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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Del arduo camino para ser niño

Un niña consulta un stand en la Feria del Libro de Santander. |

Se desconoce su nombre como se desconoce la suerte de tantos otros millones como él, pero en el sur de Hispania, la España romana, hay una lápida con su perfil y sus útiles de trabajo. Está muy deteriorada por el paso del tiempo, pero es perfectamente apreciable su figura menuda, su flequillo y el cesto y el pico con los que desenvolvió en vida.

Tenía cuatro años cuando murió.

¿Quién le dedicaría una lápida a quien no tenía ni para comer? Es un misterio, tal vez sus compañeros de trabajo o su amos. Nunca se sabrá. Los paleógrafos no han descifrado nada porque nada había que descifrar, ni una miserable inscripción, pero sí que se sabe que en la Hispania preimperial, decenas de miles de esclavos trabajaban en las minas y en la incipiente industria de transformación (en el Norte, ese espacio montañoso que había que conquistar para nada en especial, nos dedicábamos a la rapacería y el mercenariado, lo cual no deja de tener su ironía en tierra de hidalgos.)

No andaba muy lejos la Edad de Bronce y la del Hierro estaba a la vuelta de la esquina. Se conoce, mediante la extracción de grandes cilindros de hielo del casquete polar, que la contaminación que dejaba la minería en el sur de España llegaba hasta el Ártico. Y también se han encontrado esqueletos de menores en todo el área del antiguo Imperio Romano con los huesos y las articulaciones deformadas por el duro trabajo. Extraer mineral, abatanar tejidos, acarrear pesos eran el pan de cada día de esos niños.

Mil ochocientos años después las cosas no habían cambiado mucho. Nos desplazamos a Londres y a las ciudades inglesas de la incipiente Revolución Industrial, y de nuevo los niños en las minas, que con sus pequeños cuerpos llegaban a las vetas más recónditas y sus pequeñas manos eran ideales para las manufacturas más delicadas. Niños en todo tipo de trabajos, 14 horas al día, ancianos adolescentes a los que sus propias familias empujaban al trabajo, del mismo modo que durante siglos la mejor manera (y la más impune) de cometer infanticidio con las niñas era dejarlas morir de inanición o que su madre las asfixiara con su cuerpo durante la noche.

Basta leer una novela de Dickens (él mismo vivió en una cárcel con su padre y trabajó de niño en una fábrica de betún) para intuir que los colegios y hospicios eran campos de exterminio por inanición. Los expósitos y los pobres caían como moscas en estas honorables instituciones privadas en donde el castigo corporal, las enfermedades y el hambre eran la nota común.

Cada año, en Inglaterra, 25.000 personas, incluidos niños, eran ahorcadas, en la mayoría de los casos por delitos menores. 25.000 al año hacen que sean 250.000 en una década y 2,5 millones en un siglo.

Pip, el héroe de 'Grandes Esperanzas' vive a base de golpes en casa de su hermana y Viernes, el esclavo adolescente que acaba en la misma isla que Robinson Crusoe, es reducido a la condición de esclavo por éste con la mayor naturalidad del mundo. Imagínese, estar solo en una isla desierta, encontrar a alguien... y convertirlo en esclavo.

Baste leer un cuento infantil para comprender que eran manuales de instrucciones de supervivencia. Ahora nos ha llegado una versión edulcorada de todos ellos: remóntese a los textos originales y le crujirá la sensibilidad.

¿Qué es ser niño en un cuento infantil? Es un adulto de tamaño reducido que puede ser...

... devorado

... torturado

... vendido

... horneado

... raptado

... explotado

... asesinado...

Y ahí tenemos una pléyade de madres y reinas correosas e infanticidas, padres descerebrados, gigantes caníbales, brujas arteras, lobos, muchos lobos, gatos mentirosos y rapaces, castillos y mazmorras, bosques tenebrosos...

Pinocho, la creación de Geppetto, anhela que su madera se convierta en carne y ser al fin humano, sin saber lo que a los humanos les está reservado. Y Peter Pan, tan cargante él, quiere seguir siendo niño porque en la isla de Nunca Jamás no hay máquina de vapor ni pistones hidráulicos. Si no, de qué.

Recientemente, hace unos meses, un editor amigo mío, Jesús Ortiz Pérez del Molino, de la editorial Milrazones, me pidió que reescribiera algunos cuentos clásicos que por algún motivo habían causado irritación a los ilustradores invitados. '¡Que tirria! Los mejores y más odiosos cuentos clásicos', se titula. Como soy un inconsciente, lo hice. La ideal era original y transgresora, de Carmen Palomo, todo sea dicho, pero a mí me hizo sudar tinta escribir aquellas 50 líneas, no más, que intentaban evidenciar que, debajo de aquella capa de glucosa con que hemos sepultado la infancia, latía un mundo despiadado y muy, muy triste.

Todos los cuentos infantiles tienen un poso de tristeza y melancolía. Rosa Chacel, cuando la preguntaron si querría volver a la infancia, hacía aspavientos y contestaba que ni loca.

La infancia es el Nunca Jamás de nuestra biografía, pero no necesariamente feliz. Ahora, en que la infancia está reconocida e interiorizada, siguen campando los depredadores, grandes hipócritas que se camuflan como el lobo, en puestos esenciales con la carne fresca a su alcance: colegios, orfanatos, clubes deportivos, centros de acogida... Padres inocentes se dejan la piel para pagar los estudios a sus hijos... a los que ponen con toda confianza en manos de alimañas. Todavía sigue existiendo la explotación infantil, pero el crimen más nefando es tal vez el del abuso, no solo por lo que ello entraña, sino por la doblez del carnicero disfrazado de beatífico tutor, por el engaño y la confianza traicionada.

Me pregunto cuando escribo estas líneas cuántos depredadores estarán ahora en sus casas, en sus trabajos, en sus lugares de ocio, afilando el colmillo. 

Es nuestra tarea hacer de la infancia un territorio de no beligerancia. La infancia, actualmente, es corta pero no tanto como en la Inglaterra de William Pitt o en la Roma de Tiberio. Ningún ser humano debiera ser privado de ella, que para ser esclavos, coger el cesto y el pico, ya tenemos el resto de nuestras vidas. 

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19 de enero de 2017 - 07:00 h

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