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Un boletín de Esther Palomera exclusivo para socias y socios. Donde la verdad no se maquilla ni se suaviza. Una opinión directa sobre lo que esconden los micrófonos de la política.

La insoportable levedad de Feijóo en Catalunya

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, participa en Reunión Anual del Cercle d'Economia, este martes en Barcelona.

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Nadie como el líder de los populares para pegarse tiros en el pie cuando el viento le viene de cola. Un gobierno acosado por múltiples sumarios judiciales, una legislatura sin presupuestos generales, una mayoría parlamentaria finiquitada, unos socios que marcan distancias a diario con Sánchez…. Y a Feijóo solo se le ocurre plantear una moción de censura instrumental para “devolver la decencia a España”. Palabras mayores en boca de alguien a quien hasta su correligionario el popular García Margallo niega “una moral irreprochable” e incluso “prestigio intelectual” con su propuesta de elegir un “candidato neutro” para liderar esa empresa que no sea Feijóo.

El caso es que andaba el gallego de flirteo desde hace semanas con PNV y Junts en busca de apoyos para impulsar la moción contra Pedro Sánchez y, de camino a Barcelona para participar en una conferencia, el independentismo catalán le respondió que si quería peces -o votos- fuera a Waterloo a pescarlos, que allí habita un tal Puigdemont y que era el ex molt honorable el interlocutor adecuado. 

Antes de que la respuesta le estallara en la cara en forma de “llave de judo” (Neus Tomás, dixit), la mera sugerencia de entenderse con quienes ha tachado de “delincuentes”, “terroristas”, “rompepatrias” y “cómplices de los corruptos”, ya había levantado ampollas en su hiperventilada batería mediática y en buena parte de su partido. Lo de pedir auxilio a la mismísima encarnación del Mal, después de haber hecho del anticatalanismo el eje de su estrategia de oposición, mal, siempre mal para las “cayetanas” y las “ayusers”. Tan mal que sus opinadores de cabecera le han llamado cateto, ignorante y provinciano por acariciar siquiera la idea de arrimarse al nacionalismo catalán o vasco. Los unos son el anticristo y los otros, los “hermanos de sangre del partido de la ETA”.

Así que, después de semejante rapapolvo, el Feijóo más altanero se plantó ante el Cercle d'Economia, con la lección aprendida y consiguió dejar aún más en evidencia su insoportable levedad en Catalunya. Lejos de seducir al empresariado catalán con un proyecto político ilusionante o soluciones para los problemas cotidianos, se dedicó a hablar de su libro, que no es otro que echar de La Moncloa a Pedro Sánchez. Y lo hizo con tal tono de autosuficiencia y desprecio que dejó perpleja a la plana mayor del empresariado catalán. 

El respetable salió de allí con más dudas que certezas sobre el liderazgo de quien ha hecho del anticatalanismo el ingrediente principal de su menú político. “No vengo a pedir favores”, les espetó antes de reprochar que se lleguen a acuerdos con Catalunya sin hablar con las demás Comunidades. Debe ser que al Pacto del Majestic, Aznar además de a Pujol, invitó al resto de líderes políticos del momento. 

Luego se preguntará por qué el PP es una fuerza irrelevante en una Comunidad que aporta 48 de los 350 diputados del Congreso. Desde la recogida de firmas contra el Estatut, el boicot a los productos catalanes, las cargas policiales del 1-O, la delegación a los tribunales de la competencia para resolver un conflicto político o las sucesivas ofensivas contra el catalán, la derecha no se cansa de acertar con Catalunya. No ha entendido aún que para construir España no se puede dar la espalda a una parte de ella y tampoco azuzar el enfrentamiento entre territorios o hacer gala de una catalanofobia que roza el paroxismo. 

Basta con repasar la historia electoral para constatar que desde 1993, el peso de Catalunya ha sido determinante en el resultado de buena parte de las elecciones en las que ningún partido obtuvo mayoría absoluta. Y casi siempre en beneficio de la izquierda. En 1996, la amarga victoria del PP (que se quedó a 20 escaños de la mayoría absoluta) habría resultado mucho más satisfactoria para Aznar sin el resultado catalán. Y en 2004, pese a sus mentiras sobre los atentados del 11M, Rajoy hubiera empatado en número de diputados con Zapatero. En 2008, los populares habrían quedado dos escaños por delante del PSOE. Y en las de 2015, PP y Ciudadanos hubieran estado por encima de la mayoría absoluta en el caso de descontar los diputados catalanes. La moción de censura de 2018 no hubiera tenido opción de prosperar jamás, en ausencia del corpus electoral catalán y en las elecciones de 2023, PP y VOX hubieran sumado mayoría absoluta.

Feijóo lo sabe, llegó a la presidencia del PP cargado de buenas intenciones y hasta reconoció errores de su partido con Catalunya que dijo estar dispuesto a enmendar. No lo hizo. Su dependencia de la caverna mediática y de quienes, como Ayuso, le auparon al liderazgo orgánico, le han convertido en un títere de la España centralista y reaccionaria. La que prefiere el “a por ellos” en lugar de “con ellos”. La que pretende convencer en balde que en Euskadi hoy se vive peor que en 2010 cuando existía ETA. La que cree que dialogar es una cesión intolerable y pactar, una traición a la patria. La que niega que en Catalunya se viva hoy mejor que en 2017. La que parece añorar que la independencia haya desaparecido de la conversación pública. La que desprecia que la convivencia se haya impuesto a la confrontación. Y la que aún no ha aprendido que gobernar este país en contra de Euskadi y Catalunya es una quimera.

Que Pedro Sánchez anunciara este miércoles en Barcelona, en el mismo lugar que Feijóo desconcertó a los empresarios, los trámites para la presentación de los Presupuestos Generales para 2027 no es casualidad, sino un guiño más a sus socios de Junts y ERC, con quienes se comprometió a seguir trabajando en la “agenda del reencuentro” que ha devuelto la normalidad política, social y empresarial a Catalunya. Tanto, ironizó, que ha supuesto que hasta Feijóo reconoce ahora a Junts como “actor político”. Solo cuando no siente el aliento de sus cancerberos.

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