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El fin de siècle del mundo editorial ha comenzado en Francia

Tito Lessi, Bernardo Cennini en su taller de impresor (GNAM, Roma). El saqueo de Maguncia (1462) dispersó la imprenta por Europa; la IA amenaza con reordenar de nuevo el poder editorial.

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Desde París ha llegado, discretamente, una de esas noticias que parecen menores y, sin embargo, huelen a cambio de época. No es un premio literario ni el cierre de una librería histórica. Es un comunicado de la Association des traducteurs littéraires de France (ATLF) que anuncia, con una sobriedad muy francesa, que Harlequin (sello del grupo HarperCollins) ha decidido pasarse a la inteligencia artificial.

Traducido a prosa llana: varias decenas de traductores que llevaban años trabajando con la editorial han recibido una llamada telefónica: sus contratos en curso serán los últimos. A partir de ahora, explica la ATLF, un proveedor externo —la agencia Fluent Planet— pasará los manuscritos por un software de “traducción automática” y luego contratará freelancers para que hagan la “posedición” de lo que escupa la máquina. El objetivo declarado: ganar en rentabilidad recortando tiempo de trabajo.

La asociación no se anda con rodeos: habla de “bradage de la traduction”, de rebajar a saldo la actividad de traducir, y de algo que llama un “plan social invisible”: nadie despide a nadie, simplemente se deja de encargar trabajo a colaboradores que llevan diez, quince o veinte años traduciendo para la casa. Personas que, además, no tienen un paro en condiciones ni una pensión garantizada por cómo está montado el sistema de cotizaciones del sector.

Y la denuncia va más allá del drama individual. La ATLF acusa a Harlequin de traicionar también a los lectores: de abrir la puerta a una lógica del good enough, de la “calidad pasable”, que vacía la traducción de saber hacer y de creatividad, y priva al lector de algo tan simple y, a la vez, tan complejo como una literatura “humana y viva”.

Hasta aquí, los hechos.

Lo que está haciendo Harlequin no es ciencia ficción: es contabilidad creativa. Donde antes había traductor, ahora habrá “posteditor”. El matiz no es inocente. Traduce la IA, revisa un humano mal pagado, la editorial cobra lo mismo y el coste laboral se desploma. Es difícil imaginar un resumen más conciso del capitalismo tardío.

Que esto iba a ocurrir era inevitable. Hoy caen los traductores, pero luego caerán los correctores ortotipográficos, seguidos de los maquetadores, los diseñadores de cubiertas, los que montan booktrailers para redes. Todo lo que pueda automatizarse lo será. Las editoriales que consigan sustituir más nóminas por suscripciones a plataformas de IA celebrarán el trimestre. Hasta que se den cuenta de que todas las demás han hecho exactamente lo mismo y que la carrera hacia el fondo no tiene línea de meta, solo abismo.

Pero quizá el dato verdaderamente interesante no es lo que pierden las editoriales, sino lo que ganan —o pueden ganar— los autores.

El escritor sin padrinos: IA como arma contra el limbo editorial

Durante décadas, escribir un libro significaba también entrar en una especie de purgatorio administrativo: agentes literarios, pilas de manuscritos inéditos, silencios de meses, a veces de años. Y, si tenías suerte, una carta estándar diciéndote que tu obra «no encaja en la línea editorial», aunque nadie sepa muy bien qué demonios significa eso.

La irrupción de la IA cambia radicalmente esta ecuación. Hoy cualquier escritor puede, en teoría, decirle a un modelo de lenguaje: “Corrige mi manuscrito, propón una cubierta, maqueta el texto en EPUB y en papel, y prepara tres reels de Instagram y un trailer corto para TikTok”.

Paquete completo. En una semana, ese manuscrito puede estar expuesto en la “vitrina” de Amazon en varios formatos, traducido a tres idiomas y promocionado en redes con una campaña de diez euros al día. ¿Tienes diez libros al año? Por cien euros cada uno, puedes montar tu propia “editorial llave en mano” y ofrecer el mismo servicio a terceros. Cien libros: diez mil euros. Y si cobras en criptomonedas, Hacienda necesitará otro modelo de IA para seguirte la pista.

¿Exagero? Quizá en los detalles, no en la dirección de viaje.

Mientras tanto, una editorial tradicional te ofrece otra cosa: un año de espera para una respuesta incierta, un contrato de cesión de derechos creativo, y la promesa —cada vez más dudosa— de que solo ellos pueden llevar tu libro a los lectores.

¿De verdad?

Textos escolares a 60 euros y vinilos editoriales

Pensemos en uno de los negocios más blindados de la edición: los libros de texto. Cada mes de septiembre, miles de familias maldicen el momento en el que tienen que volver a comprar el manual de Matemáticas de primaria y su correspondiente cuadernillo de ejercicios, —a 60 euros el ejemplar, porque la edición del nuevo año escolar ha sido “actualizada”. En muchos casos, la actualización consiste en cambiar el color de la portada y mover de sitio un problema de álgebra.

Ahora imagina el siguiente escenario: un grupo de profesores bien avenidos decide usar IA para generar un libro de texto completo, ajustado al currículo, actualizado cada trimestre y liberado bajo una licencia abierta. Lo maquetan bonito, lo revisan a fondo, imprimen bajo demanda. De pronto, el libro de Matemáticas cuesta diez euros. Y si ya tienes una tablet, ni eso.

La analogía con los vinilos no es casual: igual que el streaming no mató la música en vinilo, pero la convirtió en un objeto fetiche, las editoriales podrán sobrevivir si asumen que ya no controlan el acceso básico al contenido. Podrán convertirse en artesanos de edición: tiradas cortas, ediciones cuidadas, papel de alta calidad, cubiertas que da gusto tocar. Tendrá sentido pagar más por un libro porque es un objeto bello, durable, porque sabes quién lo ha traducido y en qué condiciones.

Pero si la única propuesta de valor de una “casa editorial” es actuar como intermediaria entre autor e imprenta, y encima subcontrata la traducción a una IA con posedición barata, no estamos ante una casa: estamos ante un hub logístico con logo.

La tentación de fabricar cultura en serie

Si esto pasa con los libros, imagina el resto de la cultura.

Has leído toda Agatha Christie y has visto todas las adaptaciones de Poirot. Pides a la IA que te escriba una nueva novela “como si fuera” Christie. No será igual (todo se andará), pero será suficientemente parecida para llenar una tarde. Después, otro modelo te genera un guion, otro más te crea un storyboard y, de ahí, a una serie entera generada en un servidor con un David Suchet “virtual” de protagonista hay un salto, no un abismo.

La educación tampoco se libra. Un modelo de IA ya puede montarte un plan de estudios similar al de Harvard desde cualquier parte del mundo: lecturas, ejercicios, exámenes, feedback detallado. Añade hologramas domésticos y robots con voz de profesor, y tendrás al catedrático en el salón, dando turno de palabra a quien levante la mano.

Y si aún no te parece suficiente, proyecta diez años más: Frank Sinatra cantando en tu cumpleaños gracias a un modelo de voz entrenado en todos sus registros, mientras una IA visual recrea su presencia con precisión milimétrica. No estamos hablando de 2126. Muchas de estas cosas las verán nuestros ojos.

En ese contexto, lo que ocurre hoy con Harlequin no es un rayo en cielo sereno, sino la primera gota de una tormenta anunciada.

Hay algo casi poético en todo esto. El buen Johannes Gutenberg murió arruinado mientras otros —príncipes, banqueros, obispos— entendían mejor que él el poder político de la imprenta y se quedaban con el invento. Cinco siglos después, las editoriales han jugado a ser los nuevos guardianes de la imprenta digital… y la IA está a punto de hacerles un Gutenberg: les quita el monopolio del acceso y les deja el riesgo, la nostalgia y los comunicados de prensa indignados. No es que desaparezca el libro; es que desaparece el privilegio de decidir quién merece llegar a la estantería.

¿Qué les queda a las editoriales?

Volvamos a la pregunta incómoda: ¿qué vías de salida tienen las editoriales si sustituir personas por IA solo las mete en una carrera hacia el fondo del abismo?

Algunas posibilidades:

- Curaduría radical: dejar de publicar por inercia. Elegir menos títulos, mejores, y defenderlos con uñas y dientes. Convertirse en una marca de confianza para lectores que saben que allí hay criterio, no solo volumen.

- Transparencia laboral: sellos que presuman, no de IA, sino de lo contrario: “Este libro ha sido traducido, corregido y maquetado por humanos, en condiciones de trabajo dignas”. Igual que hay café de comercio justo, puede haber literatura de trabajo justo.

- Edición como objeto: hacer del libro algo que Amazon no pueda replicar en un clic: ediciones numeradas, papel de calidad, ilustraciones originales, encuadernaciones que apetezca tener en la mano y no solo en la nube.

- Acompañar a los autores: en lugar de ser fronteras, convertirse en aliados. Ayudar a construir carreras, no solo a lanzar productos. En un mundo de sobreabundancia de contenido, alguien tendrá que ayudar a ordenar, a dar contexto, a decir “esto merece tu tiempo”.

Ante el nuevo horizonte de IA y robótica que se divisa para muchos sectores —empezando por el editorial—, podemos aventurar que ya no se trata de ganar, sino de sobrevivir.

Lo que seguro no funciona es competir con las tecnológicas en su propio terreno: creer que el futuro de la edición pasa por tener el mejor motor de traducción automática o el algoritmo de recomendación más agresivo. Para eso ya tenemos plataformas —muchas de ellas, además, “gratuitas”.

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