilómetros de dársena. Su conocimiento del río es tan profundo que cualquier cambio en la distribución de las especies o la aparición de un nuevo organismo es detectado de inmediato. Así ocurrió con la primera observación de la lagunilla (Alternanthera philoxeroides) en 2021 y, más recientemente, con la detección de la lechuga de agua (Pistia stratiotes), ambas comunicadas por piragüistas que dieron la voz de alarma. En conjunto, constituyen una red de vigilancia formada por miles de personas que observan, muy superior a la que se podría alcanzar con un plan de seguimiento por las vías convencionales de la Administración.
Las personas que practican actividades náuticas no solo desempeñan un papel clave en la detección temprana de las EEI, sino que también contribuyen de forma decisiva a su control. Desde que se detectó por primera vez la lechuga de agua en el Guadalquivir, el esfuerzo del colectivo de piragüistas y su estrecha colaboración con la comunidad científica están permitiendo frenar una invasión que, de otro modo, podría llegar a ser catastrófica. Así ha ocurrido en otros lugares del mundo, donde esta planta se ha expandido sin control, asfixiando los ecosistemas acuáticos y comprometiendo su funcionamiento ecológico. Cada ejemplar que aparece en el río es retirado y puesto a disposición del personal investigador para su estudio, de modo que los nuevos focos quedan contenidos de forma inmediata.
Entre los hallazgos más relevantes derivados del análisis de los ejemplares recolectados destaca la detección de flores, un hecho que preocupa a la comunidad científica, ya que podría incrementar el potencial invasor de la especie. La lechuga de agua se reproduce principalmente de forma vegetativa, mediante la producción de estolones que originan nuevas plantas capaces de cubrir rápidamente la superficie del agua. Sin embargo, la presencia de flores podría indicar reproducción sexual y, por tanto, producción de semillas, lo que aumentaría su capacidad de dispersión y establecimiento. Esta circunstancia refuerza la necesidad de mantener una vigilancia constante y pone de manifiesto la urgencia de implementar medidas dirigidas a su erradicación.
En el medio marino encontramos otro ejemplo de valiosa colaboración ciudadana: el colectivo de profesionales del buceo, quienes detectan y comunican cualquier cambio en el fondo marino. En los últimos años se han convertido en auténticos guardianes del estado de conservación del mar, hoy más amenazado que nunca por especies invasoras como el alga asiática (Rugulopteryx okamurae), cuya expansión en las costas andaluzas está afectando gravemente a la biodiversidad marina, la pesca y el turismo. Las personas que practican buceo participan activamente en proyectos de ciencia ciudadana como «¡Invasoras en la costa! Andalucía activa frente al alga asiática y el cangrejo azul». Liderado por investigadoras de Observadores del Mar (CSIC), el Centro Oceanográfico de Cádiz (IEO-CSIC) y el Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía (ICMAN-CSIC), contribuyendo a afrontar algunos de los principales retos ambientales de Andalucía.
Del mismo modo, las personas que practican senderismo, aficionadas a la montaña, corredoras, ciclistas, etc., son buenos ejemplos de centinelas en la vigilancia de las EEI y otras amenazas en los ecosistemas terrestres, ya que recorren infinidad de kilómetros a lo largo de todo el año.
No hay duda de que, para disfrutar del río, el mar o la montaña, es necesario velar por su protección, y las personas deportistas de todas las disciplinas al aire libre son conscientes de ello. Este artículo quiere reconocer esa labor y expresar un agradecimiento especial al equipo de piragüismo del Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla, y al resto de piragüistas del río Guadalquivir. Su compromiso y colaboración durante estos años han sido fundamentales para mejorar el conocimiento sobre las especies acuáticas invasoras y contribuir a la conservación de uno de los espacios naturales más emblemáticos de la ciudad de Sevilla.
Sobre este blog
El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) cuenta con 24 institutos o centros de investigación -propios o mixtos con otras instituciones- tres centros nacionales adscritos al organismo (IEO, INIA e IGME) y un centro de divulgación, el Museo Casa de la Ciencia de Sevilla. En este espacio divulgativo, las opiniones de los/as autores/as son de exclusiva responsabilidad suya.
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