La Transición se hizo al otro lado de la Circunvalación: los barrios obreros impulsaron el movimiento vecinal
Cuando Andrés Gómez Beteta, a sus 82 años, recorre de nuevo las calles de San Pedro Mortero, se traslada en el tiempo hasta 1971. Entonces, recién ordenado sacerdote, el Obispado le destinó a este barrio, que estrenaba parroquia. Todo estaba por hacer. No había aceras ni alcantarillado, el alumbrado era escaso y ni siquiera el agua corriente salía por los grifos de las casas que los vecinos y vecinas habían levantado con sus propias manos.
Gómez Beteta, uno de los curas obreros más relevantes de la década de los 70 en Albacete, tenía una idea de la Iglesia que distaba mucho de la línea que marcaba la jerarquía eclesiástica española en el tardofranquismo. Pensaba, como otros cientos de religiosos -se estima que fueron 800 los curas obreros-, que el Concilio Vaticano II marcaría un antes y un después en la institución. Sin embargo, “nos llevamos una gran decepción”.
Transcurrida una década, en los primeros años 80, abandonó el sacerdocio tras ocupar importantes responsabilidades a nivel regional y nacional en la Juventud Obrera Cristiana (JOC). Esta entidad, junto con la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), actuó como un auténtico semillero de activistas sociales, sindicales y vecinales. Cuando decidió cambiar “radicalmente” de vida, se involucró en los movimientos sindicales y políticos de izquierdas de Albacete, tanto en Comisiones Obreras como en el PCE.
Dejó tras de sí años de trabajo para mejorar la calidad de vida de su barrio, fruto de la unión de San Pedro y Mortero Pertusa, una de las zonas más humildes de la ciudad. Su población procedía en su mayoría de la emigración. Gente de pueblos y aldeas de la sierra albaceteña que llegó a la capital para “buscar una oportunidad”, y que trataron de encontrar en sectores como la construcción o el textil.
Todavía hoy permanece en pie la casa en la que vivió, en la calle Amargura, hoy Hermana María, en honor a una popular religiosa de la Institución del Sagrado Corazón Cotolengo. Está a escasos metros de donde se ubicaba el local en el que impartía misa, en la calle Aguja. “Para mí la misa no era echar un sermón, era hablar de los problemas de los vecinos y ver cómo los solucionábamos”, añade.
Se sabía vigilado por la policía y a muchos extrañaba que un cura no cobrara un sueldo de la Iglesia, sino que compartía la sacristía con el andamio. Recuerda, incluso, una ocasión en la que, tras celebrar un funeral, la compañía de seguros le entregó un sobre con dinero por sus servicios. “Decidí dárselo a la familia del fallecido, y hubo gente que no lo entendió, ni la aseguradora ni otras personas que consideraban que era demagogia, pero era mi manera de entender la Iglesia”.
Junto a más curas obreros -en Albacete, destacaron otros como Juan Fernández Selva, Juan José Molinero y José Antonio López Collados por su carácter reivindicativo-, Andrés Gómez Beteta llegó entonces a la conclusión de que la mejor manera de canalizar las demandas de la gente era una asociación vecinal. “La asociación de San Pedro Mortero se legalizó hace medio siglo, tras la muerte de Franco, pero llevábamos mucho tiempo trabajando”, recuerda quien, todavía, cuando pasea por San Pedro Mortero se encuentra con personas que reconocen la labor que como cura obrero realizó entonces, por ejemplo, y entre otras muchas cosas, demandando una escuela -de 1.500 menores, apenas 200 acudían al colegio- o una biblioteca.
Pero no fue esta asociación, la de San Pedro Mortero, la primera que se constituyó en Albacete. En el Archivo Histórico Provincial de Albacete se custodian numerosos de escritos ciudadanos reclamando mejoras en sus calles y barrios, aunque no fue hasta los años sesenta, en plena dictadura, cuando una ley, la de Asociaciones, fue el primer paso para impulsar un movimiento vecinal, aunque tímido y con mordaza.
La Ley de Asociaciones de 1964 permitió con el tiempo la creación de asociaciones vecinales. “Esa ley formaba parte del intento de aperturismo del franquismo, que comenzó a mediados de los años sesenta y que todavía duró una década, hasta el propio 1974”, señala el profesor e investigador Javier A. León, autor del libro Unidos somos fuertes: el movimiento vecinal de Albacete, auspiciado por el Seminario de Estudios del Franquismo y la Transición de Albacete.
“Ahí podemos situar la Ley de Asociaciones, sí, pero también la de Prensa que capitaliza Manuel Fraga, e incluso, la de Libertad Religiosa. Son intentos de cambiar un poco la imagen del régimen”, añade el profesor León, señalando que el régimen no perdió la oportunidad de controlar esos movimientos. “Se promovieron asociaciones de cabezas de familia sin demasiado éxito y poco a poco empezaron a aparecer otro tipo de asociaciones -de mujeres, culturales, vecinales- aparentemente inocuas, pero que poco a poco irían haciendo esa labor de zapa y de cambio del régimen desde dentro”.
La primera asociación previa a la Transición
En ese marco legislativo nació, en 1969, la primera asociación de vecinos de la ciudad, según recogieron los medios de comunicación de entonces. Fue en el Barrio Hogar Nacional Sindicalista -popularmente, Casas Baratas y hoy barrio de Fátima-, levantado en los años 50 y que dio un paso de gigante para fomentar el asociacionismo vecinal.
Lo que comenzó durante las Fiestas de San Antonio de junio de 1969 como un llamamiento desde la prensa a su Comisión de Festejos, encabezada por el doctor José Aguilar Espinosa, para encauzar el entusiasmo hacia reivindicaciones de todo tipo y condición -es decir, saneamiento, abastecimiento de agua y obras diversas-, dio paso a la creación de su asociación vecinal.
En noviembre de 1969 se celebró la asamblea constituyente en el Club Fátima para aprobar sus estatutos y elegir la junta directiva. En enero de 1970, la directiva formalizó sus contactos institucionales y logró el reconocimiento en el Gobierno Civil, en manos, entonces, de Juan Murillo Valdivia. Y al frente de la asociación, como presidente, se colocó al doctor Aguilar, hombre destacado del periodo franquista que ocupó diversas responsabilidades, como presidente del Colegio de Médicos en los años 40, miembro del Consejo Provincial del Movimiento desde los años 50, década en la que también ejerció como presidente de la Junta de Cofradías, Hermandades y Asociaciones de la Semana Santa; del Patronato Local de Formación Profesional o jefe provincial de Sanidad, entre otros muchos cargos.
Gracias a la Ley de Asociaciones de 1964, se creó la Asociación de Vecinos de Fátima, cuyo papel reivindicativo era limitado
Por último, a finales de mayo de 1970, el doctor Aguilar y el presidente de la Comisión de Festejos, José Ferrandis Oliva, presentaron ante los medios de comunicación las fiestas patronales de San Antonio y la corte de honor -encabezada por la reina, Dori Andrés Martínez- en lo que fue el primer acto público de la entidad. Esos fueron los primeros festejos -que se desarrollaban en la actualmente desvencijada Plaza del Mercado de Fátima- organizados directamente por su asociación, hito que marcó la primera página de la historia del movimiento vecinal.
Los nuevos barrios y sus inquietudes
El siguiente paso hay que buscarlo en abril de 1976, cuando la prensa se hizo eco del malestar de los residentes del Polígono de San Antón, una de las zonas urbanísticas más modernas del municipio. A través de un escrito dirigido al Ayuntamiento y firmado por cerca de 300 vecinos, denunciaron una serie de graves deficiencias urbanísticas y sanitarias. Entre los principales problemas destacaban plagas de ratas y acumulación masiva de basura y escombros en los solares cercanos; deficiencias en servicios básicos, con incidencias en la red de alumbrado público, junto con la necesidad de regular el tráfico para garantizar accesos seguros al barrio.
La representación de estas demandas estuvo encabezada por vecinos como Francisco Fuster Ruiz, archivero e historiador, residente en la por entonces Avenida General Mola -hoy, Federico García Lorca-, que actuó como uno de los primeros firmantes del escrito, en el que además se anunciaba el inicio de las gestiones oportunas para la constitución formal de la Asociación de Vecinos de Propietarios de Viviendas del Polígono de San Antón.
La respuesta no se hizo esperar por parte de la Comisión Municipal Permanente del Ayuntamiento de Albacete, que abordó en una reunión el escrito y ofreció contestación formal. La corporación que presidía como alcalde Ramón Belló Bañón aclaró que el Polígono de San Antón correspondía legalmente al Ministerio de la Vivienda, no habiendo sido aún cedido ni aceptado formalmente por el Ayuntamiento debido a la falta de condiciones urbanísticas, comunicando la realización de un viaje del primer edil a Madrid para entrevistarse con responsables ministeriales para resolver la situación denunciada.
A pesar de las limitaciones competenciales, el Consistorio acordó la adopción de medidas de urgencia, como el inicio de los trámites oportunos para la limpieza y el vallado de los solares propiedad del Ministerio de la Vivienda, la ejecución de un plan integral de desratización en la zona y el desarrollo de medidas estrictas de desinfección; la intensificación de la aplicación de la Ordenanza de Limpieza, incrementando la recogida municipal de residuos; la reparación y corrección de las deficiencias registradas en la red de alumbrado público, actuación que comenzó a ejecutarse de forma inmediata, y la reordenación del tráfico, estableciendo dirección única por el Puente de Madera y acondicionando las vías de entrada y regreso al barrio. De esta manera, el simple hecho de presionar con una futura agrupación vecinal y un escrito sirvió para que el Consistorio tomara nota y actuara.
De todas maneras, ese primigenio movimiento vecinal miraba de soslayo a las asociaciones que ya se habían creado en otras ciudades, como Madrid y Barcelona, y cuyos representantes sufrían amenazas y atentados por ser considerados de izquierdas. Pero no fue excusa para que ese interés por asociarse fuera en aumento.
Pedro Lamata no logró el reconocimiento gubernativo
Apenas cinco meses después, el 22 de septiembre de 1976, las páginas de los diarios locales recogían otro hito para el asociacionismo local: la constitución de la Asociación de Vecinos de Pedro Lamata, la primera de estas características fundada en la capital albaceteña tras la muerte de Franco. La iniciativa nació del impulso de una Comisión Gestora integrada por 18 residentes con inquietudes, quienes contaron con el asesoramiento legal preciso para garantizar la debida autorización del proyecto, pensado para canalizar las demandas de las 455 familias de la zona.
En declaraciones a la prensa, una vecina, Amparo Moreno, expresaba el sentir general tras una primera reunión que fue muy concurrida. Moreno explicaba que, a pesar de que el barrio llevaba algo más de seis años construido, eran muchas las necesidades de la zona. De ahí que se trabajara para involucrar activamente a todo el vecindario.
Pedro Lamata se constituyó en asociación en 1976, pero el gobernador civil de entonces, Federico Galló, no la legalizó por cuestiones políticas
Entre sus reivindicaciones, el arreglo de las calles, la construcción de una escuela, la red de alcantarillado, la mejora del alumbrado público y la reparación de elementos urbanos deteriorados. Asimismo, se buscaba revisar la gestión económica de la cooperativa de viviendas y proyectaba habilitar un local social para albergar un club juvenil, conferencias y todo tipo de actos culturales.
Pero la asociación no fue reconocida ni autorizada por el gobernador civil de entonces, el periodista Federico Gallo, por considerar aquel barrio un núcleo de gentes de izquierdas. Venancio Cuenca, uno de los primeros responsables de CCOO y del PCE en la ciudad, asegura que la cerrazón de Gallo se debía “a que yo estaba en esta asociación”.
“El primer barrio que quiere hacer la asociación de vecinos en Albacete es Pedro Lamata. Y el gobernador civil dijo que no le daba la autorización porque vivía allí Venancio Cuenca. Lo dijo así, me dijo así, ‘no puedo legalizar la asociación de vecinos de Pedro Lamata porque vives tú’. ¡Me lo dijo a mí en mi morro! Y hasta que no hubo varias legalizadas no se nos dio la autorización, a pesar de que Pedro Lamata, en aquellos momentos, era el barrio más organizado que había en todo Albacete”.
El papel de la prensa
Buena parte del éxito del movimiento vecinal hay que atribuírselo a la prensa local, según el profesor León. “El papel de la prensa en Albacete es clave. Fundamentalmente le damos todo el protagonismo o gran parte del protagonismo a La Verdad de Albacete, que era un periódico de corte católico, aunque tampoco se notaba demasiado en el día a día, y sí que se apreciaba evidentemente su progresismo respecto a otras cabeceras como La Voz. La Verdad de Albacete supo muy bien acercarse al día a día de lo que ocurría en Albacete y darle voz a cualquier pequeño movimiento que hubiera, a los pequeños problemas locales, ese arco de necesidades que la ciudad reclamaba en esos años 70”.
Esa presencia en los periódicos y esa fiebre por el asociacionismo se hizo más que intensa tras el final de la Feria de septiembre de 1976. Así sucedió en otro barrio obrero situado al otro lado de la por entonces carretera de Circunvalación: Hermanos Falcó, una zona habitada por más de quinientas familias -muy vinculadas al sector de la construcción- con graves deficiencias de infraestructuras y un abandono generalizado. El barrio fue levantado por la Obra Sindical del Hogar.
Durante una mesa redonda abierta a la prensa, los residentes denunciaron problemas urgentes de salubridad y seguridad, como la presencia masiva de ratas, la inundación constante de los portales subterráneos y viviendas por deficiencias urbanísticas, la falta de centro médico o de saneamiento adecuado y, de forma muy preocupante, el peligro en el cruce de la Carretera de Circunvalación, donde la ausencia de semáforos o de un paso peatonal ya había causado múltiples accidentes.
Ante esta situación, el vecindario mostró su indignación por la inacción de las instituciones, tanto del Ayuntamiento como del Ministerio de la Vivienda.
Los residentes manifestaron la necesidad de crear una asociación de vecinos que les permitiese coordinarse. Asimismo, advirtieron de que, si no se tomaban medidas urgentes respecto al tráfico y los accesos para proteger a los cientos de menores de la zona, consideraron recurrir a protestas más drásticas como manifestaciones o el corte de la carretera. Y no fue solo una amenaza.
21 de enero de 1977, una fecha clave
Pues su asociación fue la primera autorizada por el Gobierno Civil en la Transición, en concreto, el 21 de enero de 1977, y según sus estatutos, sus objetivos pasaban por solventar los problemas del barrio y fomentar la convivencia. Encabezada por una Junta Rectora provisional con el sindicalista Vicente Parrón Romero como presidente y otro sindicalista, Martín Alcahud López, como secretario, la entidad echó a andar con 225 socios inscritos y una cuota mensual de 25 pesetas.
El colectivo fijó rápidamente sus prioridades: la reparación de las deficiencias de origen en la construcción de los pisos, la pavimentación de los viales, la ampliación de plazas escolares y la creación de una guardería. Esa primera asociación reconocida llegó en un momento en el que estaba todo por hacer en Hermanos Falcó.
Las necesidades eran muchas, a lo que se sumaba cierta segregación al tratarse de un barrio obrero situado al otro lado de la carretera de Circunvalación, esa cicatriz que dividía en dos mitades a la ciudad hasta que el alcalde Manuel Pérez Castell la convirtió en un bulevar.
Sin embargo, quienes impulsaron esas primeras agrupaciones no eran conscientes en ese momento de la importancia de su trabajo. Así lo recuerda Vicente Parrón García, hijo de quien fundara esa primera asociación de vecinos. “Para mi padre también era una nueva situación porque estaba todo por hacer, y el que podía hacer algo, lo hacía, pero claramente en otro contexto diferente al actual; creo que el movimiento asociativo no tenía una clara visión de éxito en el momento en el que se empezó; antes, al contrario”, afirma Vicente Parrón, que pone como ejemplo la creación del colegio, servicio del que se carecía en un principio. “Yo llegué al barrio con seis años y no había colegio, empezamos en módulos prefabricados y en locales de la obra que había por allí. Yo llegué a estrenar el colegio actual, en octavo. Y cuando no estábamos en el colegio, jugábamos al fútbol en lo que llamamos la Huerta de Monroy, que hoy es la residencia de estudiantes”.
Integración en el resto de la ciudad
Pero el gran objetivo era la integración del barrio en el mapa de la ciudad, un trabajo complicado que el hijo del fundador de este colectivo califica de “aventura”. “Esa es la palabra que mejor se adapta a la situación del momento, mi padre y todas aquellas personas que le acompañaron no tenían una expectativa clara de ser lo que finalmente ha sido el movimiento vecinal y, por lo tanto, la ilusión y el trabajo desinteresado de todas aquellas personas resulta hoy inestimable”, asevera.
El movimiento vecinal deslegitimó lo que el franquismo había vendido como una época de paz y de prosperidad
Reconoce que las trabas eran muchas para impulsar el cambio en aquellos primeros pasos de la Transición, con lo que ello llevaba consigo. “Hablo de sindicalismo, de asociacionismo político, de asociacionismo vecinal”, subraya Vicente Parrón, quien recuerda el esfuerzo de su padre y de otras personas, “pero todos aquellos esfuerzos no fueron en vano en función de los resultados que fue obteniendo el movimiento vecinal, que en Albacete ha sido muy importante en la configuración del tejido social de la ciudad, llegando a su punto de máxima expresión en el Foro Participativo”, iniciativa también de Manuel Pérez Castell.
El autor de Unidos somos fuertes añade al respecto que ese movimiento vecinal actuó como un catalizador en contra de los últimos ayuntamientos franquistas “y de alguna manera deslegitimó lo que el franquismo había vendido como una época de paz y de prosperidad, porque si efectivamente la gente no tenía transporte, las calles estaban llenas de barro, había sufrido la falta de escuelas... todo esto ponía en jaque el discurso del franquismo”.
El movimiento vecinal deslegitimó lo que el franquismo había vendido como una época de paz y de prosperidad
Así, si la primera asociación autorizada por el Gobierno Civil fue Hermanos Falcó, pocos días después llegó San Pedro Mortero, el 3 de febrero de 1977, y la tercera, Pedro Lamata, el 18 de junio. Y a partir de ahí se consolidó un movimiento vecinal que se extendió rápidamente por barrios y pedanías, constituyéndose la Federación de Asociaciones de Vecinos de Albacete, FAVA, en 1987.
El actual movimiento vecinal es heredero de esa escuela de democracia que fue clave para que la Transición llegara a buen puerto más allá de la labor de los partidos políticos y los sindicatos. Esas primeras asociaciones sirvieron de conciencia social, sí, pero también jugaron un papel fundamental en la mejora de la calidad de vida de los vecinos y vecinas, en especial, en los barrios obreros, aquellos que se levantaron al otro lado de la antigua Circunvalación.
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