De Lula madre
Somos vulnerables porque intentamos disimular la debilidad de nuestra humanidad. En cambio, la fortaleza de la personalidad se muestra en la inseguridad de la duda que conduce al razonamiento. Nos cuesta normalizar la imperfección natural y la ocultamos con inteligencia artificial. Vemos un problema en todo aquello que no controlamos y convertimos en fortaleza la capacidad de disimular la normalidad. Respondemos con soluciones ficticias a planteamientos irresolubles. Así, acabamos defenestrando la espontaneidad en favor del postureo. Rechazamos lo que no tenemos porque odiamos que lo tengan los demás. Hacemos ostentación de lo que carecemos para ocultar nuestras frustraciones. Presumimos de lo que echamos en falta para que todo el mundo sepa lo pobres que somos. Utilizamos las emociones para ocultar sentimientos. De la misma forma que los gritos enmudecen los sentimientos.
En 1931, los psicólogos sociales Floyd Allport y Daniel Katz desarrollaron un fenómeno tan sorprendente como habitual: la ignorancia pluralista. Descubrieron que muchas personas pueden estar en desacuerdo con una situación y, sin embargo, aceptarla públicamente porque creen que los demás la respaldan. Katz había investigado las fraternidades universitarias estadounidenses y encontró estudiantes que rechazaban en privado la exclusión racial, pero terminaban participando en decisiones discriminatorias porque suponían equivocadamente que sus compañeros pensaban de otra manera. No era necesariamente falta de opinión. Era falta de conocimiento sobre las opiniones ajenas. Imaginemos una reunión en la que diez personas consideran disparatada una propuesta. Nadie se atreve a decirlo porque cada una interpreta el silencio de las otras nueve como una señal de aprobación. Finalmente, la propuesta se acepta sin oposición. No porque convenciera a nadie, sino porque todos confundieron el silencio ajeno con una convicción que no existía. La ignorancia pluralista no exige que alguien mienta deliberadamente. Basta con que cada persona conozca sus propias dudas, pero interprete equivocadamente las de los demás. La paradoja es fascinante. Cada uno conoce sus propias debilidades en forma de dudas, pero confunde el silencio de los demás con una certeza. Y así se fabrica una unanimidad que puede no existir. La mayor vulnerabilidad de un grupo no está en quienes se atreven a criticarlo, sino en quienes callan convencidos de que son los únicos que dudan. El silencio tiene una habilidad extraordinaria: consigue que todos parezcan convencidos, incluso cuando nadie lo está.
Las elecciones en Brasil han sido un ejemplo de iniciativa pluralista. Los silencios de la primera vuelta en algunos grupos de la población no fueron de aprobación sino de expectación. Y la movilización del domingo demostró que, si activamos las opiniones, las razones emocionales ganan en las urnas. La izquierda se ha impuesto a la ultraderecha brasileña y también a la importada de Trump, Milei y el fundamentalismo evangelista. Malas noticias para PP y Vox que nunca ocultaron su apoyo a esa coalición negra que quieren imponer en nuestro país. Se está quedando un buen final de octubre, al que se sumó la caída de hoja de Putin en Serbia. El fin de Netanyahu, tras elecciones que se celebraron ayer, sería la mejor forma de encaminar un noviembre de progreso que certificaríamos gracias a la derrota de Trump y la victoria progresista en España con 'la Peter de Lula'.
La debilidad no siempre se esconde detrás del miedo. A veces se disfraza de valentía y sale a provocar. Lo vimos en la gira que trajo a nuestra tierra al agitador ultra Vito Quiles. Un sujeto que necesita demostrar constantemente que es fuerte, y en realidad desnuda su fragilidad. Estos actos promocionales son las nuevas antorchas digitales del autoritarismo. La fortaleza necesita convicciones. En cambio, la debilidad busca espectadores. Se escuda en la bandera de todos para protegerse, pero se encuentra más cómodo desafiando a la democracia escoltado por los antidisturbios. Se ha ganado a pulso el expediente sancionador que le ha abierto la Delegación del Gobierno en Aragón. Yo también me atrevo a exhibir mis ideas de progreso en las guaridas de lobo fascistas, si me protegen igual de bien. Los que estuvimos en la zona de la protesta estudiantil, comprobamos que los cinturones de seguridad policial no ajustaban igual de bien a ultra diestra y siniestra.
Jorge Azcón es de esos políticos que aparentan tanta fortaleza que termina despertando sospechas sobre el tamaño de sus debilidades. Por eso, en su último cierre de campaña se apoyó con el telón de Quiles. También contrató a un grupo musical ultra, para silbar cara al sol. El presidente le pidió votos agitados, pero Vito se los dio mezclados y el electorado se pasó a Vox. Es lo que tiene que un frágil se sostenga en un vulnerable. Feijóo y Abascal se apoyan en los mismos recortes y hacen piña para golpear nuestros derechos como si fueran una piñata y dejarnos sin piños de bienestar. Uno lleva la moto y el otro la sierra. Cuando dos debilidades se abrazan no siempre nace una fortaleza. A veces, sólo consiguen caerse juntos.
Aquiles tenía su debilidad en el talón. Otros la tienen en la necesidad de aparentar que no tienen ninguna. Porque el verdadero poder no consiste en rodearse de quienes más gritan, sino en ser capaz de decidir sin necesitar sus aplausos. La mitología nos dejó el talón más delicado de la historia. Pero la tragicomedia de la derecha tiene su versión terrenal. La diferencia es que el griego trataba de proteger su punto débil, mientras que don Jorge parece empeñado en exhibir todo aquello que le hace tropezar. El mayor peligro para un gobernante no es que alguien descubra su talón de Aquiles, sino empecinarse en caminar apoyándose sobre él, convirtiéndolo en su Azcón de Quiles.
Pero la historia no termina en los talones de quienes tropiezan, sino en los pasos de quienes deciden avanzar. La ignorancia pluralista nos enseña que el silencio puede esconder una mayoría que todavía no sabe que lo es. Brasil nos recuerda que las urnas permiten convertir las dudas individuales en decisiones colectivas. Frente a quienes confunden el ruido con la fuerza y la provocación con el liderazgo, queda la posibilidad de hacerse escuchar sin necesidad de gritar. Y cuando los que parecían resignados descubren que no estaban solos, el resultado puede ser, literalmente, ¡de Lula madre!
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