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Cómo relevar a un librero con 50 años de experiencia: “Hay que intentar que una librería sea un ente vivo a todas horas”

El librero Carlos Porras

Alejandro Luque

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El pasado 31 de mayo, Juan Manuel Fernández levantó por última vez la baraja de su librería, Manuel de Falla, en la gaditana Plaza de Mina. Pasó más tiempo recibiendo a clientes que le daban las gracias que moviendo libros o albaranes. Unos le decían que esa librería había sido como su segunda casa, otros recordaban todos los años en los que Juan Manuel, acompañado de su esposa, Mari, les había aprovisionado de buenas lecturas, o los encuentros felices que se habían producido en ese lugar. Más tarde un abrazo de su nieto Christian, de 7 años, ese día especialmente largo y sentido, ponía fin a medio siglo de oficio. “51 años, 4 meses y 13 días”, puntualiza Juan Manuel.

La melancolía que a muchos gaditanos le inspira la jubilación de Juan Manuel viene compensada, sin embargo, por una buena noticia: esta vez la librería no se convertirá en una heladería ni en un negocio de fundas para móviles, sino que seguirá desempeñando el mismo cometido. Después de barajar varias opciones de traspaso, Juan Manuel se decantó por un joven librero, también de Cádiz: Carlos Porras. “Carlos llegó con muchísima ilusión. Me contó su recorrido, es historiador y eso me dio a entender que podría defender y dar continuidad a una de las líneas que hemos atendido en Manuel de Falla, posiblemente con otra visión. Es un buen chico y me gustaría inmensamente que la librería se convierta en un proyecto de vida y de futuro, como ha sido para mí”.

Carlos Porras trabajaba hasta ahora en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz. “Acabó mi ciclo y, como no puedo estar quieto, empecé a elucubrar nuevos horizontes. Hasta que me di cuenta de que todo lo que se me ocurría iba encaminado a abrir una librería. En febrero se me cruzó la noticia de la jubilación de Juan Manuel y su búsqueda de traspaso, le pedí que me pusiese en la lista y esa misma noche me llamó. Me dijo que había recibido buenas referencias de mí y empezamos a hablar. Desde entonces, lo que más he tenido han sido muchas reuniones con bancos”, sonríe.

Naturalidad e intuición

Para Porras, el encanto de Manuel de Falla ha sido hasta ahora “ese concepto de librero que no es un comercial, sino que intenta que la librería sea un ente vivo en todas las horas que sea posible. Además, Juan Manuel es una persona accesible y encantadora, muy fácil de conectar, que además mantiene el compromiso con el negocio me ha dado muchos y muy buenos consejos”.

Entre esos consejos, Porras destaca “cosas como el trato al público cortés y servicial, o que ningún cliente esté dos minutos en la librería sin ser atendido”, comenta. “Él es librero de vieja usanza y me ha transmitido muchos detalles de esa escuela”.

“Yo intento ser prudente, decirle lo que me parece oportuno, poniendo el énfasis en aspectos como la naturalidad, el trato, el esfuerzo, la intuición a la hora de traer libros…”, añade Juan Manuel. “Es un trabajo muy exigente, pero si ves que por parte de la gente tiene una respuesta en el sentido práctico y emocional, es muy agradecido también”.

Manuel de Falla reabre sus puertas este miércoles, pero atrás hay 33 años de abnegación y amor por los libros, a los que Juan Manuel suma 18 anteriores trabajando para otras librerías. En su memoria se reúnen una amable conversación Gabriel Celaya, el primer escritor famoso al que conoció cuando trabajaba para la desaparecida Mignon, y la amistad con un joven escritor de hoy como el gaditano Benito Olmo, que lo incluye como personaje de su reciente novela Tinta y fuego. “Al final me mata”, ríe el librero.

Sin testimonios gráficos

También le vienen recuerdos de Fernando Quiñones, asiduo cliente, y cómo no de Arturo Pérez-Reverte, que a menudo se ha aprovisionado de lecturas gaditanas en el establecimiento, y que incluso cita a Juan Manuel en los agradecimientos de su novela El asedio. “Arturo siempre ha sido cariñosísimo, conmigo y con los clientes. Una vez, unos clientes muy interesados en tener una dedicatoria suya me encargaron que se la pidiera, y no solo les firmó un libro, sino que me pidió que no se lo cobrara, que él asumía el coste. Al final no se lo cobré ni a ellos ni a él, porque entendí que esto iba más allá de hacer caja en un momento dado”.

De lo que se sorprende ahora, echando la vista atrás, es de que no tenga testimonios gráficos de ninguno de esos innumerables encuentros. “Nunca he querido molestarlos con una foto, y mira que cuando había móviles tenía un estudio de fotografía al lado, a un metro de la librería. Si lo hubiera hecho, ahora tendría una galería enorme, pero lo llevo todo en la memoria”.

La hora de leer

Ahora, disponiéndose a disfrutar de su primer verano libre en más de medio siglo, Juan Manuel tiene una prioridad: “Ponerse al día en lecturas atrasadas es imposible, pero me voy a dedicar bastante a ello. Estas últimas semanas todavía he estado ocupado con el papeleo del traspaso y la jubilación, pero el día que me libere del todo cogeré un libro y por fin podré leerlo del tirón”.

El librero comenta que, junto con su hija, se han quedado con medio millar de ejemplares de la librería “para consumo propio de mi familia”, porque según le dijo ésta, “quería tener una pequeña Manuel de Falla en casa”. En cuanto a la nueva Manuel de Falla, Juan Manuel asegura que se siente “como si mi familia fuera a quedarse ahí. Me parece importante que la gente siga asistida en su necesidad de ese tipo de libro. Si no hubiera una librería como esta, algún organismo público debería crearla y sostenerla”.            

“Yo ya soy cliente de la nueva etapa”, concluye el veterano librero. “A pesar de los 500 o 600 libros que nos hemos quedado, no he podido evitar encargarle ya uno que me apetece mucho leer”.   

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