Enriquecido homenaje de Sánchez-Beato a la catedral de Toledo
Eduardo Sánchez-Beato quizá sea, hoy día, el pintor más relevante de la ciudad de Toledo, y por ende de Castilla-La Mancha, y por extensión, uno de los artistas más señeros del ámbito nacional.
Su trayectoria es completa, diversa, aunando de maravilla las tendencias abstracta y figurativa, si bien como pintor abstracto su nombradía es muy sobresaliente.
La poeta toledana, una 'alhaja' de pura cepa, María Antonia Ricas, publicó un libro Buscando el tono con 42 poemas ilustrados por el mismo número de reproducciones de cuadros de Beato. Ella aporta en ese libro grandes figuras lingüísticas, grandes tropos, que glosan muy excelsamente el arte de Sánchez-Beato, proclamando, con una muy sublime paradoja poética, que “Cuando lo negro se transforma / en un nido de luz / leo a Beato”, añadiendo que ya sólo le importa “seguir / conversando con sus pinturas”, centrándose “como él centra” para “imaginar ese otro mundo / muy semejante al suyo”.
Yo dije, en este mismo medio, que la pintura de Eduardo Sánchez-Beato hacía desenvolver con soltura y seguridad, grandemente cualitativas, una amplia y valiosa singladura. Fue uno de los fundadores del grupo Tolmo.
La actividad al exponer su obra es muy intensa, dentro y fuera de España. Es muy becado y muy premiado. Sus cuadros suelen propender a destacadas dimensiones, aptas para ser contempladas con mirada proclive y provechosa. Dentro de los espacios de sus piezas habita una selecta gama colorista, sea la factura abstracta o figurativa. La armonía obtenida es encomiable en grado sumo.
Todo ello se manifiesta extraordinariamente en su exposición 'La catedral transfigurada', que hasta el 29 de noviembre (día de elecciones generales por cierto) se puede ver, en una magnífica y rutilante distribución, comisariada por Mila Ortiz Martín y Juan Antonio García Castro, en el Centro Cultural San Marcos de Toledo.
Mi amiguete Sánchez-Beato nada menos que nació en la ancestral calle del Pozo Amargo de Toledo, gran honor de competente alumbramiento. Yo no nací en Toledo pero los dos años los cumplí en la afamada Peñascosa Pesadumbre (Cervantes ‘dixit’). Se es, proclamaba Max Aub, donde se hace el Bachillerato, es decir, donde se vive la adolescencia. Los dos fuimos alumnos del colegio de los Maristas, y la misa había que oírla en la iglesia de San Marcos. A mí todavía no se me ha borrado la vehemente impresión de contemplar el gran cuadro del altar donde Dios Padre, con su profusa barba canosa, apoyaba sus codos en la bola del mundo.
La muestra es magnífica, repleta de los grandes recursos que domina el pintor. Desarrolla un sabroso despliegue de geometría, perspectiva y color. El artista destaca en un acertadísimo gobierno del dibujo, condición imprescindible para ser un buen pintor. Dibujar es el primer contacto, ineludible, para que la pintura resultante resulte irreprochable. El mundo, más que un compendio de innumerables estampas, es un trazado donde el dibujo ordena su óptima conformación.
La exposición ha tenido que ver con la que se ha mostrado en la Catedral con motivo de sus ocho siglos de existencia, resultando un excelente contrapunto. Se ha editado un catálogo vistoso donde seis firmas escriben, reproduciéndose todas las obras de la muestra, su total de 42 óleos, más los ocho de los obispos Bernardo de Sedirac, Giménez de Rada, Gil de Albornoz, Mendoza, Cisneros, Tavera, Siliceo, Portocarrero y Lorenzana.
El propio Beato escribe: “Con motivo de la celebración del octavo centenario del comienzo de la construcción de la catedral de Toledo me propuse la realización de un serie de trabajos pictóricos que presten una nueva mirada, una luz diferente a ese monumento nuestro que nos ha acompañado y marcado con su presencia a lo largo de la historia”.
Sánchez-Beato, efectivamente, ha pretendido el correcto análisis de los mensajes, las formas y los símbolos de ese emblemático edificio, tanto en su continente como en su contenido, tentando, con el jugo artístico mayor, tal como él afirma, “sus posibilidades interpretativas en clave pictórica, como si de una semiótica de imágenes se tratara”.
Nada mejor que las palabras del pintor para que el lector sepa las claves de las esencias de esta formidable colección pictórica. Otros dos escritos del catálogo abordan temas muy interesantes. Se trata de los textos de los dos comisarios de la exposición.
El título del artículo de Juan Antonio García Castro es Artistas y Catedrales. Una historia de pasiones y relaciones anacrónicas. Sus tan aclaratorias palabras se acompañan de un prolífico elenco de pinturas que reproducen catedrales. Cuadros de Canaleto, Turner, Pérez Villaamil, Doré, Pissarro, Monet, Sorolla, Picabia, Matisse, Chagall y muchos otros.
A su vez, Mila Ortiz Martín, en La Catedral Transfigurada. Arquitectura, memoria y resonancia en la pintura de Eduardo Sánchez-Beato, desarrolla un curioso epígrafe: Acentos cromáticos. El color como evento sonoro, poniendo en relación los propios pigmentos pictóricos con los materiales musicales.
Yo he oído a alguien que, elogiando la exposición y el arte de Beato, realiza, sin embargo, algún leve reproche al conjunto. Reproche, para mí inconsistente, que se basa erróneamente en acusar al artista de que sus cuadros repiten, incansables, la imagen de la Catedral de Toledo.
Esa repetición, verdaderamente, es recreación. Y la recreación es auténtico mérito; valía que ofrece un planteamiento poliédrico que hace destacar las ricas y variadas facetas de un objeto que, de este modo, se convierte en sujeto cambiante, fecundamente gestual y muy vivo. Una encomiable recreación es haber pintado la cúpula de Santa Maria del Fiore, de Filippo Brunelleschi, en el Duomo de Florencia, como homenaje a la profunda analogía con la cúpula de la capilla mozárabe de la catedral de Toledo.
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