Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
Vituperio del poligonero
Los polígonos industriales son al “desarrollo” lo que las rotondas al arte contemporáneo. Nada. O todo (según el negocio que busquemos detrás de sus hierbajos). Décadas de suelo público al servicio de una industria casi inexistente, competencia entre municipios y comunidades autónomas por atraer a las empresas “milagro” y un “milagro” que no suele llegar. Excepto que el genio de la Universidad de Cantabria que firma el “informe” sobre el oscuro Proyecto Altamira (¡para lo que han quedado los bisontes!) considere que el consumo desenfrenado de agua y energía sea lo mejor en un mundo cuyo mayor desafío no son los datos sino el calentamiento global. Los datos de las cámaras de comercio —aunque la información sobre polígonos industriales es lo más parecido al bosón de Higgs para un licenciado en periodismo— dicen que en España hay cerca de 6.000 polígonos industriales y que su nivel de ocupación no llega al 50%.
El problema con las decisiones políticas de esta tercera década del siglo XXI es que suenan todas como a 1980, cuando los polígonos fructificaban como hongos y a falta de empresas se bailaba en ellos bacalao y se consumía todo lo que la industria ilegal de drogas permitía.
Y, mientras se ponen farolas en estos desiertos industriales, la clase obrera —que no tiene donde serlo— se ha convertido en una clase “poligonera” con chándal en ristre y músicas que ayudan al calentamiento local de quienes perrean con ellas. El fenómeno ha adquirido tal cariz que la nada Real Academia Española de la Lengua incluyó en su diccionario el término poligonero/a y lo definió como: “Perteneciente o relativo al extrarradio de las grandes ciudades habitado por las clases humildes”.
Porque los polígonos industriales vacíos, semiocupados u ocupados por empresas de poca elegancia —que las otras tienen ‘campus’ o “parques tecnológicos”, como Altamira o como el Centro de Datos del Santander— son paisaje de “extrarradio” y de “clases humildes”. La vida de los poligoneros y poligoneras no están atravesadas por el desarrollo y el progreso que venden en canutazos sin matices las y los políticos de turno. La “riqueza” que promueven los proyectos con forma de polígono (industrial, eólico, bélico, etc…) es para unos pocos cuyo domicilio suele estar en barrios que, alejados del centro de las ciudades, no son considerados por la RAE como “extrarradio”. Porque, aunque la RAE defina extrarradio como “parte o zona exterior que rodea el casco y radio de una población”, hay un sesgo de clase brutal en el vocabulario y en las promesas asociadas a este.
La vida de un poligonero/a está condenada a ser periferia y, como mucho, a currar por el salario mínimo en unas empresas que aprovecharán las ventajas fiscales y los precios de ganga que le ofrecen los ayuntamientos o las comunidades autónomas para que se instalen en sus predios.
Sería maravilloso, antes de seguir vendiendo humo, hacer el recuento de ayudas públicas que han ido a los “grandes” y “prometedores” proyectos industriales que han vendido los diferentes gobiernos de Cantabria. No hay diferencia de color político en esto, porque todos siguen proyectando el futuro desde unas ideas de pasado destinadas a no transformar nada, sino a perpetuar estructuras.
Igual que con dinero público se pagan megainfraestructuras “culturales” o de entretenimiento (un teleférico aquí, un museo allá) para mayor beneficio de los empresarios del turismo, se seguirán habilitando polígonos y planes especiales para que los grandes conglomerados puedan acceder a mano de obra barata y ahorro de costos por vía de la transferencia directa de fondos o de ahorros “fiscales”. Cuando estos megaproyectos fracasan —algo que no es tan extraño— los rescatamos con dinero público para que no se pierdan los malos puestos de empleo generados. El negocio es redondo.
En el otro lado de la historia están los comerciantes, los autónomos, las pequeñísimas empresas locales que sin ayudas —o con ayudas trampa— tratan de sobrevivir en un ecosistema público pensado solo para que el extrarradio siga siendo eso —periferia pura— y para que la vida de los poligoneros y poligoneras siga siendo eso —vidas en la periferia condenadas a subsistir con lo mínimo: salario mínimo, ingreso mínimo vital…—. Mínimo, por cierto, es sinónimo de pírrico, de irrisorio, de raquítico, de exiguo. Pues eso, “poligonero”.
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