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ANÁLISIS

La ofensiva china del encanto: Pekín se acerca a los aliados de EEUU ante las rabietas de Trump con sus socios

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su homólogo chino, Xi Jinping, el pasado octubre en Busan (Corea del Sur).
16 de febrero de 2026 21:02 h

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Si una parte de la geopolítica se define por la cordialidad entre los líderes mundiales, China hizo, hace no mucho, una jugada inesperada para ganarse el favor de Irlanda durante la reciente visita a Pekín de su primer ministro. En el Gran Salón del Pueblo, Xi Jinping le dijo a Micheál Martin que una de sus novelas favoritas durante la adolescencia fue El tábano, escrita por la irlandesa Ethel Voynich y ambientada en el fervor revolucionario de la Italia de la década de 1840. “Fue extraño que termináramos hablando de El tábano y de cómo nos había impactado, pero así fue”, dijo Martin a los periodistas en Pekín.

China está desplegando una estrategia de seducción con los líderes occidentales, un trabajo en el que le ayudan mucho las erráticas y desestabilizadoras maniobras de Donald Trump para tratar de acaparar poder en el mundo. Estados Unidos ya no parece un socio fiable, por mucho que Europa respirara aliviada cuando Trump retiró la amenaza de utilizar la fuerza militar en Groenlandia y dijo que no impondría aranceles a los que se resistían a sus planes para el Ártico.

Un editorial del periódico estatal chino Global Times dejó clara la postura de Pekín. “Europa debería considerar seriamente la creación de una comunidad China-UE con un futuro compartido”, decía el artículo, donde se alertaba al mundo del riesgo de “volver a la ley de la selva”. China y la UE deberían cooperar en la construcción de “un futuro compartido para la humanidad”, añadía el texto.

Ningún país puede darse el lujo de romper relaciones, ni de enemistarse de verdad, con la principal economía del mundo. Pero los aliados tradicionales de Estados Unidos están buscando estabilidad en el país al que muchos en Washington perciben como una amenaza existencial: China.

“Los líderes europeos se están asegurando de mantener abiertos los canales con Pekín ahora que la política estadounidense vuelve a parecer impredecible, como han puesto de manifiesto las tensiones y amenazas arancelarias por Groenlandia”, dice Eva Seiwert, analista senior en el Instituto Mercator de Estudios sobre China. “El peligro de este enfoque es que se mantenga, o que incluso aumente, la dependencia con China en un momento en que el objetivo declarado de Europa era reducir el riesgo”.

De Carney a Starmer

La pauta del reajuste de los países occidentales con relación a China la dio Mark Carney, el primer ministro de Canadá (elegido con la promesa de que plantaría cara a la intimidación estadounidense), durante su reciente viaje a Pekín. “Canadá está forjando una nueva asociación estratégica con China”, dijo Carney antes de añadir que el orden mundial se encontraba en un punto de “ruptura, y no de transición”.

Siempre nos hemos creído los principales beneficiarios del orden internacional que se estableció tras la Guerra Fría. Nos cuesta admitir que este orden esté experimentando una transformación tan profunda

Song Bo Investigador del Centro de Seguridad y Estrategia Internacional de la Universidad de Tsinghua

La postura oficial de Pekín frente a este reajuste es de prudencia. En otro artículo publicado por los medios estatales, se rechazaba explícitamente la idea de que a China le viniera bien el caos actual.

Song Bo, investigador del Centro de Seguridad y Estrategia Internacional de la Universidad de Tsinghua, cree que las autoridades políticas chinas no están dispuestas a admitir en público que se haya producido un cambio fundamental en el orden mundial. “Siempre nos hemos creído los principales beneficiarios del orden internacional que se estableció tras la Guerra Fría”, dice Song en referencia al rápido crecimiento económico chino, propiciado por la globalización en los 90 y los 2000. “Nos cuesta admitir que este orden esté experimentando una transformación tan profunda”.

“Al observar los intentos de Trump de hacerse con Groenlandia, Pekín parece seguir la máxima de Napoleón: 'Nunca interrumpas a tu adversario cuando está cometiendo un error”, escribe en la red social X Ryan Haas, investigador sénior en el centro de estudios Brookings Institution. 

Aunque China prometa lealtad al orden internacional basado en normas, Xi lleva tiempo hablando de los “grandes cambios, nunca vistos en un siglo”, que está experimentando el mundo, en línea con las declaraciones de Carney sobre una “ruptura” en el orden global. “Aunque no haya convergencia de valores, intereses o resultados, Pekín pude usar el lenguaje de Carney de forma retórica para sugerir que comparten el diagnóstico de la inestabilidad centrada en Estados Unidos”, dice Seiwert, del Instituto Mercator.

La postura de Carney sobre China se debe en parte a su tensa relación con Trump. Mientras divagaba con su discurso en Davos, Trump criticó duramente al premier canadiense por no estar “agradecido”. “Canadá vive gracias a Estados Unidos, recuérdalo, Mark”, le espetó.

En lugar de doblegarse ante su vecino del sur, Carney está tratando de reducir la dependencia con Estados Unidos. En Pekín acordó bajar aranceles a los vehículos eléctricos chinos, que pasarán del 100% hasta el 6,1%. Abandonaba así el alineamiento de Canadá con Estados Unidos, que había bloqueado casi por completo la entrada al mercado norteamericano de los coches eléctricos chinos, uno de los principales productos de exportación del gigante asiático.

Ahora los vehículos eléctricos chinos están en camino de representar una quinta parte de las ventas de vehículos eléctricos nuevos en Canadá, si no más. Aunque solo representen una pequeña parte de las exportaciones chinas de vehículos eléctricos, el acuerdo supone una victoria política importante para Pekín. En la agenda política canadiense parecen haber perdido importancia las antiguas preocupaciones sobre la dependencia económica con China, y hasta las injerencias chinas en las elecciones.

El primer ministro británico, Keir Starmer,  recibido por una guardia de honor tras su llegada a China para una visita de Estado este miércoles.

El primer ministro británico, Keir Starmer, visitó China en unas circunstancias ligeramente diferentes a finales de enero. Su relación con Trump es más cordial, aunque la retórica se haya endurecido por los enfrentamientos sobre Groenlandia y sobre el archipiélago de Chagos. Además, en su país esperaba que demostrara dureza con China en lo que se refiere a seguridad y a derechos humanos, dos cuestiones que avivaron la polémica por la megaembajada que China había solicitado construir en Londres, aprobada por el Gobierno de Starmer pese a la intensa oposición.

“Aunque no haya demostrado ser un primer ministro eficaz ni un gran conocedor de China, Starmer no es tonto”, dijo Steve Tsang, director del SOAS China Institute, antes de la visita. “Querrá mejorar las relaciones con China para mejorar la economía y el comercio de Reino Unido, pero no va a ver a China como un socio más fiable que Estados Unidos para Reino Unido”.

Pese a todo, Starmer buscó emular a Carney firmando acuerdos y captando para la economía del Reino Unido unas muy necesarias inversiones. Le acompañaron representantes de empresas británicas de primer orden y reavivó el organismo de diálogo empresarial UK-China CEO Council, pese a las preocupaciones crecientes en el Reino Unido por los riesgos que implican las inversiones chinas para la seguridad nacional.

Durante su visita, Starmer abogó por una mejor relación entre ambos países y consiguió la exención de visado para los ciudadanos británicos que viajen a China por un periodo de hasta 30 días. La respuesta de Trump a la visita del primer ministro británico fue decir que el acercamiento de Reino Unido con China es “muy peligroso”.

Un giro difícil

El giro hacia Pekín no es en absoluto sencillo. Song explica que los dirigentes de la Comisión Europea siguen siendo hostiles a la potencia asiática, algo que a las autoridades y líderes empresariales de China les cuesta encajar con el supuesto acercamiento entre China y los distintos países europeos.

Xi Jinping con Emmanuel Macron en 2023.

En su opinión, los principales obstáculos para mejorar las relaciones son la guerra en Ucrania y la frialdad general del bloque europeo. “Las relaciones entre China y Europa no experimentarán ninguna mejora significativa hasta que estos dos temas no se resuelvan”, dice.

Ucrania fue una de las prioridades en el viaje del primer ministro de Finlandia, Petteri Orpo, que aterrizó el mes pasado en Pekín. “El apoyo de China a Rusia ha tensado sin duda las relaciones con los países nórdicos, y Finlandia no es una excepción”, dice Patrik Andersson, del Instituto Sueco de Asuntos Internacionales. Sin embargo, Andersson señala que las relaciones de Finlandia con China suelen ser más estables que las de Suecia y Noruega, y que es probable que la visita refuerce esos lazos.

En los meses que siguieron a la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en febrero de 2022, muchos países europeos tuvieron que lidiar con su dependencia de Moscú para el suministro de materias primas clave, como los combustibles fósiles. Se argumentó entonces que Europa no podía generar una situación similar con China, el principal proveedor mundial de tecnologías de energía renovable. “China representa un riesgo a gran escala”, dijo ya en 2020 Simon Gass, presidente del Comité Conjunto de Inteligencia de Reino Unido.

Es posible que estas cautelas estén siendo olvidadas ahora, con las potencias medias tratando de aferrarse al multilateralismo para enfrentar la bola de demolición puesta en marcha por el país que antes era su principal defensor. China insiste: el comportamiento de Trump no es motivo de celebración. Pero lo cierto es que sus acciones podrían reforzar la posición de Pekín en el escenario internacional.

Traducción de Francisco de Zárate.

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