Fuego a ras de suelo: donde el manto de pinocha está ahí, combustible e intocable
La estampa es para echarse las manos a la cabeza. Porque lleva tiempo delante de los ojos de quienes han visto caminos tupidos de vegetación en la Cumbre de Gran Canaria, sin que el sentido común gobernara. O la lógica inquietante de senderos y carreteras rebosantes de ramas, hierba seca y pinocha caída pidiendo vida al fuego. Cosas de la normativa que impide recoger del suelo lo que no sea basura humana.
Ahora, donde antes era verde cuando llovía, amarillo pálido en estos tiempos de ni gota, o hasta blanco cuando la nieve alegra un par de días la tierra y la mirada de los grancanarios, solo se pisa un negro tétrico que humea como si de un asadero se tratase. Que impregna la ropa y las fosas nasales más allá de la vuelta a casa. Es un negro como carbón de una desgracia que ha caído sobre parajes fríos. Paradójico.
Es lo que marca el pisar de las botas por Llanos de Ana López, el Diseminado de sus casas en busca de la vivienda de la víctima mortal del incendio que asola la isla desde el miércoles, o la negritud de la Degollada Becerra, donde el mundo se para de vez en cuando a contemplar los roques Nublo y Bentayga; al fondo el Teide. De donde nace el barranco de La Mina que ahora se deshidratada entubada sus aguas.
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