Una escuela al aire libre en plena ciudad como alternativa para la vuelta al cole

Un niño juega en la escuela al aire libre La Casita del Árbol, en el parque de El Retiro.

Un día cualquiera (precoronavirus) en la escuela del parque de El Retiro, La Casita del Árbol. Los niños empiezan a llegar sobre las nueve de la mañana, y se congregan en un círculo para saludarse y comenzar el día. Algunos se incorporan todavía medio dormidos, otros llegan saltando llenos de energía y alguno se queja mientras su madre o su padre se asegura, antes de irse, de cerrar bien el velcro del abrigo o extender por los brazos los pegotes de la crema de sol.

Pero en la Casita del Árbol, una escuela infantil que empezó en 2014 y que el próximo curso continuará con un nuevo equipo y el nombre de La Cabaña, los niños no se meten en un aula ni se sientan en mesas, sino que disponen de un espacio amplio para moverse donde pueden elegir sus juegos y las actividades en las que quieren participar. Son grupos pequeños, de unos 12 niños, y se mezclan por edades para fomentar la colaboración. Su metodología está inspirada en las escuelas bosque que se han ido estableciendo en el país en los últimos diez años (hoy en día hay unas 40 en toda España), y se sirve del aire libre y el contacto con la naturaleza para consolidar los primeros conocimientos del mundo y desarrollar las habilidades sociales.

“A muchos padres les cuesta adaptarse a la idea de dejar a sus hijos bajo la lluvia, con frío o, simplemente, sin un lugar cerrado y con estructuras más académicas”, comenta Palma Álvarez Arroyo, una de las nuevas pedagogas de La Cabaña, “pero muchos se cuestionan por primera vez si no será mejor estar en lugares abiertos”.

El aire libre, las clases reducidas, son ideas que ahora parecen deseables frente al temor del coronavirus en la escuela. Sin embargo, algunos plantean que deberían servir también para preguntarse si este modelo de espacios abiertos y experiencia inmediata con el mundo exterior no tendrá ciertas ventajas a las que hemos renunciado al encerrar durante horas a los niños en las clases.

“Hoy en día, todos los educadores están pensando en cómo volver a la escuela y hay una apertura hacia nuevas ideas”, comenta la bióloga e impulsora de la primera escuela forestal en España, Katia Hueso, “por lo que, si no nos atropella el calendario, sería un buen momento para tener un debate abierto y bien construido”.

La enseñanza al aire libre, de hecho, ya se usó a finales del siglo XIX para evitar el contagio de enfermedades como la tuberculosis. Y más tarde, pedagogos como Francisco Giner de los Ríos o Rosa Sensat, la reforzaron como metodología por los beneficios que encontraron para favorecer un aprendizaje más activo y a través de la experimentación. Pero a mediados del siglo XX esta idea se perdió. “De algún modo, se empezó a ver como una cosa de pobres. Eso de aprender debajo de un árbol era lo que se hacía en los países sin recursos”, explica Katia, “pero hay que empezar a ver que no solo no es malo sino que es mejor”.

Tras elegir todos juntos uno de los espacios del parque que las docentes les proponen para pasar el día —con nombres tan singulares como La Rosquilla, El Patinete Chino, El parque del perrito o El escenario de piedra—, los niños de La Casita se ponían en marcha. La mayoría de los días, Alexander y Eitan, de cuatro y cinco años, iban hablando de un personaje que se habían inventado; otros, como Adam y Elisa, acumulaban bajo el brazo un fajo de palos que iban perdiendo por el camino. Los profesores, o acompañantes como prefieren llamarse, suelen llevar un carro con materiales para las actividades, pero muchas veces ni siquiera los utilizan.

“El uso de recursos naturales, sobre todo si se permite cierta libertad, puede ser muy estimulante y fomentar la creatividad, pero una de las principales ventajas de estar al aire libre es la mayor capacidad de movimiento”, explica Palma al hablar de este tipo de proyectos. “Esto es importante en todas las edades –incluso en adultos, aunque nos olvidemos– pero resulta esencial en la etapa de 3 a 6 años”.

Para Katia, que está en contacto con otras organizaciones que promueven la relación con la naturaleza y los espacios abiertos en la educación, lo que representa el COVID-19 es una oportunidad para plantear todas estas cuestiones.

Muchos padres de La Casita confiesan que a ellos también les plantea dudas si es bueno dejar a los niños en el parque cuando llueve o hace frío pero, tras su experiencia, piensan que es una preocupación más imaginaria que real. “Seguramente, los niños se contagian de más enfermedades en las aulas cerradas”, dice una madre, “y sin duda a mi hija lo que más le gusta es tener la oportunidad de llevar sus botas de agua para chapotear”.

“No se trata de que esta sea la única opción”, aclara Palma, “pero creo que la escuela ganaría usando más espacios como los jardines o los parques para fomentar la experiencia directa del entorno natural y no tener a los niños todo el día en las aulas. Se necesita más flexibilidad”.

Los beneficios del acceso a zonas verdes están ampliamente demostrados. Numerosos estudios, tanto en adultos como en niños, apuntan a que problemas como la obesidad, el estrés o la falta de atención se reducen cuando hay un contacto más directo con la naturaleza y los espacios abiertos. Pero la extensión del coche, la desaparición de la vida exterior y el aumento de las pantallas han desplazado a los niños de la calle, hasta tal punto que una investigación estimaba que más de un 80% pasa menos de una hora diaria jugando al aire libre.

“El uso de zonas verdes y abiertas en la escuela tiene retos importantes, pero habría que debatir y estudiar cómo se podrían solucionar”, explica Katia Hueso; “los espacios, sean más o menos naturales, ya existen, por lo que habría que buscar los recursos humanos y superar esa barrera cultural”.

En un día cualquiera antes del confinamiento, a las dos de la tarde los niños regresaban al punto de partida. Sentados debajo de un árbol, escuchaban un cuento junto a todos los tesoros acumulados: piedras, hojas, piñas y una colección de palos de diverso tamaño. Claudia, de cinco años, solía acumular la mayor variedad de recuerdos. Después era tarea de los padres convencerles de que quizá no fuera tan buena idea llevarlos todos a casa.

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9 de junio de 2020 - 09:02 h

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