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Amasar el confinamiento

Se nos pretende mostrar continuamente "el confinamiento" como realidad uniforme y homogénea, como si hubiera una única forma de estar confinado, como si todos y todas estuviéramos viviendo el confinamiento de la misma manera.

Ventana

"Nuestros comportamientos padecen al mismo tiempo una dispersión que impide toda reflexión profundizada: nos agitamos más que actuamos. Y no llegamos a tomar conciencia del presente. (...) ¿Vamos hacia una mutación, una metamorfosis, una regresión?".

Edgar Morin

Estoy escuchando la radio mientras cocino, tengo una sensación de estar amasando el confinamiento, como si fuese la masa de un pan casero. Si nunca habéis hecho pan en casa, quizás éste sea un buen momento, cuando amasas por primera vez, la sensación en los dedos es pegajosa aunque muy agradable (al menos para mí), vas notando cómo, a medida que la masa coge consistencia, cuesta recogerla, envolverla y estirarla de nuevo. Trabajan las muñecas y los dedos, también los brazos. Mi sensación desde hace unos días es la de estar amasando pensamientos como si fuera masa de pan. Todo en ellos me huele ácido como el fermento natural. Ahora que escucho en la radio que han pintado en el coche de una sanitaria "rata contagiosa", comienza a oler a rancio y a caverna.

Me preocupan los discursos de odio que se están generando hacia algunas personas que, debido a sus trabajos, exponen sus cuerpos al contagio del coronavirus: personal sanitario, trabajadores de supermercados, repartidores, etc. Mensajes que comenzaron desde algunos balcones, donde personas con afán delator señalaban con el dedo e insultaban a aquellas otras personas que tenían que salir a la calle para trabajar. El balcón, esa nueva proa de barco, desde donde se expresan todo tipo de emociones. Balcones como la vida misma, ventanas abiertas a diferentes formas de estar en el mundo, hay quienes tocan música o cantan y quienes delatan y señalan.

La demostración perfecta de cómo la pedagogía del miedo contribuye a que algunas mentalidades mezquinas vayan construyendo sus discursos de odio hacia los que consideran que están incumpliendo las normas, o que les vean directamente como "apestados". Y cómo el germen del cultivo del fascismo está en nuestra vida cotidiana. Primero el lenguaje que nombra, luego el discurso que justifica y por último el estigma que reduce todo al símbolo. Mensajes escritos por algunos de los vecinos del personal sanitario o cajeras de supermercado para invitarles a abandonar sus casas o directamente insultarles. Afortunadamente, por cada uno de estos energúmenos hay más de una demostración de solidaridad y afecto solidario.

En estos momentos, cuando las actividades ahora llamadas "esenciales" (parece que ha tenido que llegar una pandemia para que algunas personas se den cuenta) se visibilizan más que nunca, es una buena ocasión para reflexionar sobre los modelos sociales, económicos o productivos que nos afectan. En este sentido, hay un buen surtido de análisis sistémicos en 'Apocaelipsis, un espacio para el pensamiento crítico ante el pánico, los virus y otras coyunturas' un espacio impulsado por el colectivo La Vorágine, que es oxígeno durante este confinamiento para (re)pensar muchos de los procesos en los que estamos inmersos. Tendremos que llevar mascarillas, pero no bozales. No dejemos de pensar, de debatir, de denunciar abusos o de defender a las personas en situación de vulnerabilidad o exclusión.

Últimamente tengo la sensación de que se nos pretende mostrar continuamente "el confinamiento" como realidad uniforme y homogénea, como si hubiera una única forma de estar confinado, como si todos y todas estuviéramos viviendo el confinamiento de la misma manera. Como si, de pronto, en esta nueva situación, en la que también se están normalizando hábitos que eran algo nuevo hace unos días, todo el mundo hiciera lo mismo, o existiera una sola manera de hacer las cosas, de practicarlas, de interpretarlas, de sentirlas, sufrirlas o de enfrentarse a ellas. Como si el confinamiento nos igualara… nada más lejos de la realidad. El confinamiento no es igual para todas las personas ni lo es tampoco la exposición al virus. Si bien el hecho de poder contagiarse nos hace ver nuestra propia vulnerabilidad como seres humanos, esta situación de exposición tiene matices sociales, económicos, políticos y culturales. Por eso es también una cuestión política y social, no solo sanitaria.

Que la sanidad pública es esencial lo tenemos claro (¿lo tenemos claro?), pero igual de esencial es garantizarla y esto también es una cuestión política. Defender nuestro derecho a una sanidad pública universal donde todas las personas puedan recibir atención médica, independientemente de sus ingresos económicos, edad o lugar de origen. Necesitamos fortalecer el estado de bienestar, malherido por las políticas neoliberales de privatización y recortes, no podemos estar esperando a que al millonario de turno se le ocurra donar material sanitario. Necesitamos más justicia social y menos limosnas, más bien común y menos capitalismo. Más cuidados y menos explotación. Que el lenguaje de lo políticamente correcto no le quite contundencia a la defensa de lo esencial. La mejor mascarilla es la que nos protege a medio y largo plazo, y pasa (no solo por concienciarnos de forma individual y solidaria) sino también por garantizar una sanidad pública fuerte, con profesionales que puedan desempeñar su trabajo en condiciones dignas, con hospitales que cuenten con suficientes camas y medios y no sean víctimas de los recortes. La sanidad pública no se vende, se defiende. Y a todas aquellas personas que la hacen posible también.

En cuanto al sector alimentario, también clave estos días (y siempre), ¿hemos pensado alguna vez qué modelo de producción estamos favoreciendo con nuestra cesta de la compra? En Cantabria hay muchas personas y colectivos que llevan tiempo defendiendo los canales cortos de comercialización y las formas de producir agroecológicas (no hablo de sellos ahora), aquellas que respetan la biodiversidad y los ecosistemas y reducen la huella de carbono e hídrica. Esto no se improvisa, es fruto del trabajo diario en el campo y en las redes colaborativas. Si los modelos de comercialización mayoritarios se siguen basando en los intermediarios especulativos y la sobrerregulación al pequeño productor, las economías familiares no podrán resistir. Se trata de generar redes de comercio justo km 0, donde el consumidor pueda comprar alimentos de cercanía a precios justos en ambos lados de la cadena. Permitir que se pueda vender en mercados de proximidad, (¿no están abiertos los supermercados?) ayuda (y mucho) a que los pequeños productores, sobre todo aquellos con productos perecederos como verduras o lácteos, puedan dar salida a su producción. Impulsar las cooperativas locales permite que los propios productores controlen todo el ciclo de comercialización, se creen modelos compartidos de gestión de los recursos y se fomente el trabajo colaborativo.

Esta semana he entregado un estudio de caso para una investigación de la Universidad de Oviedo en la que tuve la oportunidad de participar el año pasado, un proyecto sobre jóvenes en situación de exclusión social y procesos de reenganche socioeducativo. Me interesaban especialmente los procesos de resiliencia comunitaria que tejen estos jóvenes para resistir. Normalmente cuando escucho hablar de resiliencia suele ser refiriéndose a la resiliencia individual, no comunitaria. Las personas y comunidades resilientes no son héroes o heroínas, son personas que, ante situaciones de adversidad (lógicamente una adversidad muy diferente según los contextos y los casos) se unen para resistir. Y lo hacen para llevar de la mejor forma posible una situación complicada, para unir voluntades y ayudarse mutuamente. En Cantabria, al igual que en otras comunidades del Estado, estamos viendo cómo surgen iniciativas de ayudas mutuas para hacer la compra, coser y repartir mascarillas y pantallas a la población o compartir el wifi entre vecinos. Se ha creado una Red Cántabra de Apoyo Mutuo, que está consiguiendo que muchas de estas propuestas lleguen a todos los puntos de la región contando con colectivos locales que las hacen posibles. Proyectos surgidos desde redes compartidas desde abajo, de forma anónima, pensando en el bien común. Que este confinamiento no nos arrebate la voluntad de (re)pensar el mundo y cómo vivimos junto a los demás.

Vuelvo a la masa del pan, me vienen a la mente algunas de las frases que escucho últimamente, ese mensaje-masaje tranquilizador del "todo va a ir bien", ese "volver a la normalidad", ese discurso patriarcal de héroes, ese seguir los consejos de los expertos para manejar la ansiedad (como si la ansiedad fuera solo un problema individual y no una consecuencia encarnada de este sistema violento). Si estáis nerviosos seguramente es que estéis pensando mal, tranquilos, que el pensamiento positivo nos dará herramientas para pensar bien. Yo, por el momento, me arropo con un poema de Paca Aguirre, justamente esta semana que hace un año que nos dejó, un 13 de abril, la víspera del día de la República. ¡Salud y larga vida!

Hace tiempo

A Nati y Jorge Riechmann

 

"Recuerdo que una vez, cuando era niña,

me pareció que el mundo era un desierto.

Los pájaros nos habían abandonado para siempre:

las estrellas no tenían sentido,

y el mar no estaba ya en su sitio,

como si todo hubiera sido un sueño equivocado.

Sé que una vez, cuando era niña,

el mundo fue una tumba, un enorme agujero,

un socavón que se tragó a la vida,

un embudo por el que huyó el futuro.

Es cierto que una vez, allá, en la infancia,

oí el silencio como un grito de arena.

Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,

se me calló la sangre, como si de improviso,

sin entender por qué, me hubiesen apagado.

Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:

un asombro tan triste como la triste muerte,

una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.

Y un odio lacerante, una rabia homicida

que, paciente, ascendía hasta el pecho,

llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.

Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,

cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,

y yo estaba segura de que un día mi padre volvería

y mientras él cantaba ante su caballete

se quedarían quietos los barcos en el puerto

y la luna saldría con su cara de nata.

Pero no volvió nunca.

Sólo quedan sus cuadros,

sus paisajes, sus barcas,

la luz mediterránea que había en sus pinceles

y una niña que espera en un muelle lejano

y una mujer que sabe que los muertos no mueren.”

 

Francisca Aguirre

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