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Juez y parte

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Hay un señor que ha aprobado la oposición de juez a los sesenta y cuatro años. Fue noticia hace unos días.

Por nada del mundo querría que se creyera que este artículo es un artículo positivo, motivacional (?) o así. Uno no se obliga a escribir un artículo cada semana para decir lo bonitas que son las flores, sino para poder soltar sus bilis y sus manías de una manera civilizada y con el prestigio del columnismo como coartada.

Hecha esta aclaración, está muy bien lo de este señor. Mi enhorabuena. Aunque las reacciones que he ido viendo me parecen, en general, todas mal (ahora vienen las bilis).

A los que dicen que adónde va, que para qué se mete en eso a su edad, etcétera, en fin, voy a dedicarles unas líneas porque hay que rellenar el número de caracteres del artículo, pero no porque lo merezcan. A ver. A este hombre le queda casi una década de trabajo. Si quería ser juez, me parece fantástico que dedique a ello los últimos años de su vida profesional. Si se hubiera cambiado de una empresa a otra, nadie le habría dicho nada. El esfuerzo, en este caso, ha sido mucho mayor, evidentemente. Si bien esto no hace más que demostrar que tenía gran interés en ser juez. Veis que estoy todo el rato evitando usar palabras como ‘sueño’ o cursiladas así que tirarían por tierra mi declaración de intenciones. También hay que tener cuidado con decir que la gente de este tipo, con curiosidad y ganas de saber, se mantiene ‘joven’. Con sesenta y cuatro años no se es joven. Otra cosa distinta es que, a cualquier edad, tener interés por las cosas, por aprender, hace que vivas mejor y que no te tires por la ventana con tanta facilidad. 

Pero a los que, sobre todo, no soporto son a los que aplauden la hazaña con un fondo de paternalismo. A los que miran a este señor como si estuvieran acariciando a un perrito. ¡Mirad qué monada! ¡Se ha hecho juez a los sesenta y cuatro años! Son esa clase de gente que luego habla a los ancianos como si se estuviera dirigiendo a un bebé, aprovechándose de que no pueden levantarse de sus sillas de ruedas y partirles la cara.

Bueno, pues ya habéis visto que lo de este señor no era más que una excusa para hablar de otra cosa. Para hablar de mis manías, por supuesto. Lo cual no impide que, de nuevo, desde aquí, felicite a este juez.