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Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Especulaciones sobre la antigua calle de la Yedra

Calle de la Yedra

Partiendo del Coso Medio, antes de llegar al recodo donde su nombre se hace Bajo frente a la calle de Espartero, y desembocando en el paseo de Echegaray y Caballero, se extiende la actual calle de San Vicente de Paúl, antigua de la Yedra en su tramo inicial. Una rectilínea travesía que enlaza el centro con la margen derecha del Ebro. Pero no siempre fue así. A ambos lados de sus 550 metros de longitud se extendía una desgreñada geometría entrecortada de callejas, callizos, trenques y plazuelas que configuraban la planta disparatada de aquella Zaragoza antigua, como aún reflejaban los planos de principios del siglo XX.

El barrio judío

Un paseante atento que se adentre por San Vicente de Paúl y gire a su derecha descubrirá, a la altura de la calle Santo Dominguito de Val y antes de llegar a la plazuela de San Carlos, una discreta placa que designa una calle que no existe. Se trata de un rótulo original de mediados del siglo XIX, cuando la ciudad comenzaba a señalizar las vías urbanas. Su nombre: Calle de los Graneros. Es el último vestigio de nombres con embocadura de rincón arrabalero: plazuela de la Cebada, de la Leña, calle del Limón, del Olivo…, reflejo de una época donde las palabras aún guardaban parentesco con las cosas y por la que la Historia pasó sin miramientos.

El uso de denominaciones procedentes del mundo vegetal delatan el origen judío de este barrio formado por calles linderas a ambos lados de la de la Yedra: desde el Postigo de San Gil a la Judería (hoy plaza José Sinués) hasta el actual Seminario de San Carlos, en cuya cercanía se ubicaba el Póstigo del Rabinado, arco adornado con leyendas hebraicas y derribado en el año 1500. La moderna reforma de la calle de la Yedra y aledaños fue un empeño posterior del consistorio zaragozano que acabó implicando a barrios enteros como el del Boterón, en su extremo cercano al río.

Lucro y reforma

En 1860 el Ayuntamiento adoptó la primera decisión de alargar la calle de la Yedra y conducirla hasta la ribera del Ebro. Un posterior proyecto fue encargado al entonces arquitecto municipal Segundo Díaz en 1869. Ni estas propuestas ni las siguientes durante aquel siglo pudieron llevarse a cabo. Y eso que el contexto legal resultaba favorable, pues la propiedad urbana quedaba reforzada por la Ley Hipotecaria de 1861. Quizá la remodelación de la calle Alfonso, iniciada esos años, suponía ya una carga excesiva para el Ayuntamiento.

Con ocasión de las fiestas del Pilar de 1904 se publicó un “Album-Guía de Zaragoza” en cuya elaboración participaron muchos notables de la ciudad, entiéndase en ciertos casos “especuladores”, como Rafael Pamplona Escudero o Basilio Paraíso. Esta Guía, que abordaba la historia, las artes y letras de la ciudad, así como su industria y urbanismo, revelaba las intenciones de la burguesía. En el capítulo escrito por Emilio Soteras, éste pedía que la ciudad se endeudase para reformar, alinear y ampliar sus calles, entre ellas el siempre demorado proyecto de la Yedra. Su propuesta pasaba porque el Ayuntamiento expropiase grandes zonas para lucrarse con la venta posterior de terrenos sobrantes. Y, sobre todo, aunque esto no lo decía, sus propietarios.   

Un año después, en 1905, el arquitecto Ricardo Magdalena firmaba un proyecto que, si bien no llegó a emprenderse, serviría de base para la remodelación definitiva. Fuera de algunas expropiaciones puntuales que permitieron una lenta reforma en algunos tramos, los problemas de tesorería del consistorio impidieron llevar a cabo las obras, lo que mantuvo con respiración asistida a la antigua judería. La ocasión se presentó en 1933, en un contexto social complicado.

Especulación en tiempos convulsos

El consistorio republicano había debatido la necesidad de acelerar las obras públicas para dar trabajo a la mano de obra desocupada. Una propuesta de la que la CNT hizo bandera particular con la prolongación y ensanche de la calle de la Yedra. Conviene no olvidar el potencial del sector cenetista de la construcción, con unos 7.000 afiliados en torno a 1933. El sindicato amenazó con meter la piqueta por su cuenta. Esta presión aceleró el proceso y en diciembre el arquitecto municipal Miguel Ángel Navarro presentó un proyecto sobre las bases del firmado en 1905. Se aprobó finalmente en enero de 1934 y las obras se iniciaron en abril de 1936, tras la victoria del Frente Popular. Con el golpe de julio de ese año, el nuevo arquitecto municipal, Regino Borobio, amplió aún más la zona a expropiar. Por ello la destrucción más significativa se dio en la década de los años cuarenta. Las obras concluyeron en junio de 1951.

Se expropiaron setenta fincas, más de 10.500 metros cuadrados. El presupuesto inicial ascendió a casi cuatro millones de pesetas. Haciendo buenas las sugerencias de aquella “Guía de Zaragoza” de 1904, el consistorio preveía recuperar parte del gasto por venta del suelo edificable sobrantes de expropiaciones y calles suprimidas. Como explica Ramón Betrán en su estudio del Plan General de Ensanche de 1934, resultó muy ventajoso para los afortunados propietarios que vieron revalorizar sus inmuebles o fueron expropiados a precios que no eran bajos, asumiendo el Ayuntamiento las indemnizaciones a los inquilinos.

Para solucionar precisamente el problema de estos arrendatarios sin vivienda se aunó el proyecto de reforma de la calle de la Yedra con la edificación del nuevo barrio de Terminillo (Ciudad Jardín), construido al amparo de la Ley de Casas Baratas. Sacar de un barrio céntrico al vecindario modesto, revalorizando así el suelo, e instalarlo en la alejada zona de ensanche, suponía un pelotazo con apariencia social, más aún si pensamos que a las familias desalojadas se les imponía la compra de las nuevas viviendas.

¿Era necesario arrasar un barrio histórico?

En febrero de 1872 el escritor italiano Edmondo De Amicis, autor de “Corazón”, visitó Zaragoza. En su diario describe sus paseos por el Coso y no es descabellado pensar que conociera la zona en torno a la Yedra. Al referirse a las calles de la ciudad anota: “son estrechas, tortuosas, flanqueadas de casas altas, de color triste.” Por su parte, en 1953 el periodista Blasco Ijazo, al recordar las plazuelas aledañas a la ya entonces desaparecida calle, rememora “el sosiego y la convivencia de los vecinos, relaciones humanas que actualmente han desaparecido.”

Los 80 años de una opinión a otra marcan un trayecto de cambios en la ciudad. De una urbe pensada para albergar botigas, talleres y casas agrícolas, a otra donde los intereses mercantiles comienzan lentamente a tomar otros derroteros. La del italiano expresa el contraste entre un tiempo pasado y el punto de arranque de un nuevo modelo de producción, como atestigua la celebración en Zaragoza de la Exposición Aragonesa en 1868. La de Ijazo apela a la nostalgia para criticar de forma velada un desarrollo enmascarado de progreso. No cabe duda de la necesidad de saneamiento de las partes viejas de la ciudad, pero como el valor de uso llega siempre de la mano del valor de cambio, la ciudad acaba convertida en mercancía. 

¿Se podía haber evitado? Según las Ordenanzas Municipales de la época, sí. La defensa de aquel patrimonio estaban garantizada al tratarse de zonas típicas o pintorescas, pero sobre todo por albergar edificios artísticos tristemente piqueteados: el Palacio de los Sora cuya portada barroca fue “indultada” y hoy la podemos contemplar en la casa de las Hijas de la Caridad, frente a San Juan de los Panetes; los edificios del colegio y Capilla de la Enseñanza, situados en los actuales bloques de viviendas de la calle de San Jorge esquina con la de la Zarza; y la plazuela del Reino donde, entre otras casas solariegas, se hallaba la casona de la Sociedad Económica de Amigos del País, frente a la Casa de Palafox,. Pero llega un momento, como apuntaba Regino Borobio, en el que “los intereses económicos prevalecen sobre los culturales.

El resultado hoy

El consistorio de los años cuarenta pretendió dar un aire historicista a San Vicente de Paúl y estableció a tal fin que las nuevas fachadas respondiesen a edificaciones de los siglos XVI y XVII, como aún se aprecia en algunos inmuebles. Los cánones de un régimen obcecado en la “regeneración histórica” no permitieron “interpretaciones absurdas de la mal llamada arquitectura moderna”. El resultado es un urbanismo recalentado y adusto, incapaz siquiera de ese guiño irónico sobre los estilos pasados del que hablara Ortega y Gasset en “Nuevas casas antiguas”.

A diferencia de sus hermanas calles de Alfonso y Jaime I, con final en plaza del Pilar y Puente de Piedra respectivamente, la de San Vicente de Paúl conduce sin más a las riberas del río. Sus edificios son desproporcionados en relación a la anchura y un cambio de rasante la hace poco agraciada a la vista. El paseante entra en esta calle para buscar apresurado una salida y lo hace precisamente por las vías transversales que aún guardan cierta memoria de aquella Zaragoza castiza, maltratada y algunas veces añorada. 

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Publicado el
1 de agosto de 2020 - 00:47 h

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