Almudena Suárez, escritora: “La muerte genera dudas del papel que tuvimos en la vida de una persona”
Dentro de Almudena Suárez conviven dos identidades en una fértil armonía. La científica, catedrática de Teoría de la Señal y Comunicaciones en la Universidad de Cantabria, con dos doctorados, y la literaria. La autora de tres novelas que ha publicado El Desvelo. En la última, Llamada en espera, narra cómo una mujer desanda el camino para volver al pasado, al origen. No para reescribirlo, sino para volverlo a leer, para explorar los huecos que pasaron desapercibidos. Suárez ha escrito una novela de intriga donde el duelo se convierte en obsesión con un punto de partida perturbador: una mujer se queda a la puerta del aeropuerto con las maletas esperando que su pareja aparque. Él no regresa nunca. Una ausencia que no consigue entender, “que le provoca una discontinuidad”, explica la propia autora santanderina.
En su trayectoria se distinguen dos identidades: la escritora y la científica, experta en ingeniería eléctrica. ¿Desde cuándo se llevan tan bien las ciencias y las letras? Esa dualidad que se proyecta en el personaje de la mujer que analiza o padece el duelo con mentalidad científica...
La protagonista de la novela es muy racional y, sin embargo, no sabe cómo incorporar a su vida la idea de la muerte, porque ella no se ha enfrentado a ninguna antes que esa. Esa discontinuidad que en un momento algo que formaba parte de su vida desaparece le cuesta mucho cuestionar sin algo que para ella era fundamental, como una especie de segunda voz que tenía siempre a su lado. Esa discontinuidad, los cambios que produce y el hecho de que no hay vuelta atrás, lo procesa muy mal a pesar de su profesión, que debería ayudarle a comprenderlo. Pero no sabe enfrentar esos sentimientos.
Otra de las cuestiones sobre las que invita a reflexionar el libro es cómo una misma persona puede ser absolutamente diferente en su forma de ser con su pareja o en el trabajo. ¿Cree que todos tenemos esas versiones a veces contradictorias de nosotros mismos? ¿Somos varias personas a la vez?
Sí, desde luego. De alguna manera nuestra personalidad se ve muy afectada por el interlocutor, por la persona con la que nos encontramos. Hay una retroalimentación y dependiendo de con quién estemos surgen partes de nuestra personalidad diferentes. Cambiando de entorno la personalidad no va a cambiar de todo, pero va a tener una especie de modulación. De hecho, la propia protagonista reconoce que eso también lo había percibido, pero no le había dado importancia. En su relación del día a día eso no ocupaba mucho espacio y se revela más a través de lo que va hablando con diferentes personas. Él no es que lo hubiera ocultado, pero ella de alguna manera había velado esas connotaciones de su personalidad.
Su tercer libro, Llamada en espera, es un thriller psicológico desde la mirada femenina de su protagonista que va reescribiendo algo que en principio parece inalterable, que es el pasado. ¿Tiene alguna lectura o alguna relación con la necesidad de poner en cuestión la historia, lo que a veces nos han contado como una versión oficial, como el caso de la memoria histórica?
Ella le encuentra a él por una casualidad y quiere olvidar toda su vida con él como una forma de enfrentarse a la ausencia. Intenta saber qué hubiera pasado con la trayectoria que llevaba de no haberse producido esa perturbación del camino que llevaba en su vida. Intenta volver ahí, continuar desde el mismo punto y ver qué evolución hubiera tenido.
La muerte está muy presente en su narrativa, en las tres novelas que ha editado con El Desvelo, ¿por qué siempre es el eje de sus argumentos?
La interrupción en la vida que supone la muerte genera muchas preguntas. Hay cantidad de interrogantes porque son diálogos que se interrumpen para siempre y quedan cuestiones por responder, que quizá no se nos ocurren en el momento en que vivía esa persona, pero que después producen grandes dudas. No puede haber nada más fuerte que el final de la vida de alguien que nos es próximo. La muerte puede cambiar la perspectiva que teníamos sobre esa persona que falta porque nos cuestionamos cosas y hay preguntas sin responder. En sí misma la muerte genera misterio, interrogantes. Genera dudas acerca, incluso, de nosotros mismos, del papel que tuvimos en la vida de esa persona. Es un activador muy fuerte.
Hay algo que refleja también de manera inquietante: cuando el rostro de las personas que han muerto se empieza a desdibujar y se recurre a mirar las fotografías para que se conserve nítido. ¿Qué sentido tiene para la protagonista?
Es un problema. Ese alguien ocupa todo su pensamiento y no puede recordar su cara, no la puede visualizar. No sé por qué sucede, pero a mí misma me pasa con personas que veo todos los días e intento recordar su cara y me resulta imposible. En cambio, otras que he visto muy de cuando en cuando las recuerdo con perfecta nitidez. Eso sí que puede suceder. Alguien para quien esa ausencia ocupa tanto espacio tiene que ser algo muy inquietante y perturbador. Le recuerda de otras maneras, pero no puede visualizarle la mayoría de las veces.
'Llamada en espera' habla de algo cotidiano, que es la muerte, desde el punto de vista de un complejo duelo interior. Retrata muy bien cómo enseguida todas las personas cercanas ofrecen la misma receta: la vida sigue, hay que pasar página ¿hay cierta urgencia en la sociedad por minimizar la importancia del duelo? ¿Hay cierta presión para que recuperarnos de inmediato aunque sea a base de pastillas que no nos hagan sufrir? ¿Qué relación estamos teniendo como sociedad con la muerte?
El planteamiento es que debe superarse, que tiene sus etapas y que al cabo de un tiempo queda ahí, aunque va a doler siempre, y la vida continúa. Yo me preguntaba qué pasa si eso se extiende muchísimo más de lo que estaba previsto. Las etapas puede que estén ahí pero no son tan dinámicas ni están tan bien organizadas como sugiere la psicología tradicional. En el caso de la protagonista se prolonga bastante más y ella misma busca sus propias soluciones -que no encuentra en los consejos de los demás- y lo hace de formas bastante drásticas.
¿Su mirada científica está presente en la forma en la que abordas la literatura?
La parte científica tiene una parte de escritura muy importante porque no vale solo con haber encontrado algo nuevo, sino que esa novedad hay que exponerla, se tiene que escribir y tiene que llegar a un lector. Hay que comunicarla de la manera más eficaz posible, hay que llegar a alguien que lo está leyendo a quien no conoces. Esa idea se tiene que trasmitir con coherencia, bien organizado e incluso expuesto de manera que, aunque sea algo científico, genere una cierta intriga que haga que el lector llegue hasta el final. Desde ese punto de vista, en la literatura se trasmiten otras cosas, otro tipo de acción, hay sentimientos, psicología, diálogos, conversaciones, pero esa comunicación entre el escritor y el lector desconocido es lo primordial. Creo que en ambos ámbitos es igual. Después hay aspectos como la coherencia, la causa-efecto, la eficacia... es decir, que no sobre nada y que tampoco falte. En la escritura científica es muy importante que nada puede estar de más y nada puede faltar. Mi aproximación a la literatura es parecida. Intento que la personalidad de los personajes se pueda intuir con acciones relativamente pequeñas porque en la vida nos formamos una opinión de una persona a partir de un gesto, no hace falta exponer ni indagar mucho. Intento que la literatura sea eficaz y, por otro lado, no es esquemática, porque no hay manera de trasmitir un espacio, un ambiente, si no hay una literatura evocadora o sugerente. No sé si lo logro, pero es el objetivo que tengo a la hora de escribir.
¿Qué supone para usted la literatura? ¿Una forma de evasión de su actividad científica o un compromiso más intenso?
Es una evasión en la que las reglas son otras, me salgo de la rigidez que puede tener la parte de investigación, más matemática. Me resulta muy entretenido, me gusta mucho y prácticamente todos los días dedico algo de tiempo porque de lo contrario la continuidad de la novela es casi imposible. Lo que hago mucho es reescribir porque hay muchas cosas que no se establecen relaciones entre ellas hasta que se vuelve a leer, y algo que parecía que no tenía función cuando ya está escrito el final se puede conectar. Al menos en mi caso se establecen muchas conexiones a través de la relectura de lo que escribo.
¿Cuándo empezó a escribir?
Prácticamente desde siempre, pero no me animé a publicar nada hasta hace unos con la primera de las tres novelas que publicó El Desvelo. No sé por qué esa me pareció que igual se podía publicar, pero llevo escribiendo desde los 18 años.
¿Cómo fue el paso de salir de la intimidad narrativa en la que habitaba y publicar sus novelas?
La actividad de escribir es muy solitaria y ahora puedo escuchar a la otra parte. El poder escuchar comentarios sobre la historia y los personajes me gustó mucho porque dejó de ser unilateral para entrar en la bilateralidad.
¿Qué lecturas le han conducido a ser escritora?
Los clásicos del XIX y principios del XX. Me gustaba entender por qué habían perdurado, por qué no son novelas que hayan tenido una vigencia corta, sino que llegan hasta hoy y están en cualquier librería. Soy un poco obsesiva así que con cada autor que escogía leía prácticamente la totalidad de Galdós, Balzac, Zola, Tolstói, Flaubert, Henry James. Me han gustado mucho Thomas Mann y Joseph Roth. De los franceses, Maupassant. Mi impresión es que conseguían generar una tensión, una intriga y los diálogos una fuerza, una intensidad que, en muchas de esas obras, te tienen pegado a la lectura y por eso han perdurado. El ser humano es el mismo, cambian las circunstancias, los tiempos, pero las formas de reaccionar, el egoísmo y la generosidad, las actitudes... todo está en esas obras.
De hecho, su novela habla de dos temas fundamentales, el amor y la muerte, que están muy presentes en la literatura universal.
La muerte produce una ruptura total, es una discontinuidad, un golpe, un final. Un precipicio en mitad del camino. Muy difícil ver cómo atravesarlo. Incluso la vida y su final es difícil de entender en sí misma. Plantea incógnitas y para la narrativa muchas posibilidades de interpretación porque hay muchas reacciones posibles.
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